domingo, 28 de junio de 2020

Covid-19: pinto, pinto, gorgorito


En esta vorágine por saber y averiguar más sobre el SARS-Cov-19, más conocido como el puñetero coronavirus, hay algunas informaciones que, como poco, son algo tendenciosas y bastante confusas. El afán por ser el primero en colgarse la medalla de dar con un fármaco que cure o que prevenga la infección ha hecho que algunos interpreten los datos que obtienen de cualquier manera para llegar a conclusiones con poca base científica y que se sujetan con alfileres, es decir, no tienen demasiada consistencia (o lo que es lo mismo: no tienen chicha).
Aquí voy a exponer tres de esas tendencias o posibles terapias o… lo que sea que vayan a ser, y que a mí no me convencen porque tan solo están basadas en estadísticas que yo dudo mucho estén bien hechas. Además, la estadística es una de las disciplinas en las que es más fácil obtener lo que uno busca si sabe manejar los números a su antojo.
Empecemos con estas tres teorías a las que me he permitido el lujo de poner nombre y todo (hoy me encontraba especialmente creativa).

TEORÍA 1. Frente al coronavirus: si eres calvo, se te ha caído el pelo.
Desde hace meses ya se está diciendo que la Covid-19 afecta más a los hombres que a las mujeres. Es cuestión de números: hay más varones que féminas infectados. Como, más o menos, la población en cuanto a sexos está repartida equitativamente, esto va a misa.
Ahora resulta que “expertos” (dermatólogos especialistas en tricología, o sea, en pelo (del tipo que sea) y cabello) creen que los varones que padecen alopecia androgénica (la calvicie asociada a un exceso de andrógenos) son los más propensos a pillar el virus y pasarlo peor. Esta teoría se basa en los números de las estadísticas que dicen que entre los infectados hay muchos calvos.
Antes de seguir, pongamos claro un concepto. Entre los que en algún momento de nuestras vidas hemos tenido que enfrentarnos a la estadística hay una máxima que debemos tener muy presente: correlación no implica causalidad. En castellano llano: el que dos variables estén relacionadas (en este caso, calvo y coger el virus), no implica necesariamente que una de esas variables sea la causa que provoque la otra (en este caso, coger el virus por ser calvo).
Además, en este tema en concreto, dado que partimos de la base de que los hombres pillan el virus más que las mujeres, que cuanta más edad se tiene, más susceptibilidad hay de pillarlo y que a partir de los cincuenta años la mayoría de los hombres pierden considerablemente el pelo… entre los infectados varones la mayoría son calvos. La correlación calvicie-coronavirus está justificada, pero no tiene nada que ver con que la calvicie sea la causante, al menos de momento. Otra cosa es que se empiece a mirar si el gen que determina la calvicie, o los niveles de andrógenos que la provocan, tienen algo que ver a la hora de que el virus se una a las células o que desencadene una respuesta más agresiva, eso sería otro cantar, pero de momento los números de las estadísticas no son concluyentes.

TEORIA 2. Dime de qué grupo sanguíneo presumes y te diré de qué te libras.
Otra información que nos da la estadística de la Covid-19 es que hay mayor incidencia de infección, y también de consecuencias graves, entre los individuos que tienen grupo sanguíneo A mientras que, por el contrario, los que tienen grupo sanguíneo 0 presentan una menor tasa de contagio. Algunos científicos, en este caso chinos, se han lanzado a la piscina y ya dicen que los del grupo 0 están protegidos, ¿cómo y por qué? ni idea, pero las estadísticas están ahí, así que algo tendrá que ver.
Una vez más yo recurro a esa frase que se nos graba a fuego a los que manejamos estadísticas para que no se nos cuele ningún error: correlación no implica causalidad.
He intentado averiguar algo más de cómo se han hecho esas estadísticas y cómo se han manejado algunos parámetros, pero no he tenido mucho éxito. La cosa está poco clara, algo que, viniendo de China y visto lo visto, tampoco debería sorprendernos. A mí me gustaría saber si se ha tenido en cuenta que el grupo sanguíneo mayoritario en la población (me refiero englobando a todos los grupos raciales del planeta) es el A y, por el contrario, el grupo 0 es el que menos gente tiene. Por tanto, si hay más personas con el grupo A, lo normal es que haya más infectados con este grupo que con el 0, que son menos. Es de cajón y de primero de matemáticas.

TEORÍA 3. Melatonina, la hormona prodigiosa.
Vamos con la tercera teoría, y que conste que a mí esta me parece algo más seria que las dos anteriores.
Se está hablando entre los virólogos y otra gente extraña que la melatonina podría proteger frente al coronavirus. Además, este conjunto de personas raras lo avisa con titulares de lo más grandilocuentes: La melatonina, guardián del cerebro frente al coronavirus (este titular se pudo leer en una web bastante rigurosa de divulgación científica).
A estas alturas se ha visto con claridad que entre los múltiples efectos devastadores del coronavirus se encuentra un importante daño en el sistema nervioso. El síntoma de perder el olfato que tanto ha alucinado a propios y extraños es una consecuencia de que el virus llega hasta el nervio olfativo y lo afecta. Se ha constatado, sin ningún género de dudas, que la Covid-19 provoca trastornos neurológicos.
Bueno, pues resulta que la melatonina podría servir para proteger nuestro sistema nervioso.
Pero ¿qué es la melatonina?
La melatonina es una hormona que tienen muchos seres vivos, entre los que estamos los humanos. Regula un montón de procesos fisiológicos, pero el más conocido, y por el que se la echa de menos cuando tenemos poca, es el de regular el sueño.
Esta hormona disminuye sensiblemente con la edad, por eso los ancianos, y los no tan ancianos, suelen dormir poco, o menos que los jóvenes. Que el coronavirus afecte a los más ancianos y que estos tengan menos melatonina ha despertado el interés de algunos científicos, pero yo, que soy muy pesada, sigo con mi cantinela: correlación no implica causalidad.
Sin embargo, en esta teoría hay elementos que le dan visos de poder ser real. Hay estudios que avalan que la melatonina regula la actividad de un tipo de linfocitos (células del sistema inmune) y, por tanto, podría evitar la llegada del coronavirus al sistema nervioso. Esta hormona, además, se pasea libremente por el cerebro (por un tema de permeabilidad al traspasar la barrera hematoencefálica, es decir, pasa de sangre a encéfalo con facilidad), y ahí, en el cerebro, ejerce una actividad antiinflamatoria y antioxidante que es bienvenida cuando el virus está puteando porque este inflama y oxida mogollón.
Además de la correlación niveles de melatonina-edad y susceptibilidad para agarrar el virus, la explicación a nivel de receptores de membrana que sustentan la actividad protectora de la melatonina podría poner en la lista de creíbles a esta teoría.

Hay más teorías circulando por ahí sin demasiada base científica. Yo creo que son fruto del agobio por la pandemia y por el bombardeo de datos que se obtienen y que hacen que algunos científicos se vengan arriba y se pongan a especular sin mucho rigor. La poca fiabilidad de estas teorías a mí me da, además de inseguridad, la sensación de que se está echando a suertes a ver a quién le toca pillar el virus, una probabilidad que se rige por el sistema del pinto, pinto, gorgorito.
En cualquier caso, la experiencia y el paso del tiempo irán aportando más datos y más informaciones, y esperemos que sean rigurosas y bien sustentadas, porque a la luz de esto que acabo de contar yo podría sacar conclusiones erróneas. Resulta que una servidora tiene grupo sanguíneo 0, duermo como un lirón (lo que se supone implica que tengo niveles de melatonina elevados), soy mujer y no estoy calva. Según lo que acabo de contar más arriba yo no tengo muchas probabilidades de agarrar el virus, pero como yo no me fío ni de mi sombra y mucho menos de este virus del demonio, seguiré lavándome las manos con asiduidad, respetando las distancias y protegiendo a los demás y a mí misma.
Más vale prevenir que curar (el coronavirus). A cuidarse toca.

