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viernes, 6 de mayo de 2022

Tripanosomiasis humana: una enfermedad soporífera

 

Seguramente la mayoría de quienes esto leen padezcan algún trastorno del sueño donde la falta de este o el tener mucho, dependiendo de a qué nos refiramos (insomnio o ganas de dormir), siempre va asociado a encontrarse fatal.

Si bien, esos trastornos a la hora del dormir pueden acarrear graves problemas (la privación del sueño está reconocida por el derecho internacional como un método de tortura) la enfermedad que hoy traigo no va de eso.

La enfermedad del sueño es una tripanosomiasis humana, africana para más señas (THA). El nombrecito viene del parásito que la ocasiona (Trypanosoma), un protozoo que se transmite al ser humano a través de un vector, la mosca tsé-tsé concretamente.

Pero ¿qué es un vector? En parasitología y microbiología un vector se encarga de transmitir un agente patógeno (virus, bacteria, parásito) de un ser infectado a otro sin que a él le pase nada, es decir, es un ser vivo que sirve de transportista, como un repartidor de Amazon, pero con muy mala leche.

La mosca tsé-tsé se infecta cuando pica a otro ser humano ya infectado o un animal con el tripanosoma de marras. Esta lo pilla, a ella no le pasa nada, pero a la próxima persona a la que le pique le pasa el patógeno y la lía parda. Eso es lo que hacen los vectores cuando de transmisión de enfermedades hablamos.

Evidentemente si no hay mosca tsé-tsé no hay riesgo de pillar la enfermedad, por lo tanto, la tripanosomiasis africana se dará donde se encuentre esta mosca y dado el nombre de la propia enfermedad ya nos podemos hacer una idea de dónde es: África. Pero África es muy grande, y para concretar más hay que añadir que esta mosca está presente en 36 países subsaharianos, especialmente en zonas rurales dedicadas a la agricultura, la pesca, la caza y la ganadería.

Se estima que el número de casos de esta enfermedad hace dos años fue menos de 1.000, mientras que diez años antes rondaba los 10.000 casos. Los datos nos indican claramente que la incidencia está bajando de manera notoria, pero aún hay mucho que hacer.

Que haya cada vez menos casos no resta gravedad a la enfermedad. Si no se trata, es mortal porque el tripanosoma, en cualquiera de sus dos variantes (T. brucei gambiense o T. brucei rhodesiense), ataca el sistema nervioso central produciendo trastornos neurológicos muy graves que acaban matando al afectado si no es atendido correctamente.

En la primera fase de la enfermedad el parásito se dedica a estar solo en sangre, aunque los síntomas que provoca no son graves (fiebre y debilidad), son muy inespecíficos y por tanto esta primera fase es difícil de diagnosticar.

En la segunda fase, el parásito se va a otros órganos del infectado, concretamente al sistema nervioso central y ahí ya tiene más peligro. Los síntomas son más graves: mala coordinación, confusión mental, daño multiorgánico y muerte.

Se llama enfermedad del sueño porque uno de los síntomas es una intensa somnolencia, y cuando cito «somnolencia» no me refiero a estar como adormilado y sin prestar atención; el sueño que ataca al infectado es tal que puede quedarse dormido caminando o de pie o haciendo cualquier cosa.

Basarse en la sintomatología para hacer un diagnóstico precoz es muy aventurado porque, como ya se ha comentado, la primera fase no da muchas pistas y en la segunda, cuando los síntomas son más indicativos, el daño ya está hecho. Una de las trabas de esta enfermedad, aparte de que afecta a población pobre y desatendida (en todos los aspectos) es que el diagnóstico es muy complejo.

Dada la poca calidad asistencial y la falta de medios de las zonas afectadas epidemiológicamente el primer paso para diagnosticar se basa en una palpación ganglionar para ver si hay inflamación que indique infección, pero, claro, esto tampoco es que sea muy selectivo. También se puede hacer un test rápido. Por desgracia ya estamos más que escaldados con el tema de los test y ya sabemos que cuanto más rápida es una prueba menos sensibilidad tiene por lo que no suele ser muy fiable; lo mismo ocurre con el caso de la enfermedad del sueño porque si el test rápido da positivo hay que hacer otras pruebas para ver si la persona tiene anticuerpos por el tripanosoma o porque ha pillado cualquier otra enfermedad.

