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miércoles, 24 de septiembre de 2025

Francisco José Sánchez Muniz: el profesor alegre.

 



Hoy en «Esos locos científicos» rindo homenaje a un farmacéutico maravilloso. Todos los que han pasado por esta sección lo han hecho por méritos propios, y el protagonista de hoy no es una excepción, pero tiene una característica que lo diferencia de todos los demás: mi vinculación personal con él, porque una servidora tuvo la fortuna de conocerlo y compartir experiencias.

Antes de entrar en vínculos y vivencias directas, hablemos de la trayectoria vital y profesional de este farmacéutico.

Francisco José Sánchez Muniz nace el 19 de marzo de 1950 en Huelva. Su padre es un farmacéutico con una oficina de farmacia y un laboratorio de análisis clínicos. Francisco José es el mediano de tres hermanos. Estudia el bachillerato en el colegio Cristóbal Colón de los Hermanos Maristas de Huelva. El curso preuniversitario lo realiza en la Academia Krahe de Madrid.

Parece ser que la profesión de su padre influye en la elección de la carrera a estudiar y se matricula en la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, sus intereses van encaminados a otro campo distinto del paterno, Francisco José se decanta por la investigación.

Compagina los estudios universitarios con su afición por la música e ingresa en la Tuna de la Facultad de Farmacia. En esta época organiza con otros estudiantes la Agrupación Musical Arcipreste de Hita. La afición por cantar y tocar la guitarra le acompañará toda su vida.

En 1975 consigue el título de doctor con la máxima calificación y se integra en el departamento de Fisiología de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid. Durante unos años parece que su lugar está en el campo de la fisiología. Sin embargo, sus estudios sobre el aceite de oliva le redirigen al mundo de la nutrición, obteniendo la cátedra de Nutrición en la misma facultad. En este ámbito será donde desarrolle definitivamente su labor investigadora y académica.

         También funda una familia. Se casa con Sara y tienen dos hijos, Kiko y Miguel.

Su investigación se centra en el papel de la nutrición y su influencia en la aparición de enfermedades degenerativas y cardiovasculares. Con el discurrir de los años se labra un prestigio y reconocimiento que lo llevan a alcanzar los más altos honores. Compagina su labor docente con la investigadora, dirige tesis doctorales, forma parte de comités científicos, se convierte en académico de número de la Real Academia Nacional de Farmacia… Si pretendiera poner aquí toda la trayectoria profesional de este fantástico profesor necesitaría muchas páginas.

Francisco José nos abandona el 11 de junio de 2025 repentinamente, dejando en la más devastadora desolación a cuantos le trataron y conocieron.

 

Hasta aquí la presentación formal del protagonista de hoy en «Demencia, la madre de la Ciencia»

 


Los que me soléis leer, sabéis que este espacio tiene un enfoque distinto, cuando hablo de un científico no solo me centro en sus logros profesionales. Me gusta ir más allá. Si aparece un científico por aquí es por algo más.

En esta ocasión, el vínculo es especial porque tuve la suerte de conocer personalmente a quien protagoniza esta publicación. Fue mi director de tesis. Y por esa relación tan directa me voy a permitir, a partir de aquí, llamarle Paco cuando me refiera a él.

Conocí a Paco en el año 2011, casi de rebote. Yo estudié farmacia en la Universidad de Alcalá, por lo que no lo tuve de profesor durante mi formación académica (bien que lo lamento). Una compañera de la universidad me lo presentó, y me incluyó en un estudio nutricional que por aquel entonces se iniciaba en colaboración con el CSIC. Durante casi seis años trabajé con él en la realización de mi tesis. Aprendí muchísimo, de hecho, todo lo que sé de investigación y todos mis logros en ese ámbito se los debo a él.

Aún recuerdo el primer día que lo vi. Sabía que era el catedrático de Nutrición y, basándome en mi pobre experiencia en el trato con personas tan distinguidas, estaba en la idea de que sería alguien súper serio y algo estirado. Nada más verme, me soltó un chiste con el gracejo andaluz que siempre le caracterizó. «Para ser todo un señor catedrático, menuda guasa se gasta.» me dije, «Esto pinta bien». Aquel inicio en nuestra relación fue toda una declaración de intenciones porque si algo define a Paco es la palabra «alegría».

Tras ese chiste vinieron muchos más, los que estuvo contándome durante los 14 años en los que compartí con él experiencias, no solo académicas, que esas fueron las del principio.

Imposible enumerar las veces que me dejó con la boca abierta ante su sabiduría. Paco no poseía un cerebro como el de los demás mortales, dentro del cráneo tenía una CPU Intel Core 7, donde almacenaba toda la información que luego nos regalaba a los demás en forma de explicaciones amenas y asequibles.

Con él aprendí qué es investigar. Antes de conocerlo, de la investigación me atraía el cacharreo del laboratorio, el trajinar entre matraces y buretas. Bajo su dirección me di cuenta de que la investigación es lo que viene después de la parte experimental: analizar los datos, dar significado a los resultados y extraer conclusiones. En esto, Paco era el number one. Un crack.

Era un entusiasta de su trabajo, y ese entusiasmo nos lo contagiaba a los demás. Amaba y nos hizo amar la nutrición. Exigente con todos (consigo mismo mucho más), pero también comprensivo, dispuesto a dar aliento y ánimo. El día que defendí mi tesis, después del fallo del tribunal y ante una copita de vino español, Paco, como mi director, me dedicó unas palabras. Utilizó un símil taurino para definirme, algo así como que me enfrentaba al toro (léase la tesis) de frente y sabía utilizar el capote con habilidad (léase resolver todas las dificultades surgidas al enviar los artículos a las revistas). Fue tan bonito lo que dijo y con tanta pasión que yo, que no me gusta la tauromaquia, estuve a punto de abonarme a todas las corridas de toros de Las Ventas. Así era Paco.

Entre mis colegas de la universidad, cuando hablábamos de las preguntas peliagudas que a veces nos hacen los alumnos, yo solía bromear diciéndoles que ese tipo de situaciones no me preocupaban porque yo tenía mi tratado de nutrición personal, es decir, cuando no sabía contestar a alguna cuestión de un estudiante, le mandaba un mensaje a Paco y en dos minutos el tema estaba resuelto. Tengo algunos audios suyos que son auténticas clases magistrales. No sé qué voy a hacer ahora. He perdido un referente en mi labor profesional.

La etimología de la palabra «alumno» es «persona que se nutre». Todos fuimos alumnos, de una manera u otra, de Paco y él, además de darnos lecciones de Nutrición y Salud, nos alimentó con su sabiduría haciéndonos mejores y más sanos intelectualmente.

Pero, no solo he perdido a un mentor, también a un amigo. Y esta ausencia es la más dura de sobrellevar. Porque, al final de la tesis, vino la amistad, y eso sí que me honra y me enorgullece aún más. Fuera del ámbito universitario descubrimos que compartíamos la afición por escribir. Llevo a gala que fui de las primeras personas que le animó a compartir sus escritos, bien en forma de poemas o de cuentos más o menos cortos.

Hemos publicado juntos artículos científicos fruto de ese trabajo en común en la investigación, pero lo que más me ilusiona ha sido compartir espacio literario con él en algunas antologías de relatos: «Moldeando palabras» y «Arcanum Fabulis» con la asociación Alfareros del Lenguaje, y «Decamerón del siglo XXI» con el colectivo Bremen. Paco, tras estos primeros pasos en el mundo de la literatura, inició el vuelo en solitario y nos deslumbró con dos obras maravillosas: «Cuentos del Espejo de Agua» y el poemario «La vida un camino»; en este último se pueden leer algunos versos casi premonitorios donde habla de la muerte y la vida sin él.

