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domingo, 11 de febrero de 2024

Chocolate, alimento de dioses.

 

Estamos a las puertas de la Cuaresma y, para los católicos practicantes, se inician unas semanas de ayuno y abstinencia hasta que llegue la Pascua. En este ayuno/abstinencia el miércoles de ceniza y todos los viernes hasta el Viernes Santo incluido no se puede comer carne de mamíferos, pero sí de aves siempre y cuando sean pollo o pavo, porque el pato y el ganso, a pesar de su condición avícola, están prohibidos (he intentado averiguar qué pasa con la gallina, pero no he obtenido conclusiones precisas; cosas del clero que, a mi modo de ver, tiene algo de lío con la clasificación taxonómica de las aves).

En cualquier caso, y sin ningún género de duda, lo que sí se puede comer en Cuaresma es todo tipo de verdura, hortaliza y/o fruta, es decir, productos vegetales. En esta época de contrición cabría esperar, para los practicantes devotos, que la ingesta energética se puede ver seriamente mermada, por no hablar de que tomar legumbres sin nada de chicha es muy sano, pero bastante soso, la verdad.

Bueno, que los penitentes no penen demasiado porque hay un alimento permitido por la Iglesia que puede paliar de manera muy eficaz esa merma energética: el CHOCOLATE.

El chocolate es el alimento resultante de mezclar azúcar con dos productos derivados de la semilla del cacao: la masa de cacao y la manteca de cacao. Según las proporciones de estos derivados y si se añade o no leche y/o frutos secos, se obtienen diferentes tipos de chocolate. Todos muy ricos. Este alimento se puede tomar sólido o semi líquido.

El cacao tiene su origen en Mesoamérica. Los pueblos indígenas de la zona empleaban diferentes preparados en ritos y banquetes. De hecho, la palabra ‘chocolate’ proviene de xocoatl, una palabra náhuatl (idioma de los aztecas). Según la mitología maya, el dios Quetzacoatl regaló un árbol de cacao a los hombres, pero como éste se consideraba un alimento exclusivo de los dioses, sus otros colegas se vengaron asesinando a la esposa del dios dadivoso. El viudo se puso a llorar sobre la tierra regada con la sangre de su cónyuge y brotó un árbol con el mejor cacao del universo: con un fruto amargo como el sufrimiento, fuerte como la virtud y rojo como la sangre de la esposa sacrificada.

Muchos años más tarde, y cuando el chocolate llegó a Europa gracias a los españoles, Linneo, el padre de la taxonomía, le otorgó como nombre científico Theobroma, alimento de los dioses en griego.

Dicen que el primer europeo en probar el chocolate fue Cristóbal Colón cuando contactó con pueblos de la costa en Tierra Firme, pero que su sabor amargo no le resultó agradable. Un melindres ignorante en cuanto a sabores este Colón. Hernán Cortés se encargó de insistir con dicho alimento cuando supo que el emperador Moctezuma bebía varias tazas diarias de este manjar de dioses y que se proporcionaba chocolate a los guerreros antes de entrar en batalla.

El valor nutricional del chocolate es significativo: contiene fósforo, magnesio, hierro, potasio, calcio, zinc, cobre, manganeso, vitaminas A, B1, B2, B3, C, E, cafeína, teobromina y taninos, antioxidantes naturales, mogollón de polifenoles con carácter protector frente a enfermedades degenerativas y algunos tipos de cáncer. En fin, como dirían los pijos de la nutrición, es un súper alimento (que conste que lo de ‘súper alimento’ no me gusta porque ese término es una moda de los gurús nutricionistas). Encima, y por si todo lo citado fuera poco, está rico, rico, rico. 

Pero los polifenoles, que tantos beneficios procuran, son los responsables del sabor amargo que hace que a gente como Colón no les guste. Ellos se lo pierden.

Poco a poco, y a pesar de su sabor amargo, el chocolate fue haciéndose un hueco en la sociedad europea. Fue tanta la afición que se convirtió en motivo de revueltas y hasta de asesinatos.