La siguiente prueba que realizar es una punción ganglionar que, como su propio nombre indica, consiste en hacer una punción en los ganglios. Si alguno ya se ha hecho una punción en algún momento sabrá que es dolorosa y el que no se la haya hecho se lo imaginará. La muestra obtenida con la punción se mira al microscopio, si ahí se ve el parásito pululando se hace otra prueba más; una punción lumbar de médula y mirar si el líquido cefalorraquídeo también tiene bichos (así se averiguará el alcance y la gravedad de la enfermedad); si puncionar un ganglio duele, en la médula ya…

Evidentemente todos estos métodos requieren personal cualificado porque hacer una punción no es lo mismo que poner un inyectable, además se necesitan equipos más o menos sofisticados. Tanto el personal como los aparatos no abundan en muchos sitios, sobre todo en África donde no tienen presupuesto ni para pipas, así que la probabilidad de que alguien de una zona rural africana con sospechas de estar infectado por el tripanosoma sea diagnosticado correctamente es bastante poca por no decir que inexistente.

Pongamos que, después de todo y aunque sea complicado, un individuo de la zona endémica de la enfermedad ha sido correctamente diagnosticado. Ahora hay que tratarlo.

El tratamiento dependerá de la fase en la que se halle la enfermedad. Si aún no se tiene afectado el sistema nervioso se aplica un fármaco (pentamidina) por vía intramuscular durante siete días. Este medicamento es poco tóxico y bastante eficaz. Si el sistema nervioso ya está afectado hay que emplear dos fármacos distintos (nifrutimox oral y eflornitina intravenosa), por cierto, estos fármacos fueron desarrollados mediante una iniciativa solidaria con el apoyo de varias ONGs entre las que se encuentra Médicos Sin Fronteras.

Desde hace cuatro años estas mismas ONGs están aplicando un nuevo fármaco (fexinidazol) que se administra oralmente, lo que es bastante cómodo y muy útil en lugares donde hay escasez de personas que sepan poner inyecciones. Además, este nuevo medicamento sirve para todas las fases de la enfermedad. Así que olé para esas ONGs que tanto se lo han currado sin esperar nada a cambio, tan solo les mueve el interés de ayudar a la población más desfavorecida.

Como en casi todas las enfermedades, la prevención es fundamental. Aunque ya haya terapias efectivas, lo mejor es no tener que aplicarlas. Evitar que alguien se infecte es la mejor manera de afrontar esta enfermedad. Y es en esta faceta donde las administraciones y las asociaciones solidarias tienen centrada su atención.

En la enfermedad del sueño ya hemos visto que están implicados dos bichos: la mosca tsé-tsé y el tripanosoma, así que ahí habrá que focalizar el interés. Dado que la mosca es bastante más grande, esta es la que tiene todas las de perder por lo de que es más fácil disparar y darle a un elefante que a un gusano. El uso de insecticidas que se carguen al insecto es una buena profilaxis; evitar la picadura también es otra manera de actuar, bien con repelentes o ropa que cubran la piel, pero dado el calor que suele darse por donde la enfermedad campa a sus anchas, lo de cargarse a la mosca es lo más eficaz, y que me perdonen los animalistas.

Estas medidas preventivas, desde nuestra mentalidad occidental y desarrollada, pueden parecernos fáciles de implementar, pero en una aldea africana dejada de la mano de Dios, es bastante más complicado.

La colaboración entre ONGs y organismos oficiales (OMS, Ministerios de Salud) hacen posible que el combate contra la enfermedad del sueño se esté decantando a favor de la salud. Estos organismos realizan campañas de cribado para detectar la enfermedad en su fase más inicial y actuar lo más rápidamente posible. También se encargan de formar a personal para atender a los afectados, o de suministrar los medicamentos necesarios, así como realizar campañas de desinsectación en amplias zonas para cargarse a la mosca del demonio.