No sé si Paco, poseedor de una mente privilegiada, intuía su partida prematura. Yo no. El golpe de saber que ya no está con nosotros ha sido tan fuerte que apenas puedo escribir esto sin que las lágrimas acudan a mis ojos.

Paco se ha ido y muchos nos hemos quedado huérfanos.

Dicen que en el Parnaso habitan las Musas, que allí está la cuna de la poesía, la música y el saber. Seguro que Paco anda por allí. O quizás lo podamos encontrar en la línea del horizonte durante el ocaso, en esas puestas de sol que tanto amaba contemplar en su refugio personal, el Portil de Huelva.

Sea como fuere, donde quiera que esté andará repartiendo alegría. Y, casi seguro, contando chistes.

 


«Hoy he volado más allá de las colinas de poniente. Se diría que el viento me empujó suave pero firme, hasta donde nunca antes había llegado.»

Francisco José Sánchez Muniz

Aprendiz (Decamerón del siglo XXI)

 





martes, 10 de junio de 2025

Henri Nestlé: el boticario del nido.

 

De vez en cuando, el mundo alberga héroes anónimos que mejoran la vida de los demás. Esto se podría decir del protagonista de esta publicación en «Demencia, la madre de la Ciencia». Quizás muy anónimo no fue porque su apellido es bastante famoso, aunque los motivos reales de esa fama quizás no sean tan conocidos por la población.

Henri nace en 1814 en Alemania. Es el catorceavo hijo de una familia luterana de origen suizo dedicada a la fabricación de piezas de vidrio. Su apellido Nestle (sin tilde en la segunda e) en un dialecto alemán quiere decir «pequeño nido de pájaro», un detalle que será significativo cuando Henri destaque por méritos propios y se dedique a una actividad que nada tiene que ver con el negocio familiar.

Tras pasar por la escuela se convierte en boticario.

En la primera mitad del siglo XIX aún no se había reglamentado la profesión de farmacéutico con estudios universitarios. Para convertirse en boticario en aquella época era necesario aprender en una botica las propiedades saludables de las plantas y de compuestos químicos, así como el manejo de las materias primas para obtener los diferentes preparados en la forma adecuada para que la administración sea idónea y el principio activo efectivo. Tras este aprendizaje el aspirante a boticario debía examinarse ante un tribunal que diera fe de su capacidad.

Es en Lausana (Suiza) donde Henri supera el examen para ayudante de boticario cuando tiene unos veinticinco años. Se va a vivir a Vevey, otra ciudad suiza donde el idioma oficial es el francés. Ahí decide afrancesar su apellido añadiéndole una tilde a la segunda e, Nestlé, quedando así para la posteridad.

Henri dedica su tiempo a fabricar diferentes compuestos: aceite de nueces (por lo de los omega-3, aunque aún no se conocieran químicamente), aceite de colza (por lo de los omega-6 aunque tampoco se conocieran como tales), polvo de hueso (por lo del calcio) o mostaza en polvo (por lo de los isotiocianatos, compuestos azufrados con propiedades antiinflamatorias). 

Henri es curioso y emprendedor. Su iniciativa abarca diferentes campos porque no solo se dedica a los preparados farmacéuticos. Instala una pequeña fábrica de gas que suministra luz al alumbrado público de su ciudad. Este negocio se le hunde cuando el ayuntamiento decide construir su propia fábrica.

Este varapalo empresarial sirvió para que Henri empleara su tesón y sabiduría en otras áreas. Gracias al egoísmo municipal de Vevey, hoy le deben la vida millones de niños porque nuestro boticario decide elaborar un producto que pueda alimentar a los bebés y así evitar la alta mortalidad que había entre la población infantil menor de un año.

Antes de seguir con este nuevo proyecto de Henri hay que hacer un paréntesis para ponernos en situación.

Durante los primeros meses de un recién nacido el único alimento que puede tomar es la leche, materna a ser posible porque es la idónea para el tubo digestivo de un neonato. Por eso, cuando un niño perdía la posibilidad de amamantarse de su madre, mayormente por la muerte de esta durante el parto, era preciso recurrir a una nodriza, es decir, otra mujer que tuviera un lactante y cuya leche serviría para alimentar a otro niño. Si esto no era posible, lo más probable es que el niño acompañara a su madre a la tumba a los pocos días.

Lo de conseguir nodrizas ni era tan sencillo ni tan barato. Asimismo, para que una mujer pueda alimentar a dos niños (o más) debe estar muy bien alimentada a su vez y en condiciones de salud que no abundaban precisamente entre la población más pobre.

Por otra parte, conseguir leche fresca en las zonas urbanas era bastante complicado, solo apto para los bolsillos más pudientes. La industrialización trajo grandes avances, pero la vida en la ciudad tenía sus inconvenientes. Con este panorama la mortalidad infantil en el primer año de vida era elevadísima.

Bueno, pues nuestro Henri decidió cambiar esto. En 1866 elabora una pasta compuesta por leche de vaca condensada, azúcar y harina de trigo. Deja reposar la mezcla y le añade bicarbonato potásico. A este producto lo llama farine lactée, harina láctea. Parece ser que el tratamiento físico al que es sometido el producto de Nestlé permite que sea más digerible para un bebé (hidroliza parcialmente el almidón y las proteínas).

No obstante, y para asegurarse, prueba su fórmula con un recién nacido prematuro (pretérmino lo llaman ahora) cuya madre está muy enferma y no le puede amamantar. El pretérmino sale adelante a pesar de no tener a su madre para que lo alimente.

La harina para bebés de Nestlé revoluciona el mundo de la nutrición infantil sobre todo en las zonas urbanas en pleno auge de la industrialización. Tanto es así que el señor Nestlé se monta un emporio de tomo y lomo.                                                


        A los tres años de comercializar la leche para bebés tiene que ampliar la fábrica, abre una oficina en Londres y su producto llega a lugares remotos, muy alejados de Suiza, como Australia y Sudamérica. Ha nacido la gran empresa Nestlé que tiene su propio logotipo basado en el escudo heráldico de su creador. Recordemos que nestle significa en suabo «pequeño nido de pájaro» y, casualidades de la vida, la representación gráfica es un nido con unos pajaritos dentro. Un símbolo cargado de simbolismo, valga la redundancia, pues ese nido representa también la protección que proporciona a las aves recién nacidas.

El nombre de Nestlé está hasta en la sopa, o sería mejor decir, hasta en la papilla. Gana dinero a espuertas.

Pero Henri cumple sesenta años y quiere jubilarse. Vende la compañía a otros empresarios de su ciudad y solo pone una condición: que su nombre se conserve.

Nuestro boticario se retira con todas las de la ley y no mantiene ningún contacto con el imperio que creó. Vive retirado del mundanal ruido hasta que la parca le viene a visitar el 7 de julio de 1890. Tiene 75 años.

Y hasta aquí el relato del protagonista de esta publicación. Sin embargo, como en toda historia donde se manejan millonadas de dinero, hay un lado oscuro. Una cara B que Henri, afortunadamente, nunca llegó a conocer porque se fue de este mundo antes.