P.D. Por si alguno está pensando en tomar suplementos de melatonina, que los hay en las farmacias, que tenga mucho cuidado, si el organismo ve que tiene melatonina deja de sintetizarla. El problema de esta sustancia es que crea dependencia a largo plazo (si uno pierde/disminuye la capacidad de producir melatonina dependerá de la administración externa). Está indicada en tratamientos puntuales y mientras el problema base que provoca los descensos de esta hormona se corrige.



viernes, 5 de junio de 2020

Covid-19: antología de disparates


El virus de la Covid-19 tiene múltiples maneras de hacer daño en el organismo, y también son muchos los síntomas que manifiesta. De todas formas, hay un síntoma, o quizás un daño orgánico (no lo tengo claro), que no se está valorando en el estudio de este coronavirus tan puñetero, y es que no he oído a nadie entendido en el tema afirmando que el virus ataca el entendimiento y el sentido común, y algo debe de hacer a ese nivel porque todo lo que viene a continuación no tendría explicación en una mente sana.
Son muchos los disparates que se han dicho a cuenta del coronavirus, sería imposible ponerlos todos, así que he hecho una pequeña selección.
Muchos de esos dislates han venido de los políticos, pero en esos casos puede que no todo sea culpa del virus porque la mayoría de esos tipos ya eran unos tarados antes de la pandemia.
Trump es uno de esos políticos. Este señor es un crack lanzando perlas de todo tipo y sobre cualquier tema y, claro, con el coronavirus pues no iba a ser menos. Cuando los científicos aún no lo tenían muy claro y estaban evaluando la eficacia de la cloroquina en el tratamiento de la Covid-19, él se lanzó a la piscina y proclamó a los cuatro vientos que era el fármaco milagroso que curaba la infección. El efecto inmediato fue que la medicina, que se dispensaba en las farmacias para tratar enfermedades de tipo reumatoide, se acabó en cuestión de horas y quienes se quedaron sin sus comprimidos de cloroquina acudieron a otros productos donde aparecían derivados de esta sustancia, como un líquido para desinfectar piscinas que un matrimonio decidió beberse como si de un jarabe se tratara (uno de ellos falleció y el otro ingresó en la UCI con lesiones graves).
Pero lo mejor estaba por llegar. El día que, en una rueda de prensa, sugirió inyectar desinfectante a los enfermos o introducir en su interior luz ya que la radiación ultravioleta servía para acabar con el virus… aquello fue la repanocha. Recuerdo la cara de una de sus asesoras científicas que estaba con él en aquella rueda de prensa y a la que miró buscando aprobación a su genial idea. La pobre mujer no sabía dónde meterse. De aquella ocurrencia hubo que lamentar más de doscientos estadounidenses intoxicados por ingerir lejía en sus casas.
En nuestro suelo patrio también tenemos unos cuantos dirigentes que se han cubierto de gloria opinando con este virus. La presidenta de la Comunidad de Madrid llegó a decir que la enfermedad apareció en diciembre (cosa que es cierta) porque la ‘d’ de Covid-19 es por ‘diciembre’ (cosa que no es cierta porque esa ‘d’ es por ‘disease’, enfermedad en inglés). Otra de las perlas de esta señora fue cuando dijo que se veía venir lo que iba a pasar porque el virus venía de China y, cito textualmente, «no tenemos una sola goma del pelo que no sea Made in China». Desde que dijo eso, no he vuelto a hacerme una coleta no vaya a ser que me contagie por peinarme así.
Pero dejemos a los políticos porque, como ya he comentado, que digan tonterías es algo habitual y en este caso no iba a ser diferente, así que no tiene mérito.
Al inicio de la pandemia, y cuando todos estábamos más perdidos que un pulpo en un garaje, empezaron a circular consejos por las redes sociales para afrontar lo que se nos venía encima. Ante la duda que se nos planteó a todos de si estaríamos infectados o no, y ante la escasez de pruebas para diagnosticarnos, hubo gente (no sé si con buena o mala intención) que nos sugirió algunos métodos de andar por casa.
Uno de ellos consistía en aguantar la respiración diez segundos: si lo hacías sin problemas no tenías el virus, si no conseguías estar ese tiempo sin respirar, entonces sí. Cuando me enteré de este método tan simple para detectar neumonías yo me dije: «Y los idiotas que gestionan los hospitales gastándose fortunas en espirómetros y aparatos de rayos X para ver los pulmones. Qué despilfarro más tonto».
De todas formas, y sin dar ningún tipo de validez a este método, hay que puntualizar que una de las pruebas que hacían los chinos cuando seguían la evolución de los dados de alta tras pasar la enfermedad y estaban bajo observación en los lugares donde estaban confinados, consistía en obligarles a hacer una especie de aerobic muy flojito para, después de esos minutos de baile-ejercicio, preguntarles si habían conseguido ejecutar el ejercicio por completo o habían tenido que abandonar por quedarse sin resuello. A los que decían que no habían podido terminar el ejercicio, se los llevaban de nuevo al hospital (supongo que ahí ya les harían la placa de tórax pertinente).
Otra idea de bombero que circuló por algunos sitios fue la de darle la vuelta a la mascarilla quirúrgica para así convertirla en protectora para el que la lleva y no para proteger al prójimo. El razonamiento se basaba en que si ese tipo de mascarillas evita que nuestra saliva y otras secreciones naso-bucales puedan infectar al vecino de al lado, pero no impide que las del vecino nos infecten a nosotros, si le damos la vuelta, será al revés. El razonamiento es totalmente erróneo porque el entramado del material de esas mascarillas no evita que pase el virus (muchísimo más pequeño y que puede filtrarse entre los huecos de la tela), ni en un sentido ni en otro. Lo que evita es que nuestras gotas de saliva (donde «viaja» el virus) no lleguen tan lejos como lo harían si no lleváramos nada, algo que protege al posible receptor de nuestras secreciones. Si queremos estar protegidos es necesario que el vecino se ponga su propia mascarilla y ya está, todos felices y contentos.
Entre las barbaridades que se están difundiendo a cuenta de la pandemia, hay algunas que pueden ser muy peligrosas (y si no que se lo pregunten a los que se metieron un lingotazo de lejía en EEUU). En algunos locales, y para dar una sensación de seguridad a los clientes, se han instalado en las entradas unos arcos que liberan al paso de la persona que va a acceder al establecimiento, ozono y radiación ultravioleta.
Vamos a ver, bajo ningún concepto se puede fumigar a las personas. El ozono es un potente oxidante que se carga, entre otras cosas, las membranas de las células; en el caso de los virus, rompe esa cubierta lipídica que lo recubre y así el virus queda inactivo. Algo parecido pasa con la luz ultravioleta. El problema es que ni el ozono ni la luz ultravioleta saben distinguir si las membranas pertenecen a virus o a las células de las personas, con lo que esos productos son súper peligrosos y pueden provocar graves daños.
En otros casos, los remedios disparatados solo buscan timar al consumidor, algo que está muy feo, aunque no sea peligroso para la salud. Cierta empresa española está publicitando unos colchones que eliminan el coronavirus en cuestión de horas. Para impactar más, añaden que sus fibras contienen nanopartículas de plata y que su eficacia está certificada por el Instituto Europeo de Calidad del Sueño. Con estos datos cualquiera daría una pequeña fortuna, que es lo que cuestan, por hacerse con uno de esos colchones. Cuando yo me enteré de esto me dije «Caray, pues en los hospitales se van a ahorrar un tiempo precioso en desinfectar habitaciones. Además, que de ahora en adelante hagan todos los EPIs con nanopartículas de plata y se soluciona el problema de reemplazar los equipos.»
Pero, si uno rasca un poco, se encuentra con la dura realidad. Para empezar, el instituto que certifica el colchón resulta que se montó con el capital de un grupo dedicado a fabricar colchones y no tiene ninguna acreditación oficial. De hecho, no hay un solo estudio científico que avale la supuesta acción antivírica del colchón de marras. O sea, que el certificado que acompaña al colchón vale lo mismo que un billete de dos euros, y eso de que elimina el virus en unas horas… nasti de plasti.
Otro de los remedios milagrosos que circulan por ahí es una sustancia que si se extiende por una superficie supuestamente contaminada, al pasar un haz de luz emite un color que avisa de la presencia del Covid-19. Algo así como lo que estamos acostumbrados a ver en las películas policíacas para ver rastros de sangre o restos biológicos: se pasa una torunda con luminol y luego una lámpara de luz ultravioleta nos avisa si hay o no sangre. En medios serios dicen que la cosa es verdad, pero a mí no me cuadran los datos porque aún se sigue empleando la PCR incluso para detectar presencia del virus en superficies, así que creo que esto está (puede que de momento) en el apartado de la ciencia ficción, aunque en ciencia, la palabra imposible se utiliza más bien poco.
En fin, olvidemos a tanto iluminado, famoso o desconocido, porque con este tipo de ocurrencias está claro que si no tenemos cuidado y nos dejamos llevar por las recomendaciones de estos cantamañanas, es peor el remedio que la enfermedad.