Muchas de estas iniciativas parten de acciones solidarias sin ánimo de lucro que, al contrario de lo que ocurre con la mayoría de nosotros, no se han olvidado de una enfermedad que afecta a mucha gente lejos de nuestros cómodos hogares. Nosotros sí que estamos dormidos, pero no por una enfermedad infecciosa sino por no saber apreciar lo que tenemos a nuestro alcance, lo que nos da nuestra privilegiada vida.

Termino esta publicación con una frase que aparece en el cuento con el que se cierra el post: «Olvidar lo que nos da la vida cada día es como estar dormido».

El niño que no se podía dormir



viernes, 19 de marzo de 2021

Hildegarda de Bingen: la monja profetisa y científica


 

«Oh frágil ser humano, ceniza de cenizas y podredumbre de podredumbre: habla y escribe lo que ves y escuchas».

SCIVIAS, Hildegarda de Bingen

En la Europa de la Edad Media el papel de la mujer en la sociedad estaba supeditado al hombre y al cuidado de los demás: o bien a cuidar a su marido y a su prole o bien a cuidar a sus padres o parientes más desvalidos, cuando no las dos cosas. La probabilidad de que una mujer adquiriera educación más allá de leer y escribir era muy remota, pero no imposible.

Había una posibilidad de formación y libertad para las mujeres si se movían en determinados círculos: el convento.

La mayoría de las monjas llevaban una vida de aislamiento y soledad dedicada a la oración, pero muchos conventos de la Edad Media eran bastante liberales: proporcionaban a las mujeres una vida cómoda y con acceso a la educación. La mayoría de estos conventos contaban con hermanas de congregación médicas y enfermeras que se encargaban de la salud de sus moradoras. Incluso, algunas no pronunciaban sus votos permanentes y conservaban bastante libertad de movimiento fuera de los muros conventuales.

Ni que decir tiene que estas mujeres procedían de clases altas o de la misma realeza.

De una familia poderosa e influyente provenía nuestra protagonista de hoy. Hildegarda nace en 1098. Octava hija de unos nobles terratenientes alemanes, siempre tuvo una salud endeble y sus padres, en la creencia de que no llegaría a la edad adulta, la encerraron en un convento benedictino que dirigía una tía suya, la abadesa Jutta.

La tía Jutta se encargó de educar a Hildegarda en latín, oraciones y música: lo normal en un convento. No se sabe en qué momento Hildegarda sacó los pies del tiesto y empezó a aprender más de lo esperado, pero el caso es que con treinta ocho años sucede en el cargo a Jutta y se hace abadesa además de escribir unos cuantos tratados de cosmología-mística que dejan a propios y extraños con la boca abierta. Ella, además de culta, es muy avispada, y para no suscitar recelos va y dice que todo lo que escribe no es cosa de ella, que es cosa de unas visiones que tiene gracias a Dios que la inspira y la guía.

Más adelante, y fuera ya de la Edad Media y sus supersticiones, algunos historiadores creen que las visiones que decía tener Hildegarda eran el producto de las fuertes migrañas que padecía e, incluso, de los posibles ataques de epilepsia que se cree tuvo.

Con el pasar de los años, Hildegarda adquiere influencia y estatus, interviniendo en política y todo: emperadores y nobles acuden a ella en busca de consejo. Además, se viene arriba y se pone a profetizar a través de sus sermones ―la apodan la Sibila del Rin― y a los que osan contravenirla los intimida con vaticinios muy poco halagüeños de manera que se asustan y dejan de importunarla. La señora tenía unos ovarios bien puestos, y genio también.

Pero Hildegarda no solo escribió tratados de cosmología por inspiración divina; donde realmente dio el do de pecho fue en la medicina.

