martes, 19 de mayo de 2026

PANZERSCHOKOLADE, un «chocolate» especial.

 



 Quienes por aquí pasáis a menudo sabéis de mi amor por el chocolate, en varias ocasiones he puesto de manifiesto lo fan que soy del cacao, ese alimento de dioses que podemos disfrutar los mortales (Chocolate, alimento de dioses).

Además de estar muy rico, el cacao es un estimulante natural muy potente: activa el sistema nervioso central (SNC para los amigos de abreviar), mejora la concentración, la memoria y el rendimiento deportivo, eleva el estado de ánimo y reduce el estrés. Sus efectos son una combinación de química y deleite sensorial (que también es química). La teobromina es la principal responsable de estos efectos, pero hay otras sustancias que la ayudan como la feniletilamina y la (poca) cafeína. Así que el chocolate se puede considerar un alimento estimulante (y muy rico).

Los guerreros aztecas tomaban jícaras de chocolate antes de entrar en combate, lo que da muestras de que este alimento algo puede aportar en situaciones bélicas.

Durante la Segunda Guerra Mundial entre los fanáticos del chocolate se encontraba la población alemana incluyendo los soldados, aunque en esta ocasión no todo era responsabilidad de la teobromina y sus colegas presentes en el cacao de forma natural.

El panzerschokolade (chocolate para tanquistas en alemán) fue un producto que se distribuyó entre la tropa alemana (tanto entre los que conducían tanques como entre los que no). La verdad es que de chocolate tenía poco, más bien nada. Estas tabletas fueron muy apreciadas por la soldadesca germana pero en lugar de cacao había otra sustancia: anfetaminas.

Detrás de esta iniciativa se hallaba la estrategia militar alemana. Tanto país como quería invadir Hitler suponía aplicar la blitzkrieg o, para que se entienda mejor, la guerra relámpago. Esto no era nada nuevo, un militar chino, allá por el sigo VI a.C. ya había dicho que «la velocidad es la esencia de la guerra». Esta estrategia bélica de darse prisa consistía en avanzar rápidamente para pillar al enemigo con la guardia baja y quedarse con el territorio. Que las máquinas avanzaran rápidamente por esos países a invadir era relativamente fácil, el problema radicaba en que las máquinas debían ser manejadas por seres humanos que, debido a su fisiología, necesitaban dormir y descansar. Este problemilla daba al traste con la blitzkrieg y la cosa ya no era tan rápida como el führer quería y deseaba.

Ante este dilema los médicos alemanes se pusieron a la tarea. ¿Cómo hacer que un ser humano no necesite tantas horas de sueño? Pues con un estimulante. ¿Cafeína? ¿Cocaína? No. Mejor probar con unas sustancias relativamente nuevas (ya se conocían en el siglo XIX, pero no estaban trabajadas): las anfetaminas.

A todos nos suena el nombre, pero ¿qué son realmente las anfetaminas? Estas sustancias son un conjunto de moléculas derivadas de la feniletilamina (uno de los compuestos del cacao, mira tú por dónde); son potentes estimulantes del SNC porque actúan sobre los neurotransmisores naturales, pero a lo bestia. El ser humano produce sus propios estimulantes como la dopamina, pero las anfetas mejoran este efecto liberando más cantidad y así potenciar el resultado vigorizante.

Alemania ya andaba detrás de estas sustancias antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, algunos atletas hicieron trampas metiéndose para el cuerpo benzedrina, una anfetamina diseñada en EE. UU. cuatro años antes. En 1937, el químico teutón Fritz Hauschild sintetizó la metanfetamina y la patentó con el nombre de Pervitin. Este nuevo derivado se reveló como un potente estimulante del SNC al provocar la secreción de grandes cantidades de dopamina por parte del individuo que lo tomaba generando una sensación de euforia extrema e insomnio; justo lo que buscaba Hitler. La euforia le venía bien para que los soldados tuvieran coraje a la hora de invadir y el insomnio le venía de perlas para que invadieran sin parar. Pero la metanfetamina también tenía otro efecto, este nada deseado por Hitler ni por nadie: una elevada dependencia.

Con este nuevo producto los nazis se dispusieron a repartir el recién patentado Pervitin a todo quisqui en la wehrmacht (fuerzas armadas nazis). Los soldados aceptaron este nuevo «tratamiento» con mucho gusto y a las tabletas que les suministraban las empezaron a llamar el chocolate de combate. Así nació el panzerschokolade.

Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica y Francia cayeron como moscas ante el imparable avance de las tropas alemanas que, eufóricas de tanto Pervitin, no se detenían ni de noche ni de día porque no necesitaban dormir. En las Ardenas, donde los británicos estaban atrincherados porque el terreno era intransitable, los germanos avanzaron por ese terreno abrupto como si de una autopista se tratara. Mientras los franceses se dedicaban a comer fondue de queso, los alemanes les ocuparon casi todo el país porque ellos se dedicaron a la ingesta de panzerschokolade. ¡Qué listos! ¡Y qué tramposos!

Sin embargo, los alemanes no tuvieron en cuenta la otra cara de la moneda: la dependencia.

El chocolate es de por sí adictivo por sus características sensoriales, pero la metanfetamina es una bomba de relojería que te puede estallar en las manos, como así ocurrió en las filas germanas.

Al poco de tanta invasión exitosa se empezaron a reportar casos de muertes fulminantes por problemas cardiacos en los soldados más veteranos, es decir, más mayores, especialmente en aquellos que además de tomar panzerschokolade eran aficionados a empinar el codo. La combinación de alcohol y anfetaminas es letal por necesidad.

Por otra parte, los militares exigían cada día más cantidad de «chocolate» porque la dependencia estaba haciendo mella. ¿Qué estaba ocurriendo?

La metanfetamina provoca la liberación de cantidades elevadas de dopamina (nuestro estimulante natural); ante esta situación el organismo se defiende con mecanismos homeostáticos (capacidad de los seres vivos para compensar situaciones desequilibradas) y reduce el número de receptores de dopamina bloqueándolos, esto, a su vez, provoca que el dueño del organismo necesite más cantidad de anfeta para que supla este «defecto» y conseguir el mismo resultado que al inicio del proceso, entrando en una espiral de ansiedad y angustia. La menor respuesta al fármaco se traduce en temblores y nerviosismo. Lo que al principio es placer y euforia se acaba convirtiendo en un auténtico infierno.

Además, la falta de sueño (sea artificial o natural) provoca desgaste neurológico que, con el paso del tiempo deja al susodicho hecho unos zorros.

Ante esta situación tan calamitosa los galenos del Reich decidieron que el Pervitin se dispensara mediante prescripción médica por lo que los facultativos del frente acabaron con tendinitis en las manos de tanta receta que tuvieron que firmar.

A pesar de la caterva de drogodependientes que se había generado entre las filas alemanas los altos mandos militares no frenaron la distribución de Pervitin durante todo el conflicto bélico. De poco les sirvió porque, como todos ya sabemos, perdieron la guerra.

Tras la finalización del conflicto bélico las existencias de metanfetamina pasaron a formar parte del mercado negro, siendo la única salida para muchos de esos soldados que, tras el consumo prolongado de esta droga sufrían depresión, fatiga y brotes psicóticos. Se convirtieron, una vez más, en carne de cañón, ya que, al escarnio de sufrir una derrota, tuvieron que añadir una dependencia que los marcaría para el resto de sus vidas.

Por lo tanto, mejor tomar chocolate del de verdad. La euforia y el placer que provocan no ayuda a invadir países, ni falta que hace.