Porque el imperio Nestlé tiene claroscuros.

En la Primera Guerra Mundial la leche en polvo alimentó a soldados y a refugiados donde el suministro de alimentos era deficitario. Esta socorrida ayuda se mantuvo igualmente en la Segunda Guerra Mundial, favoreciendo que la empresa obtuviera pingües beneficios. El negocio de la guerra no solo enriquece a la industria armamentística.

La multinacional estuvo involucrada en un turbio asunto cuando comercializó agua embotellada procedente de acuíferos situados en zonas pobres del planeta dejándolas así desabastecidas. Siguiendo con el tema del agua, hace unos meses Nestlé se vio envuelta en un supuesto fraude al potabilizar aguas que posteriormente embotellaba y comercializaba con una de sus marcas insignia en Francia: Perrier. Parece ser que empleó técnicas no permitidas por la legislación francesa, así como el uso de agua procedente de pozos insalubres.

Actualmente Nestlé es la empresa de alimentos más potente del mundo. El año pasado facturó 11.534 millones de euros. Da empleo a 330.000 personas y posee más de 400 fábricas distribuidas por 84 países del planeta.

Sin embargo, su fundador, un farmacéutico nacido en Alemania y afincado en Suiza, vivió toda su existencia de manera modesta. Nunca patentó la fórmula original que él mismo ideó porque tenía la firme creencia de que el conocimiento debía compartirse para ayudar a la humanidad.

De vez en cuando, el mundo alberga héroes que mejoran la vida de los demás.





martes, 16 de abril de 2024

Kurt Gödel: o matemáticas o coherencia.

 

«La mente, como las matemáticas, es incapaz de cuidar de sí misma frente a la incoherencia.»

En busca de Klingsor, Jorge Volpi

Retomo una sección del blog injustamente olvidada porque hablar de locos científicos fue el motor que impulsó a «Demencia, la madre de la Ciencia». Y, además, la retomo por todo lo alto, hablando de un matemático-filósofo. Quien por aquí se pasa y me conoce, sabe que esas dos materias las tengo atragantadas desde mi más tierna infancia.

Siempre he creído que ciencia y filosofía no se llevan bien, la lectura de «El azar y la necesidad» casi me provoca un derrame cerebral (Reseña: El azar y la necesidad). No obstante, algunos científicos se decantaron por esa combinación, como el protagonista de esta entrada: Kurt Gödel.

Kurt nace el 28 de abril de 1906 en Brünn, una ciudad que pertenecía al Imperio austrohúngaro (ahora forma parte de la República Checa). Su familia tiene una posición acomodada, el padre es un hombre de negocios y su madre es una mujer culta y educada.

Cuando finaliza la Primera Guerra Mundial, la ciudad en la que vive forma parte de Checoslovaquia, pero él se siente austriaco (ni siquiera sabe hablar checo). Con 23 años se nacionaliza como ciudadano de Austria y cuando este país es anexionado por Alemania, Gödel se convierte en alemán, tiene 31 años. Varios años después volvería a cambiar de nacionalidad, la estadounidense, la colección de pasaportes de este hombre debía de ser antológica.

Estudia en la Universidad de Viena matemáticas y filosofía (algo incompresible para una servidora). Se doctora con una tesis titulada «¿Son suficientes los axiomas de un sistema formal para derivar cada una de las proposiciones verdaderas en todos los modelos del sistema?» Ni se me ha ocurrido leer dicha tesis porque el propio título ya es incomprensible para mí, no quiero ni pensar qué habrá dentro.

Con 32 años se casa con Adele, una mujer mayor que él y que la familia de Kurt detesta, no por su edad sino por la profesión que ejercía en su juventud: bailarina. Los padres de Kurt no tienen nada en contra del ballet, lo que les parece mal de Adele es que, después de bailar, se acostaba por dinero con algunos de los espectadores.

Gödel, durante varios años, viaja con asiduidad a EE. UU. a impartir diferentes conferencias. Allí conoce a Einstein y se hacen amigos.

A pesar de su mala salud (tiene episodios depresivos desde que un nazi asesina a uno de sus profesores, también padece una afección cardiaca), el gobierno alemán le declara apto para el servicio militar. Ante el canguelo de que lo llamen a filas, Kurt y su bailarina esposa se largan a EE. UU. y se instala en Princeton como docente en el Instituto de Estudios Avanzados.

Antes de instalarse en EE. UU., Gödel se hace famoso por un artículo que publica y que tumba de un plumazo las bases de las matemáticas modernas.

Pongámonos en situación.

Durante dos mil años, las matemáticas evolucionan descontroladamente. Los babilonios, los egipcios, los griegos y los árabes aportan su granito de arena, pero cada uno va a su bola. Cuando esta ciencia llega a Occidente, la aritmética es un galimatías incomprensible (cuando me llegó a mí, en la escuela, siguió siéndolo para una servidora).

Las matemáticas se empleaban para resolver casos prácticos del día a día, pero es cierto que algunas cosillas no se acababan de entender muy bien, no encajaban (consuela saber que no soy yo la única que no se entera).

Que los griegos, previamente, fueran tan amigos de plantear paradojas no ayudaba a entender las matemáticas, las cosas como son. De hecho, esas paradojas ponían en evidencia que esta ciencia hacía aguas. Para muestra dos botones.

La paradoja de Aquiles y la Tortuga: Aquiles disputa una carrera contra una tortuga y le concede a ésta una pequeña ventaja. Pues bien, en esa carrera, el corredor más rápido (Aquiles) nunca puede adelantar a la más lenta (la tortuga), ya que el perseguidor debe alcanzar primero el punto donde comenzó el perseguido, de modo que el más lento siempre lleva una ventaja.

La paradoja de Epiménides: Epiménides dice «Todos los cretenses son unos mentirosos», teniendo en cuenta que él es cretense… ¿Epiménides dice la verdad? (no voy a explicar la paradoja por no extenderme, dadle vosotros un poco al coco).

Jueguecitos como estos ponían en evidencia a la ciencia, dando a entender que ésta podía equivocarse.

Para poner orden en este caos muchos hombres de ciencia trataron de sistematizar las matemáticas. El primero fue Euclides que quiso derivar las reglas de la geometría a partir de cinco axiomas básicos. Descartes y Kant (tómese nota de que eran filósofos también) buscaron lo mismo con la estadística y el cálculo infinitesimal sin llegar a sólidas conclusiones. A todo este caos sin ordenar se añadían nuevas paradojas como la de Georg Cantor (no voy a contar esta para no marear al personal, pero sabed que volvió turulatos a los matemáticos, como si ya solitos no lo estuvieran suficientemente).

Ante este panorama, Bertrand Russell y Alfred Whitehead, dos ingleses matemáticos, recopilan todas las matemáticas, lo que es mucho recopilar, a partir de unos pocos principios básicos. En 1919 publican Principia Mathematica y se supone, lo que es mucho suponer, que desaparecen las contradicciones que desprestigian una ciencia tan exacta. Puede que lo consiguieran, pero la obra era tan vasta y compleja que nadie se enteró del todo.

Por su parte, otro matemático sesudo y alemán, David Hilbert, presentó una lista de problemas aún no resueltos, entre estos había uno que se titulaba «cuestión de la complitud» donde se planteaba si la matemática era coherente y completa, es decir, si no tenía contradicciones y se podía derivar de sus postulados. Hilbert estaba en la idea de que sí, que la matemática era coherente, llegando a decir que todo problema matemático se puede solucionar porque en matemáticas no existe el ignorabimus. Todos sus colegas aplaudieron ese enunciado y se quedaron más tranquilos sabiendo que TODO tiene solución. El programa de Hilbert se convirtió en la Biblia de los matemáticos. Amén.