En el siglo XVII, el canónigo burgalés Bernardino Salazar y Frías la espichó por culpa de este alimento. Cuando se fue a Chiapas a hacerse cargo del obispado tuvo la mala idea de prohibir tomar chocolate en misa. Parece ser que había la costumbre de interrumpir con colaciones chocolateras los oficios religiosos. Como los sermones eran de Padre y Señor mío, las damas católicas tenían a bien llevarse jícaras (los recipientes donde se bebía el chocolate) y darse unos tragos durante las homilías. Al obispo burgalés esto no le parecía de recibo y decidió amenazar con excomulgar a las desvergonzadas que se pusieran a tomar chocolate mientras él sermoneaba a la parroquia. La orden fue muy mal recibida, hubo altercados y protestas ante la catedral. Una de las afectadas decidió ir más allá y pasó a la acción: añadió veneno a la jícara de chocolate que el prelado también se tomaba (en sus ratos libres, no durante la misa). El obispo la cascó y la prohibición se abolió. A aquella revuelta chocolatera se la llamó «el jicarazo».

Ya en el siglo XIX, en cualquier merienda española que se preciara era obligado degustar un buen chocolate con algún tipo de pastas o dulces. En Madrid se rozó (se roza) la perfección añadiendo a tan delicioso manjar otro de los mejores alimentos que se hayan podido concebir: los churros.

Ahora hay países que se vanaglorian de fabricar el mejor chocolate del mundo. Hay cierto pique entre Suiza y Bélgica, incluso Francia también se une a la competición. Yo no me decanto por ningún país porque hasta el chocolate malo está muy bueno.

Dicen que María Antonieta era una adicta al chocolate, igual que Napoleón; éste, parece ser, se llevaba a todas las batallas una tableta. Que digo yo que, lo mismo sus famosos retratos con la mano metida entre los botones del chaleco no es porque le dolía el estómago, como sugieren los entendidos, sino porque tenía ahí guardadas unas onzas para darles un mordisco mientras posaba ante el pintor.

Yo también soy una fanática de este alimento. El efecto relajante desencadenado por el cacao me parece pluscuamperfecto. Cuando el cacao llega al tubo digestivo y se metaboliza el triptófano presente (un aminoácido esencial) éste sintetiza serotonina, un neurotransmisor encargado de proporcionar sensación de relajación y bienestar. En mi caso, yo creo que empiezo a formar serotonina antes de que el triptófano del chocolate llegue a mi boca; puede parecer raro, pero veo una caja de bombones y solo de pensar que me la voy a zampar, ya me siento bien.

Yo no sé si Santa Teresa de Jesús tomaba cacao, pero yo, comiendo chocolate, he creído alguna que otra vez levitar como hacía ella cuando entraba en éxtasis. En mi caso no creo que fuera por intercesión celestial, es más cosa de mis papilas gustativas y de la serotonina sintetizada de manera muy eficaz. O puede que sí sea algo divino, porque cuando me como unos bombones, o un buen chocolate (con churros), me siento como una diosa.

 


 


martes, 19 de diciembre de 2023

Alimentos ecológicos: el timo de la estampita.


 Ahora que mucha población se preocupa tanto por lo que come y, además, está concienciada con la preservación del medio ambiente, ha surgido una pasión por todo lo ecológico.

Ecológico. Bonito término. Suena bien, aunque resulte que muchos no sepan exactamente qué significa, al menos en alimentación porque en la mayoría de los casos se confunden churras con merinas.

Cuando pensamos en «comer ecológico» creemos que comemos más sano. Puede ser, pero… no es oro todo lo que reluce.

De hecho, esa obsesión por los alimentos ecológicos no tiene demasiado fundamento. Lo «natural» frente a lo… ¿sintético? ¿químico? Nadie mejor para hacernos reflexionar sobre estos conceptos que uno de los primeros nutricionistas de nuestro país: el doctor Grande Covián.

«Nada más natural, ecológico y biológico que la bacteria del cólera, y nada más artificial, sintético y químico que el cloro. Pero gracias al agua clorada no morimos de cólera.»

Amén.

De todas formas, en este revoltijo que algunos tienen con los conceptos se asocia «ecológico/orgánico» con «natural» y lo «no ecológico» con «artificial/¿inorgánico?». Según esto, una lechuga no ecológica es de plástico.

Vamos a intentar poner un poco de orden y concierto en este tema definiendo qué es realmente un «producto ecológico» en alimentación.

La producción ecológica (también llamada biológica u orgánica) es un sistema de GESTIÓN Y PRODUCCIÓN agroalimentaria basado en el uso de prácticas agrícolas y ganaderas donde SE REDUCE el impacto medioambiental mediante el uso LIMITADO de sustancias químicas no naturales.