Con más de cincuenta años de edad escribe una enciclopedia de historia natural, en ella describe más de 230 plantas y 60 árboles, también peces, aves, reptiles y mamíferos, piedras y metales. Muy completa la obra. En las plantas, además de describirlas, incluía su aplicación farmacológica con lo que la enciclopedia se usó como texto para enseñar medicina en la escuela de Montpellier; ahí es nada. Esta obra, que comprende varios libros, no fue el resultado de la inspiración divina ni de las visiones causadas por las migrañas o por la epilepsia; ella misma se encargó de dejar claro que aquello era fruto de la experimentación y la observación. A Dios lo que es de Dios, y al César (o a la Ciencia) lo que es del César.

A lo largo de su extensa vida ―los que creyeron que se moriría joven se equivocaron de medio a medio― escribió más libros de visiones místicas y también obras musicales, pero su fama como sanadora con poderes milagrosos fue mayor que su reputación como mística y visionaria.

Aunque su medicina tenía ciertas peculiaridades porque mezclaba a Galeno con textos bíblicos (para algo era monja, qué caramba), algunas de sus recomendaciones eran más que novedosas y muy eficaces. Por ejemplo, insistía en la importancia de la higiene y de la dieta, el descanso y el ejercicio, algo que hoy está más que asumido, pero que en la Edad Media sonaba a raro, raro. En uno de sus libros científicos se subraya lo importante que es hervir el agua antes de beberla, especialmente la de los ríos y pantanos.

También aconsejaba el uso de medicamentos en dosis pequeñas, recetando remedios sencillos, pero eficaces, para los pobres, y elaborados, y más caros, para los ricos. Monja, curandera y socialmente comprometida.

Hildegarda llegó incluso a tocar, muy de refilón, la genética. En el siglo XII aún quedaba mucho para que viniera Mendel ―otro monje como ella, mira tú por dónde― a hablar de descendencias y herencias, pero ella aventuró que, según el carácter de los progenitores, los hijos tendrían unas determinadas características físicas y psicológicas. Sí es verdad que, a este respecto, se le fue un poquito la olla y llegó a decir que el carácter del futuro niño dependía del día en que se concebía y hasta pronosticó la naturaleza de las personas concebidas en cada uno de los días del mes lunar. Por ejemplo, una mujer concebida en el día 18 tendrá salud y longevidad, pero estará predispuesta a la locura, además de ser una mentirosa que provocará la muerte de hombres honorables. Estamos en plena Edad Media y tampoco podemos ser muy rigurosos con la pobre Hildegarda que fue una mujer fruto de su época, al fin y al cabo.

Hildegarda muere en el año 1179. Tiene 81 años. Está claro que su mala salud no le restó ni años de vida ni inteligencia.

Intentaron santificarla varias veces, pero algo no cuajó ―yo creo que eso de que curaba no estaba bien visto en algunos sectores eclesiásticos― y nunca llegó a los altares. Aunque no está canonizada, la Iglesia la incluye en el martirologio romano y es venerada como una santa, a pesar de que algunos insistieron en tildarla de bruja ―por eso de ponerse a profetizar y curar siendo mujer―.

Santa o impía, Hildegarda dejó un importante legado científico/místico/cosmológico, y se la considera la naturalista más distinguida y la filósofa más original de la Europa del siglo XII.

Vaya esta entrada para homenajear a otra pionera y adelantada a su tiempo. Y monja.

 


 

 

 

 

martes, 25 de febrero de 2020

María Blasco: una 'rara avis'


Declara el pasado, diagnostica el presente, pronostica el futuro. Practica estos actos (HIPÓCRATES)