jueves, 28 de mayo de 2020

Expedición Balmis: cuando la filantropía salva vidas


Quizás lo que voy a contar a continuación les suene a muchos porque hay varias novelas y películas sobre el tema, pero una servidora fue conocedora de los detalles hace bien poco (consecuencias de no estar al tanto de todo lo que se publica en España y de ser una inculta en materia cinematográfica). No obstante, se conozca o no lo que voy a contar, creo que es preceptivo recordar y/o volver a saber sobre el doctor Balmis y su expedición porque lo que hizo (él y sus colaboradores) es una de esas cosas que nos reconcilian con el género humano.
La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna o Expedición Balmis (en honor a su director) tuvo lugar entre 1803 y 1806; su objetivo era llevar la vacuna de la viruela hasta el último rincón de lo que por aquella época era el imperio español. Se la considera la primera expedición sanitaria internacional de la historia.
Antes de contar las peculiaridades de esta expedición y su periplo, pongámonos en contexto.
La enfermedad de la viruela causaba alta mortandad entre la población. Cada cierto tiempo se desataba una epidemia y se llevaba por delante a un montón de gente. A finales del siglo XVIII, un tal Edward Jenner vino a aliviar el asunto cuando descubrió la vacuna. Ya hablé de este hito histórico en el blog con la entrada “Blossom, la vaca que salvó vidas” (si queréis recordar pinchad AQUÍ): esta vacuna consistía, a grandes rasgos, en obtener el virus de la viruela de las vacas (menos dañino que el que afectaba a los humanos) e inocularlo en las personas; estas desarrollaban la enfermedad con síntomas muy leves y obtenían además inmunidad para el virus de los humanos que era el chungo y el que se cargaba a la población.
Cuando el descubrimiento de Jenner se hizo público y trascendió, el rey de las Españas, Carlos IV, decidió repartir la vacuna a todo el reino (que incluía mogollón de territorio porque América era casi enterita parte de ese reino). Dicen que este rey estaba muy sensibilizado con el tema de la viruela porque él mismo perdió a una hija, de tres añitos, por esta enfermedad, otros dicen que la sensibilización le venía de ver perder demasiados súbditos por culpa de la viruela y que, al espicharla, dejaban de colaborar en forma de trabajo y de impuestos para el glorioso imperio.
Sea como fuere, este señor decidió organizar una expedición con el fin de llevar la vacuna. En realidad, la idea se la dio su médico personal, Francisco Javier de Balmis y Berenguer, un alicantino nacido en 1753 y que se hizo militar y cirujano para ir primero a ultramar (Cuba y México) a ejercer la profesión de médico curando enfermedades venéreas y luego regresar a la madre patria para convertirse en médico de la corte.
Carlos IV se deja convencer por Balmis y paga con fondos públicos la expedición para vacunar a la población infantil principalmente por ser la más propicia a no haber pasado la enfermedad (aún no se conocían los test serológicos, de hecho, ni se sabía que existían los anticuerpos) y por tanto la más necesitada de la profilaxis. Yo tenía a Carlos IV por un idiota nefasto (por largarse en cuanto le vio las orejas a Napoleón y por engendrar a Fernando VII), pero se ve que todos tenemos nuestra redención de una manera u otra y esta expedición fue la de aquel rey.
El objetivo de la expedición ya es algo peculiar, no era habitual gastar dinero en prevenir enfermedades entre toda la población (aunque fuera para evitar otros males de tipo tributario), pero esta, además, tuvo otra particularidad.
Por los inicios del siglo XIX no existían las neveras, cuando uno quería conservar algo se dedicaba a meterlo en algo frío, o sea, nieve y conseguirla no era fácil a no ser que se viviera en Groenlandia o en las cercanías. Además, esta nieve tenía una caducidad más o menos breve dependiendo del clima (en los veranos de Madrid, unos segundos). Así que conservar muestras vivas, o parecidas como son los virus de la viruela vacuna, era complicado. Si el virus se metía en una rama de algodón, se guardaba en una placa de vidrio y se sellaba con cera, parece que aguantaba activo unos diez días. Este era el método para llevar la vacuna (recordad, el virus vacuno) de una ciudad a otra si la distancia a recorrer no llevaba más tiempo de esos diez días.
Pero ya se ha comentado que el imperio español tenía un vasto territorio y llegar hasta algunos sitios llevaba mucho más de diez días. De hecho, ir de España a América se tardaba unos dos o tres meses (dependiendo de las borrascas, las olas y demás problemillas que uno se puede encontrar en alta mar). Así que lo de sellar un tubo con cera pues como que no iba a servir de nada.
Balmis ideó otra forma de transportar el virus: dentro de un ser vivo, concretamente un niño, o sería más correcto decir, varios niños. La idea consistía en inocular el virus de la vaca en dos niños para luego aislarlos, cuando a los diez días, aproximadamente, desarrollaran la enfermedad (recordad, atenuada) y tuvieran las pústulas características se les extraería de ahí el líquido que se inocularía a los dos niños siguientes y así sucesivamente hasta que llegaran a costas americanas donde los siguientes a inocular serían los propios habitantes de la zona.
Antes de salir ya hubo que bregar con el primer problema: reclutar a los niños. Se ofreció darles manutención (faltaría más) y formación para que pudieran ejercer un oficio cualificado. Pero los padres de las criaturitas no las tenían todas consigo, porque el viaje en sí ya era arriesgado, pero si encima les pinchan algo que provoca una enfermedad… pues como que no. Ante la reticencia paternal de la población infantil, se tomó una decisión firme: reclutar niños de los orfanatos, ahí no habría padres que protestaran ni dudaran. Entre los 22 niños elegidos se encontraban huérfanos de Madrid, La Coruña y Santiago. Entre el personal sanitario se encontraba el propio Balmis, dos médicos ayudantes, dos practicantes, tres enfermeras y la directora (y también enfermera) de uno de los orfanatos donantes de niños, Isabel Zendal Gómez, de la que volveré a hablar más adelante.
La expedición zarpó del puerto de La Coruña en noviembre de 1803 a bordo del navío María Pita. La primera parada fue en las islas Canarias, allí se hicieron las primeras vacunaciones masivas. La siguiente parada fue en Puerto Rico, y allí los expedicionarios se llevaron una buena sorpresa pues comprobaron que la vacuna ya era conocida, la habían obtenido de la vecina colonia danesa de Santo Tomás y mediante contrabando (estaba prohibido mercadear con los extranjeros que puteaban al imperio español). Algo parecido les pasó cuando llegaron a La Habana, allí había sido otro médico, Tomás Romay, un criollo nacido en Cuba, el encargado de conseguir la vacuna por medios poco claros. Esto se repitió en otros destinos de la ruta expedicionaria, y creo necesario puntualizar que la obtención de la vacuna extraoficial (de contrabando, de extranjis, o como se le quiera llamar) conllevaba que aquello no era legal y eso implicaba que se aplicaban precios abusivos y solo asequibles para las clases altas. Además, y esto es otra particularidad de la expedición, entre los objetivos no estaba solo vacunar a la población sino asegurar la conservación de la vacuna en cada zona para que se difundiera por más territorios de a los que llegaron los expedicionarios, esto se consiguió con la implementación de las Juntas de Vacuna, organismos encargados de mantener el virus vacuno fresco y disponible.
Cuando Balmis y compañía llegaron a Venezuela, la expedición se dividió en dos grupos; un grupo dirigido por el doctor José Salvany, se dirigió a América del Sur, el otro grupo dirigido por el propio Balmis se fue a la zona del Caribe, hacia el norte del continente y luego tomó rumbo a las Filipinas, que no estaban en América pero también formaban parte del vasto territorio español.
Cada grupo tuvo resultados algo diferentes. El de Salvany se caracterizó principalmente porque lo pasó fatal. Tuvieron un naufragio en la desembocadura del río Magdalena donde la mayoría de los miembros murió. El buen doctor Salvany perdió primero un ojo y luego la vida en Bolivia, varios años después. Evidentemente, no regresó a España nunca.
El grupo de Balmis también pasó lo suyo, porque viajar en aquella época y más por algunos sitios, como selvas y lugares llenos de peligros, era una temeridad. A los trances propios de la situación, hubo que añadir un problema más, y es que casi nadie se quería vacunar voluntariamente en los sitios donde no estaban al tanto de los avances con la enfermedad, lo que era decir en casi todos los lugares. Con no pocos esfuerzos estableció, por donde fue pasando, las ya citadas Juntas de Vacuna. Llegó a vacunar a los habitantes de Nuevo México, California, Texas y Arizona, que ahora son muy estadounidenses, pero en aquellos años eran muy españoles (lo mismo ahora, con lo del coronavirus, les gustaría seguir siéndolo, quién sabe).
Cuando acabó con América (me refiero a vacunar), Balmis se fue a Filipinas, allí siguió con su labor profiláctica y, ya puestos, se fue a China a hacer lo mismo. Ni en aquella época, ni en ninguna otra China formó parte del imperio español porque ellos ya tenían el suyo propio, pero se ve que el bueno de Balmis se vino arriba y se fue a hacerles un favor a algunos chinos (‘solo’ estuvo por Cantón). En este punto debo volver a citar a Isabel Zendal Gómez, la directora de uno de los orfanatos de donde salieron los primeros niños. Esta mujer, con su dedicación personal y sus cuidados fue clave para que la expedición fuera un éxito. El personal sanitario tuvo un papel relevante, claro que sí, pero la implicación de Isabel para velar por los niños ayudó a que todos sobrevivieran (salvo uno que murió en el viaje a América). Ella misma enfermó gravemente y a punto estuvo de no contarlo. Por cierto, ni ella, ni ninguno de los niños, regresaron a España, todos se fueron asentando, de una manera u otra (algunos eran “reemplazados” por niños nuevos, en los diferentes países por los que recalaron. Isabel, en concreto, y finalizada la misión, cuando la expedición llegó a Acapulco, de vuelta de los mares chinos, se instaló en México para siempre.
Balmis sí decidió volver a España, pero como se quedó sin dinero (tanto viajar, tanto viajar, no sale barato) tuvo que pedir un préstamo. Llegó a Lisboa en febrero de 1806, pero antes se paró en la isla británica de Santa Helena a vacunar al personal. Se ve que le había cogido el gusto.
Una vez en la corte de Madrid, y cosa rara, fue recibido con todos los honores y el rey le felicitó, cosa rara también porque nuestros monarcas son de mucho pedir y luego, cuando lo consiguen, si te he visto, no me acuerdo.