Sin ánimo de quitarle funciones a los señores de la Real Academia de la Lengua Española, voy a aclarar un par de palabras que aparecen en el párrafo anterior: ni reducir, ni limitar es igual que eliminar. Un producto ecológico tiene una serie de normas de PRODUCCIÓN respetuosas con el medio ambiente, y eso está muy bien, pero no necesariamente quiere decir que el producto resultante sea mejor desde un punto de vista nutricional.

Todo eso de que reduce el impacto medioambiental suena también muy bien ¿a que sí? Pues voy a matizar un par de cositas.

La producción ecológica es respetuosa con el medio ambiente porque utiliza sustancias naturales para mejorar el entorno y reducir el riesgo de contaminación en suelo y agua.

Genial, de verdad. En cuanto hemos leído lo de «sustancias naturales» ya nos hemos puesto muy contentos. Ojo, ni es oro todo lo que reluce, ni todo lo natural es sano (para el que todavía no lo tenga claro, que se vuelva a leer la frase de Grande Covián).

Por ejemplo, la piretrinas, un pesticida NATURAL que es muy tóxico. Si acaba en el agua se carga a los peces que beben en el río y puestos a cargarse insectos, para eso es un insecticida, se carga a los malos y a los que no hacen daño a nadie.

Otro ejemplo de sustancia natural muy chunga son los purines. Son residuos orgánicos compuestos mayoritariamente por agua y excrementos animales, que al fermentarse tienen un efecto medioambiental malo, malísimo. Es parecido al estiércol, abono natural donde los haya y también súper contaminante (a pesar de ser natural). Bueno, pues el purín líquido (mezcla de 85% de agua con excrementos y diversos vertidos) se utiliza como fuente renovable de nutrientes utilizada para evitar el uso de fertilizantes minerales nitrogenados, pero cuya producción y transporte requieren mucha energía. Además, para rematar, contamina el agua y los pobres peces que beben en el río lo acaban pagando.

Un informe de la EFSA (Autoridad de Seguridad Alimentaria Europea) del año 2017 reveló que en un muestreo aleatorio se hallaron restos de pesticidas en productos que decían no emplear estas sustancias. Para que te fíes tú de lo ecológico.

Otra idea que se nos queda en la mente cuando pensamos en alimentos ecológicos es que no llevan aditivos. Falso. Sí que llevan, aunque se deben constreñir a una lista concreta que, en el caso de nuestro país, establece la legislación europea. Tienen más limitaciones que un producto no ecológico, pero llevarlos, los llevan. 

Más ideas falsas sobre este tipo de alimentos: son artesanales. Las imágenes de marketing de muchas marcas así nos lo hacen pensar. Un tarro con un trozo de tela tapando la tapa de plástico y con una cuerda, cuanto más áspera, mejor; colores verdes y ocres en el etiquetado que nos recuerdan los bosques en otoño; la foto de una abuelita con un delantal y una cuchara de palo en la mano… Son muchas las maneras de predisponer nuestro cerebro a pensar que aquello que compramos está hecho a mano. Bueno, pues no. Salvo que uno se compre la miel en algún pueblo perdido de la montaña (donde aún no han desaparecido las abejas), lo de «hecho a mano» es una quimera. Grandes industrias alimentarias que producen alimentos ecológicos poseen unas cadenas de envasado y producción que dejan en mantillas a muchas fábricas del sector automovilístico.

También tendemos a pensar que los alimentos ecológicos son más nutritivos/saludables. Pues no necesariamente. Depende del alimento.

Por ejemplo, una vaca que vive suelta en el campo y se alimenta de la hierba que el prado le da, sí puede tener una calidad en la carne que no hay en una vaca estabulada, todo el día encerrada y comiendo de un pesebre. Pero el problema es que esa vaca «libre» no lo está siempre, hay momentos en que se las encierra y comen pienso igual que sus congéneres de granja intensiva.

Caso aparte es el de los cerdos de raza ibérica. Estos por su genética (o sea, la raza) ya tienen una composición cárnica especial y súper saludable. Además, si viven sueltos en la dehesa comiendo bellota, mejor que mejor, aunque algunos pueden comer también pienso, lo que influye en la composición nutricional del jamón y también en el precio.