Y es aquí donde aparece nuestro protagonista. Un jovencísimo Gödel publica un artículo donde, resumidamente, viene a decir que una proposición (problema) podía ser verdadera e indemostrable al mismo tiempo, es más, que eso ocurre necesariamente con cualquier tipo de matemáticas. Plantea un teorema que prueba su hipótesis (no lo voy a trasladar aquí porque es muy enrevesado), pero la traducción a castellano llano sería que en las matemáticas existen aseveraciones que son ciertas pero que no se pueden comprobar o, lo que es igual, (y esto es cosecha mía): si entiendes las matemáticas, es que no son matemáticas.

O sea, que un problema no está bien ni está mal, es indecidible. Sí pero no, como el gato de Schrödinger que está vivo y muerto a la vez (Como el perro y el gato). Los profesores de matemáticas que me suspendieron la asignatura no asistieron a clase el día que explicaron esto.

Pero Gödel, con su maestría para poner patas arriba todo lo establecido, fue más allá. He comentado que se hizo amigo de Einstein y, con la confianza que da la amistad, llega a demostrar soluciones paradójicas a las ecuaciones de la relatividad de su amigo hasta el punto de que el propio Einstein se llegó a plantear que su teoría de la relatividad estaba mal.

Poco a poco, Kurt, se decanta más por la filosofía, divaga y se contradice. Con las lecturas de Leibniz demuestra la existencia de Dios, pero encuentra algunas contradicciones y entonces tira por la calle del medio llegando a la conclusión de que parte del trabajo de ese filósofo y matemático alemán fue eliminado. Tal cual.

Es tal su genialidad, o locura, que cuando pidió la nacionalidad estadounidense, tras varios años como profesor en Princeton, Einstein le asesoró para el examen de ciudadanía pues el impredecible Kurt informó al juez que presidía su examen, que había descubierto una forma mediante la cual una dictadura podría instaurarse legalmente en EE. UU.  a través de una contradicción lógica de la constitución americana. Einstein interrumpió la disertación de Gödel antes de que la liara más y se quedara sin la ciudadanía. Por lo que se ve, muchos años más tarde, Donald Trump se enteró de esa contradicción lógica y está en lo de conseguir una dictadura que encaje en la Constitución de los EE. UU.

Los últimos años de Kurt están presididos por la enfermedad mental (la ciencia, al igual que la poesía, está a un paso de la locura). Tiene tanto miedo a ser envenenado que no come nada más que lo que su mujer le cocina, pero en 1978, Adele tiene que ser hospitalizada seis meses y Gödel, literalmente, muere de inanición. Tiene 71 años.

Otro genio que se nos va entre delirios de locura, o puede que la genialidad tenga un precio que solo unos pocos elegidos son capaces de asumir.



viernes, 19 de marzo de 2021

Hildegarda de Bingen: la monja profetisa y científica


 

«Oh frágil ser humano, ceniza de cenizas y podredumbre de podredumbre: habla y escribe lo que ves y escuchas».

SCIVIAS, Hildegarda de Bingen

En la Europa de la Edad Media el papel de la mujer en la sociedad estaba supeditado al hombre y al cuidado de los demás: o bien a cuidar a su marido y a su prole o bien a cuidar a sus padres o parientes más desvalidos, cuando no las dos cosas. La probabilidad de que una mujer adquiriera educación más allá de leer y escribir era muy remota, pero no imposible.

Había una posibilidad de formación y libertad para las mujeres si se movían en determinados círculos: el convento.

La mayoría de las monjas llevaban una vida de aislamiento y soledad dedicada a la oración, pero muchos conventos de la Edad Media eran bastante liberales: proporcionaban a las mujeres una vida cómoda y con acceso a la educación. La mayoría de estos conventos contaban con hermanas de congregación médicas y enfermeras que se encargaban de la salud de sus moradoras. Incluso, algunas no pronunciaban sus votos permanentes y conservaban bastante libertad de movimiento fuera de los muros conventuales.

Ni que decir tiene que estas mujeres procedían de clases altas o de la misma realeza.

De una familia poderosa e influyente provenía nuestra protagonista de hoy. Hildegarda nace en 1098. Octava hija de unos nobles terratenientes alemanes, siempre tuvo una salud endeble y sus padres, en la creencia de que no llegaría a la edad adulta, la encerraron en un convento benedictino que dirigía una tía suya, la abadesa Jutta.

La tía Jutta se encargó de educar a Hildegarda en latín, oraciones y música: lo normal en un convento. No se sabe en qué momento Hildegarda sacó los pies del tiesto y empezó a aprender más de lo esperado, pero el caso es que con treinta ocho años sucede en el cargo a Jutta y se hace abadesa además de escribir unos cuantos tratados de cosmología-mística que dejan a propios y extraños con la boca abierta. Ella, además de culta, es muy avispada, y para no suscitar recelos va y dice que todo lo que escribe no es cosa de ella, que es cosa de unas visiones que tiene gracias a Dios que la inspira y la guía.

Más adelante, y fuera ya de la Edad Media y sus supersticiones, algunos historiadores creen que las visiones que decía tener Hildegarda eran el producto de las fuertes migrañas que padecía e, incluso, de los posibles ataques de epilepsia que se cree tuvo.

Con el pasar de los años, Hildegarda adquiere influencia y estatus, interviniendo en política y todo: emperadores y nobles acuden a ella en busca de consejo. Además, se viene arriba y se pone a profetizar a través de sus sermones ―la apodan la Sibila del Rin― y a los que osan contravenirla los intimida con vaticinios muy poco halagüeños de manera que se asustan y dejan de importunarla. La señora tenía unos ovarios bien puestos, y genio también.

Pero Hildegarda no solo escribió tratados de cosmología por inspiración divina; donde realmente dio el do de pecho fue en la medicina.

Con más de cincuenta años de edad escribe una enciclopedia de historia natural, en ella describe más de 230 plantas y 60 árboles, también peces, aves, reptiles y mamíferos, piedras y metales. Muy completa la obra. En las plantas, además de describirlas, incluía su aplicación farmacológica con lo que la enciclopedia se usó como texto para enseñar medicina en la escuela de Montpellier; ahí es nada. Esta obra, que comprende varios libros, no fue el resultado de la inspiración divina ni de las visiones causadas por las migrañas o por la epilepsia; ella misma se encargó de dejar claro que aquello era fruto de la experimentación y la observación. A Dios lo que es de Dios, y al César (o a la Ciencia) lo que es del César.

A lo largo de su extensa vida ―los que creyeron que se moriría joven se equivocaron de medio a medio― escribió más libros de visiones místicas y también obras musicales, pero su fama como sanadora con poderes milagrosos fue mayor que su reputación como mística y visionaria.

Aunque su medicina tenía ciertas peculiaridades porque mezclaba a Galeno con textos bíblicos (para algo era monja, qué caramba), algunas de sus recomendaciones eran más que novedosas y muy eficaces. Por ejemplo, insistía en la importancia de la higiene y de la dieta, el descanso y el ejercicio, algo que hoy está más que asumido, pero que en la Edad Media sonaba a raro, raro. En uno de sus libros científicos se subraya lo importante que es hervir el agua antes de beberla, especialmente la de los ríos y pantanos.