En algunos sectores se considera que esta expedición llevó por primera vez la vacuna a América, pero esto ya se ha visto que no fue exactamente así pues en algunos lugares ya se conocía antes de llegar Balmis. Lo que sí es verdad es que esta expedición se encargó de la difusión masiva de la vacuna, pues en los sitios donde ya se conocía solo la podían obtener los privilegiados que, con precios abusivos propios del contrabando, conseguían acceder a sus beneficios.
Se estima que más de un cuarto de millón de personas fueron vacunadas; el efecto preventivo, es decir, cuánta gente se salvó de morir por viruela, es difícil de cuantificar pues esas personas inmunes evitaron, a su vez, ser personal de riesgo y contagiar a otras.
El propio descubridor de la vacuna, Edward Jenner, alabó la iniciativa:
«No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.»
Como comento al principio de la publicación, se han escrito varias novelas sobre el tema (yo no había leído ni una, algo a lo que pondré remedio enseguida) y también se han rodado películas. Hay diferentes versiones con pequeñas variantes (o eso me han dicho), pero en lo fundamental, el mensaje es el mismo: cuando algo nos ataca a todos, léase una enfermedad, lo mejor es cuidar de todos, y eso solo se hace con medidas colectivas y organizadas desde las instituciones, que para eso están.
Por cierto, el Ministerio de Defensa español ha llamado «Operación Balmis» al dispositivo militar creado para luchar contra la pandemia de coronavirus en España. Buen nombre, sí señor. Aunque yo hubiera preferido que se llamara así a la vacunación masiva para la Covid-19 por lo que llevaría implícito, pero cuando eso llegue (que llegará) podemos repetir nombre o ya buscaremos otro, porque filántropos científicos hemos tenido unos cuantos.



lunes, 18 de mayo de 2020

Epidemias: la amenaza que no cesa


Después de muchas semanas publicando sobre el SARS-Cov-2 he decidido cambiar de tema, aunque lo que viene a continuación, a más de uno, le sonará mucho y creerá identificarlo con lo que nos está pasando ahora.
En este apartado de la Ciencia en la Historia, voy a contar una de las muchas epidemias que asolaron nuestro país (el coronavirus no es el único que nos ha visitado para fastidiarnos), concretamente me refiero a la epidemia de cólera de 1885.
Pero antes de entrar en materia explicaré qué es el cólera y cómo se propaga.
El cólera es una enfermedad infecciosa producida por el bacilo Vibrio cholerae y que se contagia por consumir agua y/o alimentos contaminados. Las malas condiciones higiénicas, donde el lavado de los alimentos no es el adecuado o donde las aguas residuales se vierten a ríos que posteriormente se utilizan para el consumo o para regar huertas ―contaminando verduras y hortalizas―, están detrás de la proliferación de la enfermedad.
Esta enfermedad se caracteriza por diarreas acuosas y alteraciones gastrointestinales que provocan la deshidratación afectando a órganos como el corazón y con resultados muy graves que suelen acabar en muerte. El tratamiento suele consistir en combatir los síntomas donde la principal meta es revertir el estado de deshidratación. También se pueden administrar antibióticos o sustancias antimicrobianas, aunque, una vez desencadenada la enfermedad, el principal objetivo sigue siendo combatir la deshidratación.
A lo largo de la historia han habido muchas epidemias de cólera. En España, solo en el siglo XIX hubo cuatro (en 1834, 1855, 1865 y 1885) con efectos demoledores.  Al cólera también se le han dado diferentes nombres: morbo asiático (por su procedencia de países de Asia), huésped del Ganges (por el mismo motivo que lo de asiático), peste azul (la deshidratación provoca cianosis que da un tinte azul a la piel), etc.
La epidemia de 1885 llegó a España en un vapor mercante que arribó al puerto de Alicante en el otoño de 1884, un año antes. Se empezó a propagar por la zona de Levante para llegar a todo el país en cuestión de meses. A Madrid, dicen que lo llevaron los segadores valencianos que finalizando las tareas agrícolas en su zona se fueron a otras comarcas a seguir segando.
Sea como fuere, el primer caso de cólera se da en Madrid el 20 de mayo, pero oficialmente se declara la epidemia el 16 de junio, casi un mes después. Por aquel entonces no existían las comunidades autónomas y la gestión de la sanidad corría a cargo de los órganos provinciales junto con los ayuntamientos por lo que la declaración de epidemia se publica en La Gaceta de Madrid ―el germen de lo que sería el Boletín Oficial del Estado décadas más tarde―. El caso es que al declarar en Madrid la epidemia, los comerciantes ponen el grito en el cielo y dicen que por qué en Madrid y no en otros sitios, que en Valencia también hay casos y ahí no han declarado nada.
Es tal el cabreo que se agarran que montan una huelga porque esa declaración va a asustar al personal y hará que se recluyan en casa abandonando la vida social ―recordemos que la población ya había sufrido otras tres epidemias de cólera en el espacio de treinta años―. Total, que los comerciantes e industriales se manifiestan en la calle para protestar provocando altercados públicos que obligan a las fuerzas de seguridad a poner orden y a repartir mamporros junto algún que otro tiro.
Algunos llegan a acusar al gobierno de «terrorismo epidémico» por alarmar injustificadamente a la población. A todo esto, el pueblo llano y pobre ―precisamente el más afectado por la epidemia pues las condiciones insalubres y el hacinamiento en el que viven les hacen ser la población más vulnerable― también protesta y sale a la calle, añadiendo más follón al asunto.
Mientras que la gente se enfada, el cólera va a lo suyo y se carga a gente a tutiplén, pero todos están enfrascados en sus quejas y mirando sus bolsillos.
Llega el verano y el tema en todos los corrillos es el cólera y las medidas que se están tomando. Los periódicos se venden como rosquillas porque el pueblo quiere saber algo más de una enfermedad de la que se conoce muy poco ―la microbiología en el siglo XIX aún estaba en mantillas y Koch, el verdadero entendido sobre este bacilo, lo había descubierto solo dos años antes―. En este aspecto se da una peculiaridad (o quizás no tanta): los rotativos afines al gobierno apenas hablan de la epidemia, mientras que los de la oposición empiezan a dar caña a base de bien.
Cuando aparecen los primeros casos en Madrid, las clases pudientes se piran a sus residencias de verano en la costa o en la sierra. Pero precisamente en Madrid es donde la epidemia tiene menor incidencia respecto al resto de España, y mucha gente de la zona de Levante (lugar donde se inició) se desplaza a la capital porque ven que ahí es más seguro.
¿Y qué medidas se toman para atajar la epidemia? Pues las autoridades provinciales de Madrid dan protagonismo a un recién estrenado laboratorio municipal que se encarga de establecer unas normas de desinfección. Reclutan a barrenderos, mangueros y otros operarios del servicio de limpieza para que fumiguen todos los rincones.
Esta medida tampoco es bien acogida por los madrileños que se sublevan, no porque no quieran acabar con el mal, es que el material para fumigar consiste en utilizar bicloruro de mercurio un compuesto muy tóxico que se carga al bacilo pero que provoca diarreas, vómitos y sangrado estomacal…  más o menos como tener el cólera. De hecho, algunos médicos no están de acuerdo con estas medidas y argumentan que «es peor el remedio que la enfermedad».
Sin embargo, ya hay científicos que se ponen a la tarea. Entre estos está un médico, Jaime Ferrán, que dice tener una vacuna. Tan seguro está de su efectividad que se inocula con ella y lo hace también con otras personas, pero el problema es que algunas de esas personas ya están infectadas cuando se vacunan, y en estos casos no suelen ser efectivas estas herramientas pues se trata de “prevenir” y no de “curar”. El caso es que algunos vacunados fallecen y los enemigos del buen doctor Ferrán se le echan encima diciendo que ha sido por la vacuna.
Tiene que intervenir el gobierno e intenta contentar a todos, así que da una de cal y otra de arena. Dictamina que la vacuna no hace daño, pero que, por si acaso, solo la ponga el propio doctor para estar seguros de que está bien elaborada. Ferrán dice que eso es mucho curro y decide dejarlo para otra ocasión.
Antes se ha comentado que en Madrid la mortalidad fue menor que en otras zonas de España, se cree que fue debido a que en las otras tres epidemias anteriores (1834, 1855 y 1865) causaron mucho más daño, pero, a cambio, confirió a la población cierta inmunidad que les hizo ser más resistentes en esta cuarta oleada. Aun así, la epidemia de 1885 provocó solo en Madrid 1.366 muertes (340 por cada 100.000 habitantes) y duró 133 días. Aunque estas cifras nos puedan parecer bajas, en aquella época supuso un grave problema, de hecho, los cementerios se quedaron literalmente sin sitio y se tuvo que abrir apresuradamente la Necrópolis del Este que estaba en construcción (hoy es el llamado cementerio de la Almudena).
En el siglo XIX, España no volvió a sufrir ninguna otra epidemia de cólera, pero cinco años después otra infección vino a visitarnos, en esta ocasión fue un virus, el de la gripe, que también la lio parda.
No sé si a más de uno muchas de las cosas que he contado le suenan como algo más reciente, o si, incluso han tenido una especie de “déjà vu”. Las epidemias han sido, y serán, el pan nuestro de cada día, y se repiten cada cierto tiempo. Pero no hay nada más repetitivo que el ser humano. Su comportamiento es tan previsible que, a veces, me gustaría que fuésemos un virus para poder mutar más fácilmente, a ver si así salía otra especie mejorada, con cualquier cambio, por mínimo que sea, sale algo mejor, seguro.