Más ejemplos: los huevos «ecológicos» son el resultado de las gallinas que viven sueltas en un área más o menos amplia. Generalmente, comen el mismo pienso que las que están encerradas en jaulas, solo que lo tienen que recoger del suelo y no del comedero, pero el alimento suele ser muy similar. El huevo que producen tiene una composición nutricional muy parecida a la de un huevo obtenido en una explotación intensiva, aunque, eso sí, es tres veces más caro porque en la superficie donde se podrían tener cien gallinas solo pueden estar quince. Cuando pagamos esos precios por este tipo de huevos estamos comprando que la gallina es más feliz, algo que también es plausible, pero que nada tiene que ver con nuestra salud.

Ahora que la cesta de la compra está por las nubes quizás es hora de mirar con más detenimiento este tipo de productos: tengamos claro qué estamos comprando.

 




 

 

miércoles, 5 de mayo de 2021

Dieta Raw y Paleodieta: nutrición vintage

 


A lo largo y ancho del mundo de las dietas, uno se puede encontrar de todo, desde dietas basadas en los colores de los alimentos hasta las que te dicen qué comer según la fase lunar. Ninguna de estas dietas tiene evidencia científica, aunque sus creadores y fieles seguidores se empeñen en demostrar lo contrario con argumentos de lo más peregrinos. Dentro de este amplio y variado abanico de ofertas dietéticas algunas se llevan la palma, como las dos que hoy traigo al blog: la dieta raw y la paleodieta.

Estas dietas se basan en la premisa de “cualquier tiempo pasado fue mejor” lo que llevado a la nutrición se traduce en comer como lo hacían nuestros antepasados de hace muchos miles de años. O sea, una forma de alimentarse a lo vintage.

La dieta raw se basa en comer los alimentos crudos (o casi crudos) ―y, por supuesto, sin procesar― en la creencia de que si no se cocinan no pierden sus cualidades nutricionales. Es cierto que las altas temperaturas a las que se someten algunos alimentos al cocinarlos los alteran y en algunos de ellos, además, se forman sustancias perjudiciales. Pero el calentamiento culinario es casi siempre necesario; esa temperatura elevada se carga mogollón de bacterias que si entran en nuestro organismo nos pueden mandar al otro barrio. La temperatura también rompe moléculas complejas de los nutrientes que “enteras” no podríamos digerir ni aprovechar. La carne cruda no solo no es más sana, es que no se aprovecha igual que si se cocina, las proteínas llegan enteritas a nuestro intestino y nosotros no podemos absorberlas igual. Lo mismo ocurre con el almidón y la celulosa de los vegetales, si no se cocinan los eliminamos a través de las heces y hemos perdido el tiempo comiendo cosas que no nos sirven nada más que para masticar y para eso ya tenemos el chicle.

Si nuestros ancestros se alegraron tanto al descubrir cómo hacer fuego no fue por capricho. Ese descubrimiento no solo consiguió que pudieran calentarse en invierno, tener luz por la noche y defenderse de otros depredadores, también les permitió comer mejor y más seguro. Puede decirse que nuestro desarrollo intelectual inició su despegue cuando comenzamos a cocinar ―especialmente la carne―. Este fue un factor determinante en la evolución, de lo contrario no estaríamos aquí ―y Arguiñano tampoco―.

 


La Paleodieta defiende una alimentación similar a la que seguían nuestros ancestros del Paleolítico (periodo histórico que abarca desde hace unos 2,59 millones de años hasta hace unos 12 000 años, milenio arriba, milenio abajo).

Para empezar, no estamos seguros de qué es lo que comía el hombre del Paleolítico. Por fósiles (huesos de mandíbula humana y restos de otros animales y vegetales) encontrados en las cuevas y lugares donde habitaban estos antepasados lejanos podemos hacernos una idea, pero qué comían los paleolíticos a ciencia cierta, no lo sabemos.

Sí se sabe que no conocían ni la agricultura, ni la ganadería ―el que quiera averiguar por qué sabemos eso que se lea los libros de Arsuaga o de algún colega suyo―. Por lo tanto, para comer carne tenían que cazar y para comer frutas, verduras o granos (cereales silvestres) tenían que recoger lo que creciera en las matas, arbustos y árboles de los alrededores.

Evidentemente, los frutos, bayas o lo que fuera que se encontraban no eran ni transgénicos, ni procesados, ni nada por el estilo. Las piezas que se cazaban eran animales salvajes que vivían en libertad y por tanto no se habían “medicado” con ningún producto veterinario, además, ellos, los animales, también tenían que moverse para ganarse el sustento por lo que su carne era mucho más magra y sin apenas grasa (es lo que tiene la libertad, que no se puede vivir de la sopa boba). Visto lo visto, uno podría pensar que esos alimentos eran mucho mejores que los que comemos nosotros ¿no? Si a esto añadimos que el hombre (y la mujer) del Paleolítico se movía mucho (cazar y recolectar implica un ejercicio físico que no se da en los oficinistas ni en la mayoría de los funcionarios), puede parecer que su estatus era muy saludable.