También aconsejaba el uso de medicamentos en dosis pequeñas, recetando remedios sencillos, pero eficaces, para los pobres, y elaborados, y más caros, para los ricos. Monja, curandera y socialmente comprometida.

Hildegarda llegó incluso a tocar, muy de refilón, la genética. En el siglo XII aún quedaba mucho para que viniera Mendel ―otro monje como ella, mira tú por dónde― a hablar de descendencias y herencias, pero ella aventuró que, según el carácter de los progenitores, los hijos tendrían unas determinadas características físicas y psicológicas. Sí es verdad que, a este respecto, se le fue un poquito la olla y llegó a decir que el carácter del futuro niño dependía del día en que se concebía y hasta pronosticó la naturaleza de las personas concebidas en cada uno de los días del mes lunar. Por ejemplo, una mujer concebida en el día 18 tendrá salud y longevidad, pero estará predispuesta a la locura, además de ser una mentirosa que provocará la muerte de hombres honorables. Estamos en plena Edad Media y tampoco podemos ser muy rigurosos con la pobre Hildegarda que fue una mujer fruto de su época, al fin y al cabo.

Hildegarda muere en el año 1179. Tiene 81 años. Está claro que su mala salud no le restó ni años de vida ni inteligencia.

Intentaron santificarla varias veces, pero algo no cuajó ―yo creo que eso de que curaba no estaba bien visto en algunos sectores eclesiásticos― y nunca llegó a los altares. Aunque no está canonizada, la Iglesia la incluye en el martirologio romano y es venerada como una santa, a pesar de que algunos insistieron en tildarla de bruja ―por eso de ponerse a profetizar y curar siendo mujer―.

Santa o impía, Hildegarda dejó un importante legado científico/místico/cosmológico, y se la considera la naturalista más distinguida y la filósofa más original de la Europa del siglo XII.

Vaya esta entrada para homenajear a otra pionera y adelantada a su tiempo. Y monja.

 


 

 

 

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Percival Lowell: el astrónomo marciano

 


Hoy traigo para la sección “Esos locos científicos” un personaje peculiar, como suelen serlo todos los que por aquí recalan. Se trata de un astrónomo con unas ideas un tanto peregrinas que le trajeron no pocos problemas.

Percivall Lowell nace en 1855 en el seno de una familia de postín de Boston. Los Lowell eran una especie de aristocracia estadounidense; en EEUU, ante la falta de títulos nobiliarios, la nobleza se adquiría cuando se poseía una gran fortuna que pasara de generación en generación.

Percival estudió Matemáticas en la Universidad de Harvard y, gracias al dinero de papá pudo viajar por Extremo Oriente durante varios años antes de ponerse a trabajar como astrónomo.

Con 39 años monta un observatorio en Arizona que funciona aún y que lleva su propio nombre (Observatorio Lowell) e incluso es administrado por uno de sus herederos.

Percival compagina sus labores como investigador astronómico con la docencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, el famoso MIT.

Aunque su nombre ha quedado para la posteridad por el observatorio que se llama como él, en realidad este hombre fue famoso por otras cuestiones algo más chuscas y que fueron motivo de pitorreo entre sus colegas. Resulta que mientras observaba planetas con sus instrumentos de astrónomo, vio que en Marte había una especie de líneas de color oscuro y que, además, había grandes zonas brillantes de color amarillo.

Esto también había sido observado por otros compañeros de profesión. A las líneas se las llamó “canales” y a las zonas amarillas, “desiertos”. Donde Lowell dio el cante fue cuando interpretó, de una manera bastante peculiar, qué eran esos canales y esos desiertos.

Según este señor, los canales eran estructuras artificiales construidas por los habitantes del lugar, o sea por los marcianos, que tenían por objeto llevar agua desde las regiones polares hasta las tierras secas del ecuador, es decir, los desiertos. Así, tal cual.

Entre el mundillo científico muy riguroso y muy serio, pero implacable con el que se salía del tiesto, hubo bastante cachondeo a cuenta del pobre de Lowell. Semejante especulación no fue aceptada entre los científicos de pro. Sin embargo, sus teorías sí fueron bien recibidas entre los literatos. De hecho, Edgar Rice Burroughs, el novelista creador de Tarzán, escribió una serie de novelas ambientadas en Marte basándose en las teorías de Lowell. Una muestra más de cómo la ficción recurre a la ciencia, aunque sea una ciencia… algo imaginativa.

A pesar de esta creencia poco rigurosa en los marcianos, Lowell fue un astrónomo serio, más o menos. Además de creer en marcianos, él pensaba que más allá de Neptuno había otro planeta, el noveno del Sistema Solar. Su creencia se basaba en que al observar las órbitas de Urano y Neptuno había “irregularidades”. A este planeta esquivo, Lowell lo llamó Planeta X y dedicó toda su vida a encontrarlo; una búsqueda que no tuvo éxito porque se murió en 1916 y el planeta no apareció.

Tras su muerte, y en un intento de lavar su buen nombre ―la teoría sobre el origen de los canales de Marte aún era motivo de chascarrillos en el ambiente científico de la época―, los directores del Observatorio Lowell decidieron seguir buscando ese Planeta X por ver si tras el descubrimiento lo de los marcianos se olvidaba de una puñetera vez.

El testigo lo recogió un joven astrónomo de Illinois, Clyde Tombaugh, y su búsqueda fue exitosa porque al año de ponerse a la tarea encontró el dichoso planeta, aunque fue de chiripa ya que los cálculos de Lowell eran erróneos y no le sirvieron de nada. El caso es que a ese planeta se le llamó Plutón, un nombre mitológico, como los de los demás planetas del Sistema Solar (salvo el nuestro), pero también un nombre relacionado con su primer “padre”, ya que las dos primeras letras, PL, son las iniciales de Percival Lowell.

Aunque se podría decir que Lowell fue el primero en hablar de un planeta más, la verdad es que lo que se encontró no se parecía en nada a lo que él predijo. Al igual que pasó con lo de los canales, la imaginación de Percival anduvo enredando más de lo necesario. Lowell postuló que ese planeta debía de ser una enorme bola gaseosa, y lo que Tombaugh encontró más allá de Neptuno, fue un pequeño punto helado.

Con todo y con eso, el descubrimiento se celebró a bombo y platillo pues era la primera vez que un estadounidense descubría un planeta.

Este descubrimiento tampoco estuvo exento de polémica. Fueron muchos los astrónomos que dijeron que Plutón no era un planeta, primero porque era demasiado pequeño (su diámetro es menos de la mitad del ancho de EEUU) y segundo porque su órbita era algo rara. Algunos dijeron que en realidad era un desecho perteneciente al cinturón Kuiper (una especie de basurero galáctico donde hay restos de cuando se formó el Sistema Solar).

Al final, la UAI (Unión Astronómica Internacional) llegó a un consenso que podría denominarse “ni para ti, ni para mí”. Plutón era un planeta, pero de chicha y nabo, o lo que es lo mismo: un planeta enano.

El pobre de Lowell se quedó con el sambenito de creer en marcianos, algo que en los círculos científicos puede que no esté bien visto, pero el tipo creó tendencia y si hubiera existido Twitter en el siglo XIX, lo habría petado. De hecho, hasta la llegada de Stars Wars y de E.T., cuando alguien quería referirse a un ser extraterrestre, el primer nombre que le venía a la cabeza era “marciano”: esos posibles vecinos fuera de nuestro planeta.