viernes, 8 de mayo de 2020

June Almeida: una viróloga con mucha visión

Virus: un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias.
 Peter Medawar (inmunólogo)

Con esto de la pandemia y tanta información sobre la misma, tenía arrinconada la sección del blog que trata las biografías de científicos; hoy la recupero, pero no os creáis que me he olvidado del SARS-Cov-2, qué va. La protagonista de esta entrada también tiene que ver mucho con él, al menos con los de su familia, porque fue la primera persona en descubrir la existencia de los coronavirus, y además quien, junto a su equipo, los bautizó así.
June Almeida nace el cinco de octubre de 1930 en Glasgow (Escocia), pertenece a una familia muy humilde, su padre es conductor de autobús, así que sus recursos económicos son escasos. Esto la obliga  a abandonar los estudios cuando tiene 16 años, por lo que no pisa la universidad cuando le tocaba. Se pone a trabajar en el hospital universitario de Glasgow como técnico en histopatología, o lo que es lo mismo, se pone a manipular tejidos orgánicos enfermos. No he encontrado más información al respecto, pero supongo que se dedicaría a preparar las muestras para que luego, un histopatólogo, las viera en el microscopio y dedujera qué había ahí.
Con 24 años se casa con Henry Almeida, un artista venezolano, del que toma el apellido y que mantendrá siempre, incluso después de separarse de él y contraer nuevas nupcias con otro hombre. El matrimonio se traslada a Canadá, June trabaja allí como electromicroscopista (personal técnico de microscopios electrónicos) en un centro estatal de Ontario encargado de investigar y tratar a pacientes con cáncer. Sigue sin tener estudios superiores, pero en Canadá eso no es un impedimento para promocionarse científicamente y consigue ascender.
Antes de seguir con June, tengo que hacer un inciso. En publicaciones anteriores he explicado qué es un virus, una cadena de nucleótidos (ADN o ARN), pero no sé si dejé claro que una cosa así es muy, pero que muy, muy, muy pequeña. Para hacernos una idea, una bacteria, un microorganismo unicelular, o sea, algo muy pequeño, puede ser 25-250 veces mayor que un virus. A lo que voy es que, mientras una bacteria se puede ver en un microscopio óptico, para ver un virus hay que hacer encaje de bolillos y desde luego no con un microscopio “normal”. Además, hay que tener en cuenta que en los años cincuenta del siglo pasado, las técnicas de imagen tenían sus limitaciones.