Bueno, puede parecerlo, pero no es así. Un animal salvaje también enferma y sin un control veterinario puede darnos un buen susto (más aún si, encima, te lo comes crudo). Además, a los animales salvajes no les suele gustar que los cacen y, algunos, tienen la mala costumbre de defenderse atacando al cazador y convirtiéndose este en comida para la supuesta presa.

Las bayas y frutos también tenían su riesgo, porque no había transgénicos pero las toxinas que suelen producir algunos frutos silvestres existen desde que el mundo es mundo.

Así que, la vida del Paleolítico no era precisamente idílica. De hecho, estoy segura de que si un hombre de aquella época pudiera viajar en el tiempo y viera a algunos defender ese modo de vida… les abría la cabeza con el hacha de piedra para cazar bisontes.

Cuando se les rebate, los que abogan por la alimentación de aquella época puntualizan y entonces hablan de solo comer y, además, “parecido”, olvidándose de las demás condiciones (ser ensartado por los colmillos de un mamut o de un jabalí, o morir envenenado por un hongo puñetero). Y cuando dicen parecido se refieren a comer carne magra, mucha fruta y verdura, nada de alimentos procesados, y hacer ejercicio diariamente ―a falta de oportunidades para ir a cazar ya que no hay tanto ciervo suelto para toda la población que somos―.

Carne con poca grasa, fruta y verdura, cereales enteros, ejercicio diario… ¿os suena esto? A mí sí. Son los rudimentos de la Dieta Mediterránea, una dieta que empleaban nuestros ancestros más cercanos, o sea, nuestros abuelos. Unos abuelos que, por cierto, cocinaban estupendamente y tenían unas recetas de lo más sabrosas que han perdurado a través del tiempo.

Quienes defienden estas dietas vintage quieren regresar a la alimentación antes del fuego, antes de la ganadería y antes de la agricultura: los tres grandes hitos en la evolución humana, los tres grandes descubrimientos que lo cambiaron todo y nos diferenciaron para siempre del resto de los seres vivos.

Cualquier tiempo pasado no fue mejor y negar las bondades de la evolución es vivir en la ignorancia, o en los árboles, como los antepasados (cercanos) de los involucionistas: los monos.




viernes, 23 de abril de 2021

Gluten: el malo de la película

 

Hace unos días recibí una crítica hacia este blog, vino de parte de una alumna que es seguidora en la sombra (así llamo a los que leen, pero no comentan). El caso es que me dijo que vino hasta aquí pensando que habría publicaciones sobre nutrición ―soy profesora suya de esa asignatura― y resulta que no encontró ni una. Aunque le gustó lo que leyó ―supongo que esto lo dijo para asegurarse mi buena disposición cuando le corrija los exámenes― echó de menos algo sobre dietas, alimentos y suplementos nutricionales; ella buscaba encontrar críticas ácidas de los bulos que se encuentran en internet a cuenta de la alimentación pues es algo con lo que les doy mucha caña a mis alumnos.

Como tenía razón ―no he escrito nada sobre nutrición en este blog― y como rectificar es de sabios, intentaré hacerme sabia incluyendo de vez en cuando publicaciones sobre nutrición ―y dando caña con las barbaridades que por internet circulan, me recordó mi alumna―.

A partir de hoy nace una nueva sección en el blog que se llamará «Vamos a comer bien (y dejarnos de tonterías)». Además, la inauguro con una publicación que supongo sorprenderá a más de uno por lo que voy a “revelar”: el gluten.

¡Vamos allá!

De unos años a esta parte nos hemos acostumbrado a encontrar muchos productos alimenticios con la etiqueta SIN donde, erróneamente, pensamos que aquello que va al lado de la palabra ‘sin’ está ausente en ese producto; sin embargo, lo de «sin» no quiere decir que no tenga nada de lo que ahí se avisa, pero esa es otra historia. El caso es que ya tenemos casi incrustado en el genoma lo de «Sin sal», «Sin azúcar», «Sin lactosa» «Sin gluten». Que te avisen de que un alimento no tiene algo ya implica, subliminalmente, que ese algo es malo, y eso no es del todo cierto. El caso más claro es el gluten, ese enemigo a abatir desde hace unos años al que le hemos cogido mucha tirria y sin estar seguros de por qué.

