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domingo, 26 de enero de 2020

Tormenta, tienes nombre de mujer (pero no siempre)



Elegir el nombre de según qué, siempre es difícil. Por ejemplo, el de un hijo o hija. En estos casos siempre hay que ser cuidadoso, porque ese nombre va a acompañar a la criaturita toda su vida, algo de lo que no son conscientes algunos padres viendo las cosas que aparecen en algunos registros civiles.
Pero, muchas veces, elegir el nombre del bebé en camino es motivo de una gran preocupación y algunos progenitores se lo toman tan en serio, y les suscita tantas dudas, que conozco un caso en que el niño a punto estuvo de ser un ‘sin papeles’ porque la falta de decisión de sus padres hizo que se pasara el plazo de inscripción como nuevo ciudadano.
Un nombre no es cosa baladí. Aunque yo no creo, como algunos espiritualistas piensan, que el nombre defina a una persona, sí creo que algunos nombres despiertan determinadas sensaciones en función de la persona con la que lo asociamos. Yo tengo una vecina que es un auténtico incordio, una señora de muy mal carácter y muy mala intención. Un auténtico bicho, vaya. Pues, cuando conozco a alguien que se llama igual que ella, no puedo evitar ponerme en guardia.
Estos días andamos todos con un nombre en la cabeza: Gloria. La borrasca así llamada y que ha asolado media península ibérica ha estado en boca de todos. Los destrozos han sido considerables y desde luego su recuerdo no es nada glorioso. Así que el nombre no parece muy adecuado.
¿Quiénes se encargan de nombrar los huracanes, los ciclones y las borrascas? O ¿qué criterios se emplean para bautizar estos fenomenos atmosféricos? ¿Por qué algunos tienen nombre de mujer y otros de hombre? Es más, ¿por qué se les pone nombre?
Pero antes de explicar el cómo y el porqué de esos nombres, vamos primero con unas breves definiciones de meteorología.
Empezamos por la más sencilla: borrasca. Una borrasca es una zona de baja presión. Son fáciles de identificar en un mapa meteorológico porque se dibujan con una gran b mayúscula (b de borrasca, fácil ¿no?). ¿Y qué es una zona de baja presión? Pues es un lugar donde la presión atmosférica es más baja que la del aire que está circulando. Cuando esto ocurre se suelen generar fuertes vientos, cielos nubosos y precipitaciones. En función de la intensidad y la cantidad de vientos y nubes, la borrasca es un fenómeno más o menos pasable o la lía parda (como la última que nos ha visitado). Que haya grandes cantidades de agua cerca (léase mares u océanos) influye, y mucho, en la formación de las nubes y la cantidad de agua a jarrear.
Cuando dos masas de aire con temperaturas distintas se encuentran se forma una tormenta. El contraste entre esas temperaturas tan diferentes da lugar a fenómenos atmosféricos violentos en forma de lluvia, truenos, rayos, granizo y mucho viento. Lo que viene a ser una tormenta de toda la vida. Las tormentas se caracterizan también porque las corrientes de aire describen una espiral que gira en el sentido contrario a las agujas del reloj en el hemisferio norte y en dirección opuesta en el hemisferio sur.
Los huracanes, los ciclones y los tifones se originan cuando hay bajas presiones, o sea, cuando hay una borrasca, y se consideran fenómenos tormentosos, pero a lo bestia, caracterizándose además por algunas peculiaridades como que en el centro suele haber un agujero donde las condiciones son de calma y al que se le llama «ojo».
En estos tres fenómenos la velocidad del viento es mucho mayor que la de una tormenta ‘corriente’, superando los 120 km/h y llegando incluso a alcanzar los 400 km/h.
La diferencia entre huracanes, ciclones y tifones radica en el lugar donde se dan. Los huracanes aparecen en el océano Atlántico occidental y el océano Pacífico oriental, o sea, cerca de las costas del continente americano. Los ciclones (tropicales) aparecen en el océano Índico y el Pacífico sur. Mientras que los tifones dan la lata en el océano Pacífico occidental, o sea, por China y alrededores.
Ahora hay otro término que se ha puesto en boga, ciclogénesis explosiva. Para no hacer muy aburrida y pesada esta publicación, simplificaré diciendo que es una borrasca que se forma de golpe y porrazo y cuyos efectos son más fuertes por esa génesis brusca. O sea, una borrasca a lo bruto.
Expuestos ya los conceptos básicos, pasemos a las cuestiones de los nombres propios.
¿A qué viene eso de ponerles nombre?
Aunque la costumbre de nombrar a los huracanes nació en las Antillas (se las denominaba con nombre del santo del día en que se daban como una manera de diferenciarlas entre sí), Clement Wragge fue el primero al que se le ocurrió poner nombres de persona a los ciclones a mediados del siglo XIX. Este abogado británico metido a meteorólogo, primero empezó poniendo nombres de personajes mitológicos (dicen que era muy espiritualista y estudioso de las religiones), luego pasó a un plano más personal donde utilizaba los nombres de políticos que no le caían bien (se ve que en aquella época la política cabreaba igual que ahora) y al final utilizó solo nombres femeninos (el espiritualista mitómano resultó ser un misógino).
