El virus de la Covid-19 tiene múltiples maneras de
hacer daño en el organismo, y también son muchos los síntomas que manifiesta. De
todas formas, hay un síntoma, o quizás un daño orgánico (no lo tengo claro),
que no se está valorando en el estudio de este coronavirus tan puñetero, y es
que no he oído a nadie entendido en el tema afirmando que el virus ataca el
entendimiento y el sentido común, y algo debe de hacer a ese nivel porque todo
lo que viene a continuación no tendría explicación en una mente sana.
Son muchos los disparates que se han dicho a cuenta
del coronavirus, sería imposible ponerlos todos, así que he hecho una pequeña
selección.
Muchos de esos dislates han venido de los políticos,
pero en esos casos puede que no todo sea culpa del virus porque la mayoría de
esos tipos ya eran unos tarados antes de la pandemia.
Trump es uno de esos políticos. Este señor es un
crack lanzando perlas de todo tipo y sobre cualquier tema y, claro, con el
coronavirus pues no iba a ser menos. Cuando los científicos aún no lo tenían
muy claro y estaban evaluando la eficacia de la cloroquina en el tratamiento de
la Covid-19, él se lanzó a la piscina y proclamó a los cuatro vientos que era
el fármaco milagroso que curaba la infección. El efecto inmediato fue que la
medicina, que se dispensaba en las farmacias para tratar enfermedades de tipo
reumatoide, se acabó en cuestión de horas y quienes se quedaron sin sus
comprimidos de cloroquina acudieron a otros productos donde aparecían derivados
de esta sustancia, como un líquido para desinfectar piscinas que un matrimonio
decidió beberse como si de un jarabe se tratara (uno de ellos falleció y el
otro ingresó en la UCI con lesiones graves).
Pero lo mejor estaba por llegar. El día que, en una rueda
de prensa, sugirió inyectar desinfectante a los enfermos o introducir en su
interior luz ya que la radiación ultravioleta servía para acabar con el virus…
aquello fue la repanocha. Recuerdo la cara de una de sus asesoras científicas
que estaba con él en aquella rueda de prensa y a la que miró buscando
aprobación a su genial idea. La pobre mujer no sabía dónde meterse. De aquella
ocurrencia hubo que lamentar más de doscientos estadounidenses intoxicados por
ingerir lejía en sus casas.
En nuestro suelo patrio también tenemos unos cuantos
dirigentes que se han cubierto de gloria opinando con este virus. La presidenta
de la Comunidad de Madrid llegó a decir que la enfermedad apareció en diciembre
(cosa que es cierta) porque la ‘d’ de Covid-19 es por ‘diciembre’ (cosa que no
es cierta porque esa ‘d’ es por ‘disease’, enfermedad en inglés). Otra de las
perlas de esta señora fue cuando dijo que se veía venir lo que iba a pasar
porque el virus venía de China y, cito textualmente, «no tenemos una sola goma
del pelo que no sea Made in China». Desde que dijo eso, no he vuelto a hacerme
una coleta no vaya a ser que me contagie por peinarme así.
Pero dejemos a los políticos porque, como ya he
comentado, que digan tonterías es algo habitual y en este caso no iba a ser
diferente, así que no tiene mérito.
Al inicio de la pandemia, y cuando todos estábamos
más perdidos que un pulpo en un garaje, empezaron a circular consejos por las
redes sociales para afrontar lo que se nos venía encima. Ante la duda que se
nos planteó a todos de si estaríamos infectados o no, y ante la escasez de
pruebas para diagnosticarnos, hubo gente (no sé si con buena o mala intención)
que nos sugirió algunos métodos de andar por casa.
Uno de ellos consistía en aguantar la respiración
diez segundos: si lo hacías sin problemas no tenías el virus, si no conseguías
estar ese tiempo sin respirar, entonces sí. Cuando me enteré de este método tan
simple para detectar neumonías yo me dije: «Y los idiotas que gestionan los
hospitales gastándose fortunas en espirómetros y aparatos de rayos X para ver
los pulmones. Qué despilfarro más tonto».
De todas formas, y sin dar ningún tipo de validez a
este método, hay que puntualizar que una de las pruebas que hacían los chinos
cuando seguían la evolución de los dados de alta tras pasar la enfermedad y estaban
bajo observación en los lugares donde estaban confinados, consistía en
obligarles a hacer una especie de aerobic muy flojito para, después de esos
minutos de baile-ejercicio, preguntarles si habían conseguido ejecutar el
ejercicio por completo o habían tenido que abandonar por quedarse sin resuello.