June Almeida manipulando un microscopio electrónico

Bueno, pues la espabilada de June, ideó un sistema para visualizar algo tan pequeñito como son los virus. Siguió la máxima de que una cosa pequeña, si se une a otra cosa, abulta más que si está sola. Así que decidió unir los virus a unas moléculas que tienen afinidad por ellos: los anticuerpos. Empezó con el virus de la hepatitis B y siguió con otros virus responsables del llamado resfriado común. Parece ser que consiguió imágenes del virus responsable de la rubeola, siempre utilizando un microscopio electrónico (algunos modelos, pueden ser 700 veces más potentes que el mejor microscopio óptico), y salió tan (relativamente) “nítida” la imagen, que permitía identificarlo, algo que hasta entonces no era posible, porque a lo máximo que se llegaba era a ver ‘puntitos’ sin demasiada definición.
A partir de esas imágenes del virus de la rubeola, empieza a ser conocida en el mundo de la investigación.
June vuelve a Londres para trabajar como investigadora en la Escuela de Medicina del hospital St. Thomas. Trabaja con David Tyrrell, un virólogo del hospital. Este señor le da una muestra de un niño que parece estar afectado por una gripe “rara”. June utiliza su propia técnica y consigue una imagen borrosa, pero donde se pueden apreciar unas estructuras que nada tienen que ver con el virus de la gripe común. Esas estructuras son como puntas que sobresalen de la cubierta que suele recubrir a muchos virus y que le dan un aspecto de corona. June Almeida acaba de visualizar por primera vez un coronavirus humano. En realidad, ella ya había visto algo parecido, pero en muestras de pollos y ratones, así que esa forma peculiar no era nada nuevo para ella.
Tyrrell está entusiasmado y deciden enviar las imágenes a una revista científica, pero los editores, unos señores que se suelen pasar de listos muchas veces (lo sabré yo), rechazan publicarlo porque dicen que “eso” es un virus de la gripe, pero desenfocado. Unos crack de la investigación, los tíos esos. Años más tarde, otra revista, y muy prestigiosa, British Medical Journal, sí habla del descubrimiento de esta mujer y dos años después, el Journal of General Virology publica las imágenes.
En un momento dado, desde que vuelve a Londres y le publican las fotos del coronavirus, esta mujer se hace doctora, o quizás sería más apropiado decir que la empiezan a llamar doctora, ya que su trayectoria académica es confusa.
Si se la llama doctora Almeida, se supone que tiene una titulación: o bien hizo un doctorado, aunque previamente, incluso en la relajada Canadá, debería haberse licenciado/graduado en alguna carrera, o bien estudió “solo” medicina (la única carrera que te permite llamarte doctor sin necesidad de hacer la tesis doctoral). Una servidora no ha conseguido averiguar dónde realizó sus estudios o en qué consistieron, si se trató de una carrera X y el doctorado, o si se trató de estudios en medicina.
He llegado a leer que “terminó sus estudios” (no se especifica qué estudios) en el Wellcome Institute, y cuando he ido a investigar, me he topado con que ese “instituto” en realidad es un museo de medicina de Londres. Si busco Instituto Wellcome me sale un centro de investigación, pero sin actividad académica. En otros documentos se dice que “consiguió doctorarse gracias a las publicaciones en revistas científicas”, algo que podría ocurrir, siempre y cuando uno está previamente licenciado/graduado. Poco claro. Tan confusa es la información que se encuentra una por ahí, que, en algunos sitios, si pones ‘June Almeida’, sale la palabra ‘virólogo’ con la foto de un señor, toma ya.
El caso es que, cuando por fin le dan el reconocimiento que se merece, va ella y decide dedicarse a la enseñanza. Esto puede parecer normal ya que muchos científicos combinan su labor investigadora con la docencia. Lo raro de esta señora es que se hace profesora, pero de yoga. También se pone a estudiar más, pero no otra (¿otra?) carrera, sino que aprende a restaurar pocelana fina. Cosas de los genios.
A pesar de estas actividades extra científicas, Almeida no abandona la investigación y asesora a los científicos que están intentando obtener imágenes de otro virus muy puñetero: el VIH (causante del sida).
Cuando tiene 77 años, June sufre un infarto de miocardio y fallece en Inglaterra.
Ahora, con todo lo del SARS-Cov-2, se destaca que fue ella, una mujer, la primera en descubrir un coronavirus, pero la excepcionalidad de esta científica no radica en eso, lo importante es que su técnica novedosa para visualizar virus, con corona o sin ella, es tan buena que aún hoy se utiliza.
Esta mujer, si no fuera por lo de la pandemia, no la conocería nadie, o casi nadie, algo que es habitual con muchos científicos, y más si son mujeres. Pero el caso es que con todo el revuelo que hay, los buscadores de noticias y de datos han sacado a la luz la labor de esta científica, aunque, para mi gusto, aún nos faltan datos; a ver si algún espabilado nos da más información veraz y de paso conocemos mejor a esta mujer tan excepcional.



sábado, 25 de abril de 2020

Manual para entender una pandemia (III)