A la protagonista de hoy en el blog la he catalogado como rara avis porque en su persona confluyen varios elementos que la hacen sumamente peculiar: es mujer, es española, es científica, está viva y tiene reconocimiento fuera y dentro de nuestras fronteras (esto último sí que es llamativo). No se puede negar que esta señora es muy, pero que muy rara.
María nace en Alicante en 1965, se hace bióloga en la Universidad Autónoma de Madrid y con veintiocho años se doctora en Bioquímica y Biología Molecular teniendo como directora de tesis a toda una eminencia, también mujer y también española: Margarita Salas.
Recién doctorada, María se va a Nueva York a trabajar como investigadora en el laboratorio de otra eminencia, también mujer (pero no española, sino americana): Carol Greider. En 1997 regresa a España para trabajar en el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC. En el CSIC centra sus estudios en una molécula que conoce cuando está en Nueva York y que le ha enseñado Carol, la telomerasa (hablaré más adelante de ella) y su aplicación en la oncología.
El fruto de sus trabajos con esta molécula la llevan al Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) bajo la dirección de otra eminencia también española: Mariano Barbacid. Su trayectoria profesional y sus muchos méritos académicos le han procurado reconocimiento internacional y distinciones importantes. Desde 2011 es la directora del CNIO.
Margarita Salas, Mariano Barbacid, Carol Greider, María Blasco. Estamos hablando de pesos pesados de la investigación. Viendo esto yo no puedo evitar recordar el dicho: «Dios los crea y ellos se juntan».
El campo en el que María Blasco ha centrado sus estudios lo empezó a desarrollar en su etapa neoyorquina. En el Cold Spring Harbor Laboratory se inició en la investigación que lideraba su jefa de allí, Carol Greider.
Carol Greider había descubierto una enzima*, la telomerasa. Este hallazgo supuso una revolución en el conocimiento del mecanismo por el que las células se multiplican, haciendo abordar algunos temas de salud desde otra perspectiva. Fue tan importante el descubrimiento que Carol recibió el premio Nobel en 2009.
¿Qué es la telomerasa? ¿Qué tiene que ver todo esto con el cáncer? Vayamos por partes.
Antes de explicar la telomerasa y qué hace, tenemos que saber qué son los telómeros (siento las palabrejas, pero es lo que hay).
Los telómeros son los extremos de los cromosomas (orgánulos que se encuentran en las células y que contienen el material genético). Si bien el cromosoma es el portador de la información genética, no todo su material tiene esa función. De hecho, los telómeros no contienen información para codificar y transformar en características somáticas.
Entonces, si un telómero es parte de un cromosoma (cuya función es transmitir información genética) pero no tiene información genética… ¿qué pinta en el cromosoma? La verdad es que los científicos aún no se aclaran demasiado con esta cuestión, pero casi, casi, ya han llegado a un consenso: los telómeros se encargan de preservar el cromosoma, consiguiendo que este funcione adecuadamente al replicarse.
La importancia de los telómeros en los cromosomas es tal que cuando su longitud se acorta a medida que la célula envejece, el cromosoma tiene dificultad para duplicarse y la célula en cuestión muere cuando los telómeros desaparecen. Así que los telómeros tienen un papel primordial en el envejecimiento (y muerte) celular.
Entonces, uno se puede hacer la siguiente propuesta: si se consiguiera que los telómeros no desaparezcan nunca, las células nunca envejecerían ni morirían. Esta propuesta se la hicieron muchos científicos, entre los que se encontraba la jefa de María, Carol Greider. Pero para impedir que los telómeros se acorten, primero hay que saber qué hace que se acorten, ¿no? De cajón.
Bueno, pues Carol Greider se puso a la tarea con esto e investigando y volviendo a investigar, se encontró con una enzima*, la telomerasa. Resulta que esta molécula, entre otras cosas, se encarga de formar los telómeros, de manera que, cuando falta, estos se acortan hasta desaparecer con el efecto negativo para la célula que antes se ha comentado.
Este es, a grandes rasgos, el papel de los telómeros y la telomerasa.
Hemos comentado que si conseguimos que los telómeros no desaparezcan, la célula no moriría nunca, y que estos se forman gracias a la telomerasa, por tanto ¿la telomerasa puede ser el verdadero elixir de la eterna juventud?
Aunque la premisa está bien fundamentada, la cosa no es tan sencilla. Sí es cierto que se está estudiando más sobre el mecanismo de envejecimiento celular atendiendo a la función de la telomerasa, pero todo está en mantillas (recordemos que el descubrimiento de esta enzima es relativamente nuevo).
Pero volvamos con María Blasco, nuestra protagonista. Ella trabaja en el CNIO, un centro que estudia el cáncer. ¿Qué tiene que ver el cáncer con el envejecimiento celular y su (posible) manera de impedirlo? Pues tiene que ver mucho, porque si tomamos la premisa de antes, pero al revés, en el caso de los tumores la telomerasa podría tener un papel muy importante.
Si los telómeros desaparecen al no haber telomerasa que los ‘fabrique’, la célula muere. Que una célula muera no conviene… o sí si se trata de una célula cancerosa. ¿Lo pilláis?
Al igual que en el caso del elixir de la eterna juventud, la telomerasa no es la panacea, esta molécula tampoco parece ser la solución definitiva para evitar los tumores. Sin embargo, sí parece que pueda ser una de las vías para atajar el cáncer, al menos algunos tipos, y como aún tenemos María para rato, yo no descartaría que diera con algo muy impactante. Lo mismo hasta consigue el Nobel. ¿Os lo imagináis? Mujer, española, científica y con premio Nobel. Eso sí que sería raro, raro, raro. Pero cosas más extrañas se han visto, y si alguien puede darnos una noticia así, esa es María Blasco.