Somos legión los que hemos disfrutado con las historias donde hay vida en Marte y ese planeta está habitado y/o colonizado: «Crónicas marcianas», «Marte rojo», «A lo marciano», «Las arenas de Marte» y muchos títulos más son una muestra de que la imaginación de Lowell dio pie a muchos escritores para dejar volar la suya propia. A su manera, la contribución de este astrónomo también fue importante. 

¡Gracias señor Lowell!




viernes, 8 de mayo de 2020

June Almeida: una viróloga con mucha visión

Virus: un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias.
 Peter Medawar (inmunólogo)

Con esto de la pandemia y tanta información sobre la misma, tenía arrinconada la sección del blog que trata las biografías de científicos; hoy la recupero, pero no os creáis que me he olvidado del SARS-Cov-2, qué va. La protagonista de esta entrada también tiene que ver mucho con él, al menos con los de su familia, porque fue la primera persona en descubrir la existencia de los coronavirus, y además quien, junto a su equipo, los bautizó así.
June Almeida nace el cinco de octubre de 1930 en Glasgow (Escocia), pertenece a una familia muy humilde, su padre es conductor de autobús, así que sus recursos económicos son escasos. Esto la obliga  a abandonar los estudios cuando tiene 16 años, por lo que no pisa la universidad cuando le tocaba. Se pone a trabajar en el hospital universitario de Glasgow como técnico en histopatología, o lo que es lo mismo, se pone a manipular tejidos orgánicos enfermos. No he encontrado más información al respecto, pero supongo que se dedicaría a preparar las muestras para que luego, un histopatólogo, las viera en el microscopio y dedujera qué había ahí.
Con 24 años se casa con Henry Almeida, un artista venezolano, del que toma el apellido y que mantendrá siempre, incluso después de separarse de él y contraer nuevas nupcias con otro hombre. El matrimonio se traslada a Canadá, June trabaja allí como electromicroscopista (personal técnico de microscopios electrónicos) en un centro estatal de Ontario encargado de investigar y tratar a pacientes con cáncer. Sigue sin tener estudios superiores, pero en Canadá eso no es un impedimento para promocionarse científicamente y consigue ascender.
Antes de seguir con June, tengo que hacer un inciso. En publicaciones anteriores he explicado qué es un virus, una cadena de nucleótidos (ADN o ARN), pero no sé si dejé claro que una cosa así es muy, pero que muy, muy, muy pequeña. Para hacernos una idea, una bacteria, un microorganismo unicelular, o sea, algo muy pequeño, puede ser 25-250 veces mayor que un virus. A lo que voy es que, mientras una bacteria se puede ver en un microscopio óptico, para ver un virus hay que hacer encaje de bolillos y desde luego no con un microscopio “normal”. Además, hay que tener en cuenta que en los años cincuenta del siglo pasado, las técnicas de imagen tenían sus limitaciones.

June Almeida manipulando un microscopio electrónico

Bueno, pues la espabilada de June, ideó un sistema para visualizar algo tan pequeñito como son los virus. Siguió la máxima de que una cosa pequeña, si se une a otra cosa, abulta más que si está sola. Así que decidió unir los virus a unas moléculas que tienen afinidad por ellos: los anticuerpos. Empezó con el virus de la hepatitis B y siguió con otros virus responsables del llamado resfriado común. Parece ser que consiguió imágenes del virus responsable de la rubeola, siempre utilizando un microscopio electrónico (algunos modelos, pueden ser 700 veces más potentes que el mejor microscopio óptico), y salió tan (relativamente) “nítida” la imagen, que permitía identificarlo, algo que hasta entonces no era posible, porque a lo máximo que se llegaba era a ver ‘puntitos’ sin demasiada definición.
A partir de esas imágenes del virus de la rubeola, empieza a ser conocida en el mundo de la investigación.
June vuelve a Londres para trabajar como investigadora en la Escuela de Medicina del hospital St. Thomas. Trabaja con David Tyrrell, un virólogo del hospital. Este señor le da una muestra de un niño que parece estar afectado por una gripe “rara”. June utiliza su propia técnica y consigue una imagen borrosa, pero donde se pueden apreciar unas estructuras que nada tienen que ver con el virus de la gripe común. Esas estructuras son como puntas que sobresalen de la cubierta que suele recubrir a muchos virus y que le dan un aspecto de corona. June Almeida acaba de visualizar por primera vez un coronavirus humano. En realidad, ella ya había visto algo parecido, pero en muestras de pollos y ratones, así que esa forma peculiar no era nada nuevo para ella.
Tyrrell está entusiasmado y deciden enviar las imágenes a una revista científica, pero los editores, unos señores que se suelen pasar de listos muchas veces (lo sabré yo), rechazan publicarlo porque dicen que “eso” es un virus de la gripe, pero desenfocado. Unos crack de la investigación, los tíos esos. Años más tarde, otra revista, y muy prestigiosa, British Medical Journal, sí habla del descubrimiento de esta mujer y dos años después, el Journal of General Virology publica las imágenes.
En un momento dado, desde que vuelve a Londres y le publican las fotos del coronavirus, esta mujer se hace doctora, o quizás sería más apropiado decir que la empiezan a llamar doctora, ya que su trayectoria académica es confusa.
Si se la llama doctora Almeida, se supone que tiene una titulación: o bien hizo un doctorado, aunque previamente, incluso en la relajada Canadá, debería haberse licenciado/graduado en alguna carrera, o bien estudió “solo” medicina (la única carrera que te permite llamarte doctor sin necesidad de hacer la tesis doctoral). Una servidora no ha conseguido averiguar dónde realizó sus estudios o en qué consistieron, si se trató de una carrera X y el doctorado, o si se trató de estudios en medicina.
He llegado a leer que “terminó sus estudios” (no se especifica qué estudios) en el Wellcome Institute, y cuando he ido a investigar, me he topado con que ese “instituto” en realidad es un museo de medicina de Londres. Si busco Instituto Wellcome me sale un centro de investigación, pero sin actividad académica. En otros documentos se dice que “consiguió doctorarse gracias a las publicaciones en revistas científicas”, algo que podría ocurrir, siempre y cuando uno está previamente licenciado/graduado. Poco claro. Tan confusa es la información que se encuentra una por ahí, que, en algunos sitios, si pones ‘June Almeida’, sale la palabra ‘virólogo’ con la foto de un señor, toma ya.
El caso es que, cuando por fin le dan el reconocimiento que se merece, va ella y decide dedicarse a la enseñanza. Esto puede parecer normal ya que muchos científicos combinan su labor investigadora con la docencia. Lo raro de esta señora es que se hace profesora, pero de yoga. También se pone a estudiar más, pero no otra (¿otra?) carrera, sino que aprende a restaurar pocelana fina. Cosas de los genios.
A pesar de estas actividades extra científicas, Almeida no abandona la investigación y asesora a los científicos que están intentando obtener imágenes de otro virus muy puñetero: el VIH (causante del sida).
Cuando tiene 77 años, June sufre un infarto de miocardio y fallece en Inglaterra.
Ahora, con todo lo del SARS-Cov-2, se destaca que fue ella, una mujer, la primera en descubrir un coronavirus, pero la excepcionalidad de esta científica no radica en eso, lo importante es que su técnica novedosa para visualizar virus, con corona o sin ella, es tan buena que aún hoy se utiliza.
Esta mujer, si no fuera por lo de la pandemia, no la conocería nadie, o casi nadie, algo que es habitual con muchos científicos, y más si son mujeres. Pero el caso es que con todo el revuelo que hay, los buscadores de noticias y de datos han sacado a la luz la labor de esta científica, aunque, para mi gusto, aún nos faltan datos; a ver si algún espabilado nos da más información veraz y de paso conocemos mejor a esta mujer tan excepcional.