Mucho se está hablando sobre los diferentes fármacos que se utilizan con más o menos efectividad en el tratamiento de la Covid-19 (pongo ‘la’ porque me estoy refiriendo a la enfermedad). «Remdesivir», «hidroxicloroquina», «azitromicina» y muchos otros vocablos difíciles de pronunciar son ahora el pan nuestro de cada día, algo que, a mí como farmacéutica, me ilusiona mogollón, porque en este país, salvo el ibuprofeno y el paracetamol, nadie (fuera del entorno sanitario) sabe decir medianamente bien ningún principio activo. Lo que ya no me ilusiona tanto es ver cómo se confunden churras con merinas, y que algunos piensen que estos fármacos se pueden tomar como si fuera agua, incluso cuando no se tiene la enfermedad, la Covid-19.
Antes de hablar de estos remedios me gustaría explicar otros términos que también se están utilizando mucho estos días (a este paso más de uno va a sacar un máster en virología oyendo a tanto experto por la tele) aunque la mayoría de las veces quienes los pronuncian no parece que sepan mucho de qué están hablando. ¡Qué raro! ¿verdad?
Estas semanas nos están contando que el Covid-19 se muestra tan dañino en algunos pacientes porque estos sufren una tormenta de citoquinas (impactante la expresión). Las citoquinas (o citocinas) son unas proteínas que son producidas (en su mayoría, pero no en exclusividad) por el sistema inmune. Tienen muchas funciones sobre todo en las membranas de las células, pero la más importante (y la que nos interesa con la Covid-19) es que regulan los procesos de inflamación.
Hay gran cantidad de citoquinas, a destacar las interleuquinas (o interleucinas) que son producidas por los glóbulos blancos o leucocitos y que para diferenciarse entre ellas van acompañadas por un número; es especialmente famosa la número 6 a la que se llama IL-6 para abreviar y no trabar la lengua al personal. Otra citoquina muy puñetera ella, es el factor de necrosis tumoral alfa o TNF-α para abreviar también. El interferón es otro tipo de citoquina que produce el sistema inmune, y tiene como principal misión avisar al organismo de que un intruso, léase en este caso el Covid-19, ha llegado y hay que ponerse las pilas; como con las IL hay varios tipos y para distinguirlos se pone la abreviatura, IFN a la que se le añade un número romano (IFN-II) o una letra griega (IFN-γ), a veces se añaden las dos cosas a la vez, pero nosotros, y para evitar dolores de cabeza innecesarios, nos quedamos con el nombre general, interferón.
A raíz de estas citoquinas ha salido otro concepto que, aunque es más conocido, igualmente se utiliza por algunos sin saber muy bien qué es. Me estoy refiriendo a la inflamación.
A todos, en algún momento de nuestra vida, se nos ha inflamado algo: la encía por una muela cariada, la piel por una urticaria, un tobillo por una torcedura o las narices por un cuñado molesto. Además, siempre que esto ocurre nos sentimos incómodos, es un rollo esto de la inflamación. Pero las inflamaciones a las que estamos acostumbrados son las que se ven y se notan (la inflamación suele ir siempre acompañada por otro síntoma fastidioso, el dolor). Sin embargo, hay muchos tipos de inflamación, y la mayoría no se ven, incluso no se notan; hay individuos cuyo “estado inflamatorio” es muy elevado debido a patologías más o menos habituales y con las que no se asocia el término inflamación en su acepción más popular. En estos casos “ocultos” el proceso suele darse en el endotelio vascular (otro concepto rarito que se está citando mucho estos días); el endotelio es el tejido de la parte interna de los vasos sanguíneos y tiene unas funciones importantísimas para el buen funcionamiento del organismo en las que no voy a entrar para no ponerme pesada, tan solo remarcar que cuando el endotelio se daña, muchas cosas empiezan a fallar y aparecen múltiples enfermedades entre las que se encuentran casi todas las patologías cardiovasculares.
Aunque la inflamación nos pueda parecer un incordio, en realidad es un mecanismo de defensa. Ese mecanismo también es sumamente complejo y en él intervienen muchos elementos. En la inflamación se da, básicamente, una regulación hemostática donde aparece vasodilatación (los vasos sanguíneos se dilatan) para que haya un mayor flujo de sangre en la zona afectada y se pueda reparar en cierta medida el daño gracias a las células y a las diferentes proteínas que hay en el torrente sanguíneo. Entre esas proteínas se encuentran las dichosas citoquinas.
Por tanto, estas citoquinas junto con su manera de regular la inflamación, son una buena herramienta para combatir una agresión, ¿no? Bueno, sí, si la acción es adecuada, pero cuando a las citoquinas se les va la pinza y empiezan a inflamar y a inflamar a lo bestia… la lían parda. Y esto es lo que está ocurriendo con el Covid-19, que en algunos pacientes sus citoquinas se descontrolan (tormenta de citoquinas), su sistema inmune se vuelve ‘tó’ loco y no para de generar citoquinas a tutiplén, que en lugar de ayudar lo que hacen es fastidiar más. De hecho, una vez desaparecido el virus, las citoquinas siguen a lo suyo, erre que erre, es como si se hubieran vuelto paranoicas y vieran enemigos por todas partes, siendo los propios tejidos los que son damnificados hasta el punto de colapsarlos cayendo abatidos por “fuego amigo”. A esto es a lo que se llama una enfermedad autoinmune: el sistema inmunológico del propio paciente se descontrola y reacciona exageradamente y contra sí mismo, provocando un daño grave.
¿Y por qué reacciona así el sistema inmune de algunas personas? Buena pregunta, y difícil, porque al día de hoy nadie ha sabido dar una respuesta definitiva. Algunos dicen que puede ser por una predisposición genética y hereditaria, otros dicen que intervienen agentes medioambientales, otros que si patologías previas que alteran el sistema inmunológico, que si algunos fármacos, etc, etc. Cuando hay tantas teorías es porque, en realidad, no se sabe muy bien a qué se debe esto, puede que a un conjunto de diferentes causas y por eso es tan complicado de explicar.
Ahora mismo, a mí lo que más miedo me da cuando voy al médico es que me diga «Tiene usted una enfermedad autoinmune» porque es lo mismo que te digan «No tengo ni idea de por qué se encuentra usted así». De hecho, yo, que a veces soy muy mal pensada, creo que lo de recurrir al término enfermedad autoinmune es un comodín para algunos facultativos como cuando, hace muchos años, ibas al médico y después de mirarte y volverte a mirar sin encontrar nada que explicara los síntomas que padecías, te decían «Son nervios».
Pero que no se sepa qué produce las llamadas enfermedades autoinmunes no quiere decir que no haya remedio contra ellas. Sí los hay, con efectividad más o menos alta según qué casos, pero haberlos, los hay.
En cuanto a terapias con el Covid- 19, ya expliqué en otras publicaciones que ahora mismo lo que se está viendo es emplear fármacos que ya se han utilizado para otras patologías y cuya seguridad está contrastada, porque empezar con una molécula nueva implicaría mucho más tiempo, algo que no tenemos (lo que no quiere decir que no se esté trabajando en ello también).
 Básicamente hay dos estrategias para combatir la Covid-19: una sería cargarse el virus y otra sería frenar su efecto más devastador (la tormenta de citoquinas).
En el primer grupo, es decir, cuando se trata de ir de frente y darle caña al virus, se están utilizando antivirales ya utilizados contra otros virus. Las tácticas a seguir pueden ser muy variadas, pero generalmente se trata de impedir que el virus se replique actuando en su ARN. En este grupo se encuentra el fármaco llamado remdesivir que se emplea contra el Ébola, aunque sus efectos se han visto solo «in vitro» (en un laboratorio, fuera de un organismo vivo, o lo que vulgarmente se dice en un tubo de ensayo), pero ya se están haciendo estudios «in vivo» (en seres vivos, bien en animales de experimentación o en humanos directamente). Otro antiviral, el lopinavir, se está también ensayando en pacientes, este fármaco se usa desde hace tiempo para el VIH (el que produce el sida) y aún están a la espera de los resultados.
En la otra estrategia a utilizar, es decir, afrontar la tormenta de citoquinas, se emplean fármacos que ya se usan para otras enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide. Tocilizumab, sarilumab o siltuximab son fármacos inmunosupresores, concretamente inhiben la IL-6, evitando que esa citoquina se ponga farruca y fastidie.
No sé hasta qué punto suenan estos fármacos que estoy citando, el que estoy segura de que sí suena, y mucho, es el que viene a continuación: la cloroquina. Este es el ‘number one’ de los fármacos contra el Covid-19 en cuanto a fama y notoriedad y, la verdad, no sé por qué: en mi humilde opinión no tiene tanta efectividad como cabría esperar y, encima, produce algunos efectos secundarios que le hacen desmerecer bastante.
La cloroquina, (o su variante, la hidroxicloroquina), es un fármaco utilizado contra la malaria desde hace décadas. Últimamente, también se está empleando como un remedio para algunas enfermedades autoinmunes y por eso se propuso como buen candidato para enfrentarse a los efectos del coronavirus.
«In vitro», o sea en un medio no vivo, parece que ralentiza la replicación del virus de Covid-19, es decir, que la velocidad de infección sería mucho menor, y si bien no consigue acabar con el virus, sus efectos devastadores se podrían minimizar. Pero esto es «in vitro». En un organismo vivo (en animales de experimentación o en humanos) no se tienen datos firmes, hay algo de controversia, y no hay evidencia relevante, o sea, que no está muy clara su efectividad. Se han iniciado ensayos clínicos en un gran grupo de pacientes de todo el mundo, pero aún hay que esperar los resultados. De momento, y por si acaso, se está empleando en muchos pacientes, sobre todo si tienen síntomas leves, pero siempre vigilando que el tratamiento no se prolongue demasiado.
Como todos los fármacos, la cloroquina tiene contraindicaciones, así que no es cuestión de tomar este medicamento como si tal cosa (algo que propuso cierto presidente con un gran tirón en Twitter y que se ha mostrado como un gran experto en el tema, y esto lo digo con toda la ironía del mundo).
Hay muchas patologías previas que pueden agravarse con el uso de la cloroquina, como puede ser la insuficiencia hepática o la renal. Encima, ahora se han visto otros efectos adversos por “abusar” de esta sustancia ya que con el coronavirus se están empleando dosis más elevadas y eso es como tirarse de cabeza a una piscina con poca agua, que puedes salir airoso o te puedes partir el cráneo. Se cree que el abuso de este fármaco está detrás de la pigmentación en la piel de dos enfermos por Covid-19 chinos que han salido en la tele con gran alharaca informativa, como si fueran monos de feria. Este efecto tan extraño, e inaudito, se está estudiando, pero es posible que sea debido por una afección hepática indeseable provocada por la dichosa cloroquina y agravada por la acción del virus que (no se sabe por qué) hace que el hierro almacenado en nuestro cuerpo se libere; además, quizás y solo quizás, puede haber influido el grupo fenotípico asiático (lo que antes se llamaba raza china y que ahora es una expresión políticamente incorrecta).
De hecho, la cloroquina puede tener efectos indeseados en algunos genotipos de la cuenca mediterránea de los que no voy a hablar para no extenderme demasiado y no dar la brasa. Así que la cloroquina, siento chafarle la alegría a más de uno, no es tan guay como nos la habían pintado.
Personalmente creo que los inmunosupresores, administrados en el momento oportuno, y aquí radica el quid de la cuestión, son ahora mismo los candidatos a alzarse con el título de remedio más efectivo en todos los pacientes, los leves y los graves, por tener más efectividad y futuro; de hecho, la mayoría de las investigaciones se están centrando en estos fármacos.
A todo esto, hay que añadir que muchas terapias son combinadas, es decir que se utilizan diferentes fármacos con diversas acciones para que en conjunto mejoren el estado del enfermo.
Hay muchos otros fármacos que se están estudiando, pero me he centrado en los que la Agencia Española del Medicamento da mayor prioridad por tener más sustentado su uso y por tanto ser más factibles de ser efectivos a corto plazo.
Por cierto, el tratamiento que sugiere el presidente de EEUU que consiste en inyectar desinfectante o dar luz solar a los pulmones (sic) no tiene ningún fundamento, ni científico, ni lógico. Hasta el más ignorante (salvo este presidente y algunos de sus votantes) sabe que la lejía y la luz ultravioleta en los tejidos orgánicos causa destrozos irreparables. Con este tratamiento “novedoso” y alternativo fruto de una mente calenturienta, al virus nos lo cargamos, pero al paciente también.
Hay que señalar que estas terapias (menos la de Trump), bien por separado, o combinadas, están funcionando en muchos pacientes, no en todos (a la vista están las cifras de fallecidos) pero sí en bastantes, lo que quiere decir que estamos en buen camino, porque a estos fármacos se están sumando otros que pueden ayudar donde estos no llegan.
Además, para próximos brotes habrá nuevas moléculas diseñadas exclusivamente para el SARS-Cov-2 y esas seguro que funcionarán mucho mejor, pero para eso deberemos tener mucha más paciencia.
De momento, con esto y la posible vacuna nos tenemos que conformar. De las vacunas hablaré otro día, por hoy ya está bien. Ahora me voy a tomar yo otro fármaco, lexatín, porque recordar las sugerencias terapéuticas de Trump me ha puesto de los nervios.



sábado, 18 de abril de 2020

Covid-19: ¿y tú de quién eres?