 (*) Ya expliqué lo que es una enzima en Y esto, ¿para qué sirve? El que no se acuerde que pinche en el enlace y se ponga a repasar.


martes, 18 de febrero de 2020

Gabriella Morreale: mens sana in tiroides sana


«La mejor vida no es la más duradera, sino aquella que está repleta de buenas acciones» (Marie Curie)

La protagonista de hoy en el blog es una mujer española, o casi española porque nació en Italia, pero se desarrolló como científica en España. Como muestra de lo bien que se adaptó a nuestro país para ser una compatriota más, tan solo voy a poner un dato: su labor y contribución en la ciencia han pasado desapercibidas.
Gabriella nace en Milán el siete de abril de 1930. Sus estudios universitarios en Ciencias Químicas los realiza en la Universidad de Granada, después de doctorarse y realizar una estancia posdoctoral en Holanda se pone a trabajar en el Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC. Se convierte en jefa de la Sección de Estudios Tiroideos en el Instituto Gregorio Marañón con treinta y tres añitos, y con cuarenta y cinco es directora del Instituto de Endocrinología y Metabolismo Gregorio Marañón. También dirige y coordina investigaciones en la Universidad Autónoma de Madrid, preside la Sociedad Española de Endocrinología… etc, etc. Podría seguir enumerando los muchos puestos de responsabilidad y dirección que tuvo, pero me voy a centrar más en explicar en qué consistió su labor científica.  Con cargos o sin ellos, fue una investigadora incansable que estuvo al pie de laboratorio y con la bata puesta hasta los ochenta años.
A Gabriella se la considera la pionera de la endocrinología en España. Su campo de investigación se centró en una glándula que se encuentra en el cuello y que tiene una gran importancia en nuestro desarrollo: la glándula tiroides. Esta glándula tiene una forma peculiar que asemeja a la de una mariposa, se encuentra justo debajo de la nuez y segrega unas hormonas muy importantes para la salud, entre las que se encuentra la tiroxina o T4 (no confundir con la terminal T4 del aeropuerto de Barajas). La tiroxina regula el metabolismo; sin ella, los procesos bioquímicos que se encargan del buen funcionamiento del organismo se ven alterados. Además de ser fundamental en el metabolismo, tiene un papel muy importante en el crecimiento celular, sobre todo en el sistema nervioso.
Si la falta de tiroxina (hipotiroidismo) se da en la edad adulta, aparecen los síntomas asociados a una ralentización del metabolismo: obesidad, falta de concentración, bajas pulsaciones, etc. Pero si el déficit se da en el estado embrionario, las consecuencias son fatales para el feto porque el crecimiento se altera, el cerebro no se desarrolla adecuadamente y el niño nace con graves deficiencias mentales.
Por tanto, un déficit de tiroxina en la infancia va a conllevar un menor desarrollo cerebral y también una menor estatura. Lo de que un niño sea bajito puede tener un pase, a menos que se quiera dedicar al baloncesto, pero que el desarrollo cerebral no sea el adecuado es peligroso (que luego se hacen políticos y así nos va).
Por tanto, los niveles de tiroxina son indicadores de que algo puede no funcionar bien en los niños al nacer. ¿Y de qué depende que haya más o menos tiroxina? Pues del yodo*.