martes, 25 de febrero de 2020

María Blasco: una 'rara avis'


Declara el pasado, diagnostica el presente, pronostica el futuro. Practica estos actos (HIPÓCRATES)

A la protagonista de hoy en el blog la he catalogado como rara avis porque en su persona confluyen varios elementos que la hacen sumamente peculiar: es mujer, es española, es científica, está viva y tiene reconocimiento fuera y dentro de nuestras fronteras (esto último sí que es llamativo). No se puede negar que esta señora es muy, pero que muy rara.
María nace en Alicante en 1965, se hace bióloga en la Universidad Autónoma de Madrid y con veintiocho años se doctora en Bioquímica y Biología Molecular teniendo como directora de tesis a toda una eminencia, también mujer y también española: Margarita Salas.
Recién doctorada, María se va a Nueva York a trabajar como investigadora en el laboratorio de otra eminencia, también mujer (pero no española, sino americana): Carol Greider. En 1997 regresa a España para trabajar en el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC. En el CSIC centra sus estudios en una molécula que conoce cuando está en Nueva York y que le ha enseñado Carol, la telomerasa (hablaré más adelante de ella) y su aplicación en la oncología.
El fruto de sus trabajos con esta molécula la llevan al Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) bajo la dirección de otra eminencia también española: Mariano Barbacid. Su trayectoria profesional y sus muchos méritos académicos le han procurado reconocimiento internacional y distinciones importantes. Desde 2011 es la directora del CNIO.
Margarita Salas, Mariano Barbacid, Carol Greider, María Blasco. Estamos hablando de pesos pesados de la investigación. Viendo esto yo no puedo evitar recordar el dicho: «Dios los crea y ellos se juntan».
El campo en el que María Blasco ha centrado sus estudios lo empezó a desarrollar en su etapa neoyorquina. En el Cold Spring Harbor Laboratory se inició en la investigación que lideraba su jefa de allí, Carol Greider.
Carol Greider había descubierto una enzima*, la telomerasa. Este hallazgo supuso una revolución en el conocimiento del mecanismo por el que las células se multiplican, haciendo abordar algunos temas de salud desde otra perspectiva. Fue tan importante el descubrimiento que Carol recibió el premio Nobel en 2009.
¿Qué es la telomerasa? ¿Qué tiene que ver todo esto con el cáncer? Vayamos por partes.
Antes de explicar la telomerasa y qué hace, tenemos que saber qué son los telómeros (siento las palabrejas, pero es lo que hay).
Los telómeros son los extremos de los cromosomas (orgánulos que se encuentran en las células y que contienen el material genético). Si bien el cromosoma es el portador de la información genética, no todo su material tiene esa función. De hecho, los telómeros no contienen información para codificar y transformar en características somáticas.
Entonces, si un telómero es parte de un cromosoma (cuya función es transmitir información genética) pero no tiene información genética… ¿qué pinta en el cromosoma? La verdad es que los científicos aún no se aclaran demasiado con esta cuestión, pero casi, casi, ya han llegado a un consenso: los telómeros se encargan de preservar el cromosoma, consiguiendo que este funcione adecuadamente al replicarse.
La importancia de los telómeros en los cromosomas es tal que cuando su longitud se acorta a medida que la célula envejece, el cromosoma tiene dificultad para duplicarse y la célula en cuestión muere cuando los telómeros desaparecen. Así que los telómeros tienen un papel primordial en el envejecimiento (y muerte) celular.
Entonces, uno se puede hacer la siguiente propuesta: si se consiguiera que los telómeros no desaparezcan nunca, las células nunca envejecerían ni morirían. Esta propuesta se la hicieron muchos científicos, entre los que se encontraba la jefa de María, Carol Greider. Pero para impedir que los telómeros se acorten, primero hay que saber qué hace que se acorten, ¿no? De cajón.
Bueno, pues Carol Greider se puso a la tarea con esto e investigando y volviendo a investigar, se encontró con una enzima*, la telomerasa. Resulta que esta molécula, entre otras cosas, se encarga de formar los telómeros, de manera que, cuando falta, estos se acortan hasta desaparecer con el efecto negativo para la célula que antes se ha comentado.
Este es, a grandes rasgos, el papel de los telómeros y la telomerasa.
Hemos comentado que si conseguimos que los telómeros no desaparezcan, la célula no moriría nunca, y que estos se forman gracias a la telomerasa, por tanto ¿la telomerasa puede ser el verdadero elixir de la eterna juventud?
Aunque la premisa está bien fundamentada, la cosa no es tan sencilla. Sí es cierto que se está estudiando más sobre el mecanismo de envejecimiento celular atendiendo a la función de la telomerasa, pero todo está en mantillas (recordemos que el descubrimiento de esta enzima es relativamente nuevo).
Pero volvamos con María Blasco, nuestra protagonista. Ella trabaja en el CNIO, un centro que estudia el cáncer. ¿Qué tiene que ver el cáncer con el envejecimiento celular y su (posible) manera de impedirlo? Pues tiene que ver mucho, porque si tomamos la premisa de antes, pero al revés, en el caso de los tumores la telomerasa podría tener un papel muy importante.
Si los telómeros desaparecen al no haber telomerasa que los ‘fabrique’, la célula muere. Que una célula muera no conviene… o sí si se trata de una célula cancerosa. ¿Lo pilláis?
Al igual que en el caso del elixir de la eterna juventud, la telomerasa no es la panacea, esta molécula tampoco parece ser la solución definitiva para evitar los tumores. Sin embargo, sí parece que pueda ser una de las vías para atajar el cáncer, al menos algunos tipos, y como aún tenemos María para rato, yo no descartaría que diera con algo muy impactante. Lo mismo hasta consigue el Nobel. ¿Os lo imagináis? Mujer, española, científica y con premio Nobel. Eso sí que sería raro, raro, raro. Pero cosas más extrañas se han visto, y si alguien puede darnos una noticia así, esa es María Blasco.