Para empezar: ¿sabemos qué es el gluten? ¿sabemos en qué alimentos se encuentra?

El gluten es un conjunto de proteínas presentes en casi todos los cereales. Y si digo cereales, es cereales o, lo que es lo mismo: no está en las verduras, ni en las legumbres, ni en la fruta. O sea, si vais al supermercado y os encontráis con tomates, o lechugas, o cualquier otro producto no procesado que no sea o contenga cereal, y en el etiquetado pone «Sin gluten» os están dando una información que no sirve para nada porque esos alimentos no tienen gluten nunca, lo ponga o no lo ponga el envoltorio.

Como decía, el gluten se encuentra en casi todos los cereales, aunque en algunos más que en otros, pero hay dos excepciones: el arroz y el maíz (bueno, y además el mijo y la quinoa, si somos aficionados a la alimentación internacional y/o pija). Este conjunto de proteínas da unas características especiales al cereal, sobre todo al trigo pues en el gluten radica la llamada calidad panaria. Cuando nos comemos un trozo de pan esponjoso, con una corteza crujiente y con una textura suave es gracias al gluten que forma una especie de red o entramado en la masa y atrapa los gases producidos por la fermentación de la levadura, produciendo esa miga esponjosa y tan rica.

Pero el gluten no es tolerado por toda la población. Determinadas personas reaccionan ante estas proteínas de manera indeseable, generando anticuerpos que desencadenan una reacción inflamatoria provocando síntomas que van desde distensión abdominal (la tripa se te hincha como un globo), hasta diarrea (te vas por la pata abajo) pasando por vómitos, incluso decaimiento y depresión. A estas personas que son alérgicas al gluten se les llama celiacos.

Evidentemente los celiacos deben eliminar el gluten de su dieta, pero… ¿y los no celiacos, deberían dejar de tomar gluten? La respuesta es ¡NO!

Alguno pensará que, aunque no se sea celiaco, si no se ingiere en la dieta ese elemento tan perturbador como es el gluten será mejor de todas maneras. Pues quien así piensa se equivoca de medio a medio ya que una dieta sin gluten tiene sus inconvenientes.

Estudios con evidencia científica han revelado que los celiacos presentan más riesgo de obesidad, tienen niveles más altos de colesterol y de triglicéridos ―marcadores importantes para avisarte de un fallo cardiaco―. Y todo esto ¿por qué? POR TENER UNA DIETA LIBRE DE GLUTEN.

Los alimentos libres de gluten sufren un procesado el cual lleva implícito cambios en su composición. Si alteramos la composición de un alimento lo estamos procesando, y ya sabemos todos, sobre todo los agonías de la alimentación “saludable”, lo malos, malísimos que son los alimentos procesados. Resulta irónico que quienes optan por alimentos sin gluten, sin ser celiacos, argumenten que se interesan por una alimentación sana y recurran a alimentos procesados, uno de los símbolos de la alimentación poco adecuada.

En dicho procesado se suelen aumentar las grasas, sobre todo las saturadas (de ahí que el colesterol y los triglicéridos se vengan arriba en las analíticas). Este tipo de alimentos, y me refiero especialmente al pan sin gluten, suelen ser más ricos en hidratos de carbono para dar palatabilidad  porque si no aquello no hay quien se lo coma de lo malo que está; este nivel más alto en hidratos de carbono, además de que sube la glucosa, junto con el aumento de grasa, favorece la ganancia de peso porque los alimentos sin gluten aportan mucha más energía que los “normales”.

Por si no fuera poco, añadiré que las dietas libres de gluten son pobres en calcio, hierro y fibra. No me voy a extender sobre los motivos, pero así es.

En resumidas cuentas, el consumo de estos productos alimenticios “saludables” libres de gluten te abocan a que si te haces una analítica suspendas en glucemia, colesterol y algún marcador más.

Así que el que se piensa que una dieta sin gluten es más saludable se está colando. Al que haya tenido la mala suerte de padecer celiaquía no le queda más remedio que recurrir a ese tipo de dieta ―está en juego la integridad de su intestino―, pero los que tenemos la fortuna de no padecerla, demos gracias a los dioses y alegrémonos de poder comer pan de trigo rico, rico, rico. Amén.