A los que decían que no habían podido terminar el ejercicio, se los llevaban de
nuevo al hospital (supongo que ahí ya les harían la placa de tórax pertinente).
Otra idea de bombero que circuló por algunos sitios
fue la de darle la vuelta a la mascarilla quirúrgica para así convertirla en
protectora para el que la lleva y no para proteger al prójimo. El razonamiento
se basaba en que si ese tipo de mascarillas evita que nuestra saliva y otras
secreciones naso-bucales puedan infectar al vecino de al lado, pero no impide
que las del vecino nos infecten a nosotros, si le damos la vuelta, será al
revés. El razonamiento es totalmente erróneo porque el entramado del material
de esas mascarillas no evita que pase el virus (muchísimo más pequeño y que
puede filtrarse entre los huecos de la tela), ni en un sentido ni en otro. Lo
que evita es que nuestras gotas de saliva (donde «viaja» el virus) no lleguen
tan lejos como lo harían si no lleváramos nada, algo que protege al posible
receptor de nuestras secreciones. Si queremos estar protegidos es necesario que
el vecino se ponga su propia mascarilla y ya está, todos felices y contentos.
Entre las barbaridades que se están difundiendo a
cuenta de la pandemia, hay algunas que pueden ser muy peligrosas (y si no que
se lo pregunten a los que se metieron un lingotazo de lejía en EEUU). En
algunos locales, y para dar una sensación de seguridad a los clientes, se han
instalado en las entradas unos arcos que liberan al paso de la persona que va a
acceder al establecimiento, ozono y radiación ultravioleta.
Vamos a ver, bajo ningún concepto se puede
fumigar a las personas. El ozono es un potente oxidante que se carga, entre
otras cosas, las membranas de las células; en el caso de los virus, rompe esa
cubierta lipídica que lo recubre y así el virus queda inactivo. Algo parecido
pasa con la luz ultravioleta. El problema es que ni el ozono ni la luz
ultravioleta saben distinguir si las membranas pertenecen a virus o a las
células de las personas, con lo que esos productos son súper peligrosos y
pueden provocar graves daños.
En otros casos, los remedios disparatados solo
buscan timar al consumidor, algo que está muy feo, aunque no sea peligroso para
la salud. Cierta empresa española está publicitando unos colchones que eliminan
el coronavirus en cuestión de horas. Para impactar más, añaden que sus fibras
contienen nanopartículas de plata y que su eficacia está certificada por el
Instituto Europeo de Calidad del Sueño. Con estos datos cualquiera daría una
pequeña fortuna, que es lo que cuestan, por hacerse con uno de esos colchones.
Cuando yo me enteré de esto me dije «Caray, pues en los hospitales se van a
ahorrar un tiempo precioso en desinfectar habitaciones. Además, que de ahora en
adelante hagan todos los EPIs con nanopartículas de plata y se soluciona el
problema de reemplazar los equipos.»
Pero, si uno rasca un poco, se encuentra con la dura
realidad. Para empezar, el instituto que certifica el colchón resulta que se
montó con el capital de un grupo dedicado a fabricar colchones y no tiene
ninguna acreditación oficial. De hecho, no hay un solo estudio científico que
avale la supuesta acción antivírica del colchón de marras. O sea, que el
certificado que acompaña al colchón vale lo mismo que un billete de dos euros,
y eso de que elimina el virus en unas horas… nasti de plasti.
Otro de los remedios milagrosos que circulan por ahí
es una sustancia que si se extiende por una superficie supuestamente contaminada,
al pasar un haz de luz emite un color que avisa de la presencia del Covid-19.
Algo así como lo que estamos acostumbrados a ver en las películas policíacas
para ver rastros de sangre o restos biológicos: se pasa una torunda con luminol
y luego una lámpara de luz ultravioleta nos avisa si hay o no sangre. En medios
serios dicen que la cosa es verdad, pero a mí no me cuadran los datos porque
aún se sigue empleando la PCR incluso para detectar presencia del virus en
superficies, así que creo que esto está (puede que de momento) en el apartado
de la ciencia ficción, aunque en ciencia, la palabra imposible se utiliza más
bien poco.
En fin, olvidemos a tanto iluminado, famoso o desconocido, porque con este tipo de ocurrencias está claro que si no tenemos cuidado y nos dejamos llevar por las recomendaciones de estos cantamañanas, es peor el remedio que la enfermedad.