¿Quién se encarga ahora de poner nombre a algunos fenómenos meteorológicos? Pues son unos señores que se reúnen en Suiza (país con muchos bancos, pero pocas tormentas explosivas por la falta de océanos cerca) y que trabajan para la Organización Meteorológica Mundial (OMM, para abreviar). Estos señores hacen unas listas de nombres donde se alternan los nombres masculinos con los femeninos en perfecta y correcta paridad, independientemente de si es un huracán, o una tormenta, y siguiendo un riguroso orden alfabético. Así, después de un nombre masculino con una inicial concreta, viene uno femenino con la siguiente letra del abecedario, para luego seguir con otro masculino, etc. Las listas las hacen pensando en cada año, y son distintas según el océano, el Atlántico tiene una y el Pacífico otra.
Esto de alternar un nombre masculino con uno femenino no siempre fue así. Ya hemos visto cómo a Clement Wragge se le vio el plumero al usar solo nombres femeninos. Pero, además, en Estados Unidos hasta mediado el siglo XX, también llamaban a los huracanes siempre con nombres de mujer (aún quedaba mucho para el «me too»). En los años ochenta la OMM decidió la alternancia que se sigue empleando en la actualidad.
No he conseguido averiguar qué criterios siguen estos señores y señoras para poner un nombre u otro. Por ejemplo, si entre los masculinos abundan los de vecinos molestos y entre los femeninos los de las suegras, o qué.
Hay un estudio de dudosa validez donde se analizan las consecuencias de los huracanes y dice que los que llevan nombre femenino suelen ser más devastadores que los que tienen nombre masculino, provocando un mayor número de muertes. Si tengo dudas sobre la validez de este estudio no es por el rigor de los datos, las estadísticas están ahí. Me surgen dudas porque el motivo que se alega para explicar esos datos se basa en que la población cuando sabe que el huracán que se avecina tiene nombre de mujer toma menos precauciones que si tiene un nombre masculino. O lo que es lo mismo: no tienen respeto a las mujeres. No tengo claro cómo interpretar estas conclusiones, la verdad. No sé si echarme a reír o a llorar.
Según otros investigadores, algo más abiertos de mente y con mejores conocimientos de matemáticas, la explicación de por qué los más devastadores huracanes/tormentas/borrascas suelen tener nombre de mujer se basa en que hasta los años ochenta del siglo pasado TODOS los huracanes tenían nombre femenino y desde hace relativamente poco los nombres masculinos también reparten lluvias y vientos, por lo que las ocasiones de cargarse al personal han sido menores.
Bien, antes se ha comentado que hay listas para el Atlántico occidental y para el Pacífico, pero ¿qué pasa con el resto del Atlántico (el que nos afecta a nosotros)? En nuestro suelo patrio quienes se encargan de poner nombres a las borrascas (aquí, y de momento, no hay huracanes/ciclones/tifones) son los meteorólogos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET, para abreviar) junto a sus homólogas francesas y portuguesas. En principio se encargan de «bautizar las borrascas profundas de carácter atlántico que afectan a España, Francia y Portugal» aunque la última donde ha estado fastidiando ha sido en el Mediterráneo.
Con este mar andan todos los climatólogos más perdidos que un pulpo en un garaje. Que un mar relativamente tranquilo haya desarrollado un poder tan destructor como el de esta última semana, nos tiene a todos con la boca abierta. Es tal el desconcierto que ya empiezan a acuñar un nuevo término: medicán (mediterráneo-huracán). Detrás de esta salida de tono de nuestro Mare Nostrum (valga la redundancia), se encuentra el cambio climático. El pasado mes de diciembre, las playas de la comunidad valenciana tuvieron bañistas como si del mes de junio se tratara, las altas temperaturas invitaban al baño y al cachondeo playero. Bueno, ese calor hizo evaporar grandes cantidades de agua que al toparse con temperaturas frías acordes al invierno formaron la borrasca Gloria que fue tan borrascosa (valga la redundancia) porque, además, un anticiclón se instaló en las islas británicas (para regocijo y alborozo de los british que tuvieron unas temperaturas cálidas con sol y todo).
Esta sería la explicación técnica, pero yo, como me gustan mucho las alegorías, tengo otra: el mar Mediterráneo se ha cabreado, se le ha agotado la paciencia y harto de que le echemos tanta basura y porquería ha decidido darnos una lección en plan «¡Ya está bien, colegas! ¡Os váis a enterar!».
Tampoco he conseguido averiguar en qué se basan para poner nombres los meteorólogos hispano-franco-portugueses. Es posible que Gloria sea el nombre de una exnovia de alguno de la AEMET, o la tía tacaña de algún climatologo portugués. Quien sabe.
Sea cual sea el motivo o la razón del nombre, es preocupante lo que está pasando. Y esto solo acaba de empezar. Yo estoy muy asustada, especialmente con la próxima que, aunque aún no se sabe cuándo vendrá sí se sabe cómo se va a llamar: Hervé.
Hervé es un nombre gabacho y me da que cargado de alegoría. Si hace honor al espíritu bronco de aquellas tierras galas, ya nos podemos preparar. Recordad cómo se las gastaban Asterix y Obélix, la que se lió con la Revolución Francesa, o la que montaron los de los chalecos amarillos. Al loro con Hervé cuando llegue. Que Robespierre nos pille confesados.