 (*) Ya expliqué lo que es una enzima en Y esto, ¿para qué sirve? El que no se acuerde que pinche en el enlace y se ponga a repasar.


martes, 18 de febrero de 2020

Gabriella Morreale: mens sana in tiroides sana


«La mejor vida no es la más duradera, sino aquella que está repleta de buenas acciones» (Marie Curie)

La protagonista de hoy en el blog es una mujer española, o casi española porque nació en Italia, pero se desarrolló como científica en España. Como muestra de lo bien que se adaptó a nuestro país para ser una compatriota más, tan solo voy a poner un dato: su labor y contribución en la ciencia han pasado desapercibidas.
Gabriella nace en Milán el siete de abril de 1930. Sus estudios universitarios en Ciencias Químicas los realiza en la Universidad de Granada, después de doctorarse y realizar una estancia posdoctoral en Holanda se pone a trabajar en el Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC. Se convierte en jefa de la Sección de Estudios Tiroideos en el Instituto Gregorio Marañón con treinta y tres añitos, y con cuarenta y cinco es directora del Instituto de Endocrinología y Metabolismo Gregorio Marañón. También dirige y coordina investigaciones en la Universidad Autónoma de Madrid, preside la Sociedad Española de Endocrinología… etc, etc. Podría seguir enumerando los muchos puestos de responsabilidad y dirección que tuvo, pero me voy a centrar más en explicar en qué consistió su labor científica.  Con cargos o sin ellos, fue una investigadora incansable que estuvo al pie de laboratorio y con la bata puesta hasta los ochenta años.
A Gabriella se la considera la pionera de la endocrinología en España. Su campo de investigación se centró en una glándula que se encuentra en el cuello y que tiene una gran importancia en nuestro desarrollo: la glándula tiroides. Esta glándula tiene una forma peculiar que asemeja a la de una mariposa, se encuentra justo debajo de la nuez y segrega unas hormonas muy importantes para la salud, entre las que se encuentra la tiroxina o T4 (no confundir con la terminal T4 del aeropuerto de Barajas). La tiroxina regula el metabolismo; sin ella, los procesos bioquímicos que se encargan del buen funcionamiento del organismo se ven alterados. Además de ser fundamental en el metabolismo, tiene un papel muy importante en el crecimiento celular, sobre todo en el sistema nervioso.
Si la falta de tiroxina (hipotiroidismo) se da en la edad adulta, aparecen los síntomas asociados a una ralentización del metabolismo: obesidad, falta de concentración, bajas pulsaciones, etc. Pero si el déficit se da en el estado embrionario, las consecuencias son fatales para el feto porque el crecimiento se altera, el cerebro no se desarrolla adecuadamente y el niño nace con graves deficiencias mentales.
Por tanto, un déficit de tiroxina en la infancia va a conllevar un menor desarrollo cerebral y también una menor estatura. Lo de que un niño sea bajito puede tener un pase, a menos que se quiera dedicar al baloncesto, pero que el desarrollo cerebral no sea el adecuado es peligroso (que luego se hacen políticos y así nos va).
Por tanto, los niveles de tiroxina son indicadores de que algo puede no funcionar bien en los niños al nacer. ¿Y de qué depende que haya más o menos tiroxina? Pues del yodo*.
La tiroxina se forma cuando otras moléculas precursoras se unen a átomos de yodo que se encuentran en nuestro organismo y que se obtienen con la ingesta de alimentos (el yodo está presente en la sal marina en grandes cantidades). Si hay falta o déficit de yodo esta hormona no se produce.
El cretinismo o hipotiriodismo congénito (no confundir con el cretinismo de la clase política) es una de las afecciones más graves que pueden aparecer. Esta enfermedad se debe a una deficiencia en la glándula tiroides del feto, pero también puede deberse a un déficit de yodo en la dieta de la madre. Si se detecta precozmente, el tratamiento con hormonas tiroideas exógenas y con dieta rica en yodo se pueden paliar en gran medida los efectos.
Detectar tempranamente este tipo de carencias es fundamental y para eso se hace un test neonatal que se practica a los recién nacidos: la prueba del talón. Esta prueba consiste en obtener unas gotas de sangre del talón del neonato a partir de las 48 horas de nacer. La sangre se recoge en un papel reactivo que detecta niveles anormales de diferentes marcadores indicativos de alteraciones metabólicas entre las que se encuentra el hipotiroidismo congénito.
Bueno, ya hemos hablado de la tiroxina, del hipotiroidismo y sus consecuencias. Ahora volvamos con Gabriella.
Esta científica fue una autoridad mundial en el conocimiento de las consecuencias del déficit de yodo y fue de las primeras en averiguar cómo las hormonas tiroideas eran fundamentales en el funcionamiento del cerebro. Contribuyó con su tesón a implantar la prueba del talón en todos los recién nacidos para detectar precozmente el hipotiroidismo congénito y así tratar a los niños afectados con hormonas tiroideas que les impidieron desarrollar una deficiencia mental profunda. También se implicó en programas sociales preventivos que aportaban suplementos de yodo a las mujeres embarazadas, asegurando de esta manera el buen desarrollo somático y cognitivo del feto. Su implicación fue tan intensa que desde 1990 la Organización Mundial de la Salud recoge en su tabla de derechos el consumo de yodo durante el embarazo y la primera infancia.
La labor de Gabriella fue decisiva para evitar muchas deficiencias mentales, pero a pesar de todo sigue siendo una desconocida para el público en general. Esta excepcional científica nos dejó el cuatro de diciembre de 2017 y su fallecimiento pasó sin pena ni gloria, apenas una breve citación en algún noticiario.
Con esta entrada me gustaría enmendar tamaña injusticia. Va por ti, Gabriella. ¡Muchas gracias!


(*) El hipotiroidismo en adultos puede ser debido a una menor actividad de la glándula tiroides asociada a la edad. En las mujeres puede aparecer ligado a la menopausia.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Esas locas científicas

     Con motivo de la celebración del día internacional de la mujer y la niña en la Ciencia, que será el próximo 11 de febrero, 'Demencia, la madre de la Ciencia' aportará su granito de arena en forma de distintas publicaciones relacionadas con el papel de la mujer en esta materia.
    En la andadura previa a este blog, cuando la demencia científica se publicaba en otra bitácora (Leer, el remedio del alma), la que esto escribe ya se encargaba de incidir en la vida de algunas científicas que nos precedieron a las que hoy queremos serlo. En aquellas biografías solía incidir en los múltiples escollos que debieron sortear aquellas pioneras y cómo sufrieron injusticias de todo calibre por el mero hecho de ser mujeres. 
              Vaya por delante que eso de que haya un día internacional para las mujeres (y las niñas) a mí no me gusta. Lo que a mí me gustaría es que no hiciera falta celebrar o hacer destacar el papel de la mujer en la ciencia (o en cualquier otro campo) porque eso querría decir que las científicas están plenamente integradas como profesionales y que la condición de mujer es algo que no afecta al desarrollo de su labor. 
Aunque muchas cosas han cambiado, aunque nuestra sociedad es mucho más abierta de mente que las de siglos pretéritos, está claro que aún hay mucho camino que recorrer, y de momento parece que tendremos que celebrar el día internacional de la mujer y la niña en la ciencia para destacar la importante labor de las científicas y para que se retiren algunos obstáculos que todavía impiden el libre acceso a algunas áreas de la ciencia.
     Multitud de asociaciones, organismos oficiales y privados, promueven actividades por todo el país para celebrar este día: charlas, talleres, proyección de documentales, exposiciones...
De las muchas iniciativas yo traigo aquí una que me ha resultado sumamente curiosa y original: la creación de un cómic con la adaptación de la obra de teatro "Científicas, pasado, presente y futuro". Os pongo el enlace para que os podáis descargar el cómic y averiguar más sobre esta iniciativa.


    Esperando que llegue el día en que no haga falta promocionar la labor científica femenina porque estén suficientemente aceptadas en todos los ámbitos de la sociedad, incluyo aquí, y para terminar, los enlaces de la vida de algunas de las locas científicas que nos precedieron y que tuvieron su espacio en este laboratorio para dementes. Que sus trayectorias sirvan de ejemplo a las niñas que estén pensando en desarrollar una carrera de ciencias y una guía para las que ya nos hemos sumergido sin remisión en el demente mundo científico. 

Ada Lovelace



Sofia Kovalevsky