Como la anterior publicación fue muy densa, voy a aparcar de momento el manual de conceptos para no atosigar al personal con definiciones demasiado técnicas. Para compensar el machaque de la anterior entrega esta será más ligera tratando, además, un tema interesante que a los españoles nos encanta: la teoría de la conspiración. En realidad, voy a hablar sobre el origen del virus, pero esto desgraciadamente se ha enlazado con ese tipo de teorías que tanto nos gustan.
Desde hace unos días se está especulando si el virus de marras es un producto de laboratorio, esto es algo que los amantes de la paranoia conspirativa ya dijeron desde el principio pero que ahora tiene más fuerza porque un presidente muy poderoso lo ha dicho a las claras, o quizás no tanto, porque ese señor se caracteriza por hablar algo confusamente (solo se le entiende bien cuando insulta). El caso es que, con declaraciones presidenciales o sin ellas, ya casi todos empezamos a ver a los chinos como a los malos, malotes.
Cada uno es libre de pensar lo que quiera, faltaría más, pero desde este espacio intentaré dar una explicación científica al origen del virus y si hay motivos para mosquearse o no.
Vaya por delante que todo lo que viene a continuación son las conclusiones de científicos obtenidas a partir de los datos que se disponen AHORA. Esto no quiere decir que mañana o la semana que viene o el próximo año se sepa algo que dé por tierra lo dicho hoy.
A este respecto voy a hacer un pequeño inciso y me voy a poner en plan filosófica sobre la ciencia.
En ciencia no hay verdades absolutas porque es una doctrina que cambia constantemente y lo hace al son de los descubrimientos y los conocimientos que ininterrumpidamente se obtienen. Esto es algo que muchos no entienden y cuando ven a un científico decir hoy blanco, para mañana decir negro (porque nuevas investigaciones han dado resultados mejores) la mayoría cree que ese científico es un inútil.
Si al científico en cuestión, en lugar de rectificar, se le ocurre decir «No lo sé» entonces la opinión que tienen de él no es de un inútil sino de un imbécil. En un país donde todos opinamos de todo y además sentamos cátedra, porque sabemos más que nadie sobre lo que sea que se nos ponga por delante, que alguien reconozca públicamente que no sabe algo es una cosa que no nos entra en la cabeza ni podemos asumir.
Vivimos en una sociedad donde domina el «Mantenella y no enmendalla» o lo que es lo mismo, antes muertos que reconocer que nos hemos equivocado. Tenemos muestras todos los días de esto: periodistas que mienten descaradamente y cuando se les pilla en falta, dan la callada por respuesta y si te he visto no me acuerdo. Políticos que prometen lo contrario de lo que acaban haciendo una vez ganadas las elecciones y cuando se les reprocha dicen con un descaro propio del que no tiene vergüenza que eso no es verdad. En fin, en un mundo donde mentir no tiene castigo ni consecuencias, que un científico diga «No lo sé» nos deja descolocados porque la mayoría pensará que si no lo sabe que se lo invente. Pues no, la ciencia no es así y la mayoría de los científicos no se comportan como el común de los mortales (afortunadamente).
Hace días leí un fantástico artículo (Por qué hay motivos para el optimismo...) donde, entre otras cosas, el autor recuerda a un profesor suyo y reputado inmunólogo que, ante la insistencia de un periodista para que le diera respuestas, dijo: «No lo sé porque soy científico. Si yo fuera un político o un sacerdote, seguro que podría darle a usted una respuesta. Pero un científico solo puede decir lo que la ciencia sabe, y la ciencia no sabe eso que usted me pregunta». Sí, señor, con un par.
Pero a lo que yo quiero llegar es a que la ciencia, a veces, dice una cosa para decir la contraria tiempo después. La ciencia avanza en función de lo que se va sabiendo, no es una materia estanca, no tiene verdades absolutas, sus aseveraciones duran lo que dura la investigación en aportar datos nuevos. Sí, esto ya lo he dicho antes, pero cuando quiero que una cosa quede clara, la repito mucho, y si no que se lo pregunten a mis alumnos.
  Por tanto, y con esta reflexión previa, lo que a continuación viene está sujeto a cambios.
¿Es el SARS-Cov-2 (el nombre técnico de nuestro coronavirus) un virus diseñado en el laboratorio?
Con los datos que disponemos la respuesta es NO. Me gustaría insistir en eso de los datos disponibles, porque algunas informaciones vienen de China y ese país ha contado lo que ha querido y como ha querido, que eso también hay que tenerlo en cuenta. Algo que viene a apoyar a presidentes paranoicos e infantiles que para encubrir sus propias deficiencias y no aceptar que hacen las cosas mal, prefieren, con una pataleta propia de niños pequeños y malcriados, echar la culpa a otros de todo lo que les está pasando. Pero me voy por las ramas, volvamos a lo nuestro.
Si la mayoría de los científicos creen que el SARS-Cov-2 es ‘natural’ es porque la evolución respecto del virus encontrado en el murciélago hace ya varios años (ojito, hace varios años), es ‘lógica’, o lo que es lo mismo, el cambio ha sido esperable en cuanto que no hay demasiada diferencia y por tanto no se necesita una manipulación especial para que se dé.
Pero hay otro aspecto, y que a mí me convence más, que avala el origen natural. Este virus está compuesto por una cadena de ARN y una cubierta lipoproteica (la de las puntitas que le hacen parecer una corona). Manipular una cadena de ARN es relativamente sencillo, cambiamos un nucleótido por otro (recordad lo que conté en la publicación anterior) y convertimos una función determinada inocua en otra más peligrosa. Vale, eso podría haber pasado.
Sin embargo, diseñar una cubierta lipoproteica… eso es otro cantar. Para ‘fabricar’ algo así se requiere una tecnología muy complicada que, se supone, no tiene nadie… o a lo mejor sí… (aquí dejo un espacio para dejar pensar a los amantes de las conspiraciones). Y la cubierta de nuestro querido coronavirus no se parece a ninguna otra, tan solo ‘un poco’ a la del virus de los murciélagos, pero con una ‘sutil’ diferencia que permite que pueda atacar las células humanas. Y esa ‘sutil’ diferencia es la que hizo que saltara de especie, que se diera la zoonosis (enfermedad infecciosa que se transmite de animales a humanos).
Para los expertos, el cambio de la cubierta que permitió la infección en humanos es una consecuencia ‘lógica’ de una mutación y no el resultado de una manipulación intencionada pues, insisto, diseñar, aunque sea con leves cambios, esa puñetera cubierta que tantos problemas está dando, no es cosa fácil.
Dicho esto, y teniendo en cuenta que la guerra biológica está sobre la mesa desde hace decenios, cualquier cosa es posible, aunque no todo es probable. Pero, con los datos que ahora se tienen la explicación más plausible es la de una mutación natural.
Hay que reconocer que este virus se está portando como un auténtico hijo de pu.., porque los desastres que organiza a nivel inmunológico es para volver loco a más de un médico y las múltiples maneras de manifestar los síntomas traen de cabeza a los sanitarios: a unos les quita el sentido del olfato y del gusto, a otros les da fiebre o no, a unos les produce un sarpullido como si de un virus exantemático se tratara, pero no lo es (virus exantemáticos, como el sarampión o la rubeola, son aquellos que producen erupciones en la piel), a otros les da fuertes dolores de cabeza, a otros congestión nasal o a otros simplemente nos les produce ningún síntoma y esto ya es la repanocha.
Y a todo esto hay que añadir que es muy, pero que muy, contagioso. La facilidad con la que es capaz de llegar hasta cualquier persona es pasmosa, y es en este punto donde más alucinados tiene a todos los expertos.
Yo misma he llegado a pensar que este virus era casi perfecto por lo que me he planteado que no podía ser fruto de la casualidad, pero si nos atenemos a la evidencia que hay ahora mismo, parece que sí, que ha sido la naturaleza y sus mutaciones la que nos está volviendo locos a todos con esta pandemia.
Sí, este virus es casi perfecto, pero en ese “casi” radica la esperanza; en esa palabra y en la labor excepcional que están haciendo nuestros científicos, los de fuera de nuestras fronteras y los de aquí. Esa labor, junto a la experimentación a pie de cama del personal sanitario que está haciendo de la necesidad y del agobio, virtud, nos va a dar buenos resultados en forma de tratamientos y (parece ser) una vacuna.
Para la vacuna aún falta mucho (cuestión de seguridad) pero para los tratamientos ya se ven resultados muy buenos. Pero esto ya lo contaré en la próxima publicación, ahora os dejo para que le déis un poco al coco sobre conspiraciones y guerras bacteriológicas, con tanto confinamiento hay tiempo y material de sobra para imaginar. De todas formas, si os falta imaginación siempre podéis recurrir a la cuenta de Twitter de Trump.