La tiroxina se forma cuando otras moléculas precursoras se unen a átomos de yodo que se encuentran en nuestro organismo y que se obtienen con la ingesta de alimentos (el yodo está presente en la sal marina en grandes cantidades). Si hay falta o déficit de yodo esta hormona no se produce.
El cretinismo o hipotiriodismo congénito (no confundir con el cretinismo de la clase política) es una de las afecciones más graves que pueden aparecer. Esta enfermedad se debe a una deficiencia en la glándula tiroides del feto, pero también puede deberse a un déficit de yodo en la dieta de la madre. Si se detecta precozmente, el tratamiento con hormonas tiroideas exógenas y con dieta rica en yodo se pueden paliar en gran medida los efectos.
Detectar tempranamente este tipo de carencias es fundamental y para eso se hace un test neonatal que se practica a los recién nacidos: la prueba del talón. Esta prueba consiste en obtener unas gotas de sangre del talón del neonato a partir de las 48 horas de nacer. La sangre se recoge en un papel reactivo que detecta niveles anormales de diferentes marcadores indicativos de alteraciones metabólicas entre las que se encuentra el hipotiroidismo congénito.
Bueno, ya hemos hablado de la tiroxina, del hipotiroidismo y sus consecuencias. Ahora volvamos con Gabriella.
Esta científica fue una autoridad mundial en el conocimiento de las consecuencias del déficit de yodo y fue de las primeras en averiguar cómo las hormonas tiroideas eran fundamentales en el funcionamiento del cerebro. Contribuyó con su tesón a implantar la prueba del talón en todos los recién nacidos para detectar precozmente el hipotiroidismo congénito y así tratar a los niños afectados con hormonas tiroideas que les impidieron desarrollar una deficiencia mental profunda. También se implicó en programas sociales preventivos que aportaban suplementos de yodo a las mujeres embarazadas, asegurando de esta manera el buen desarrollo somático y cognitivo del feto. Su implicación fue tan intensa que desde 1990 la Organización Mundial de la Salud recoge en su tabla de derechos el consumo de yodo durante el embarazo y la primera infancia.
La labor de Gabriella fue decisiva para evitar muchas deficiencias mentales, pero a pesar de todo sigue siendo una desconocida para el público en general. Esta excepcional científica nos dejó el cuatro de diciembre de 2017 y su fallecimiento pasó sin pena ni gloria, apenas una breve citación en algún noticiario.
Con esta entrada me gustaría enmendar tamaña injusticia. Va por ti, Gabriella. ¡Muchas gracias!


(*) El hipotiroidismo en adultos puede ser debido a una menor actividad de la glándula tiroides asociada a la edad. En las mujeres puede aparecer ligado a la menopausia.

martes, 7 de enero de 2020

Santiago Ramón y Cajal: un cerebro brillante


«Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro» 
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934).

El protagonista de hoy fue un hombre excepcional, una de esas mentes maravillosas que se dan muy de tarde en tarde. De las muchas particularidades que lo hacen excepcional hay dos que destacan entre todas: fue un científico español reconocido mundialmente y ganó un premio Nobel. Estas dos cualidades son extraordinarias por separado, pero lo son mucho más cuando van juntas.
Si bien es cierto que un científico de nuestro suelo patrio sea reconocido en el exterior ya empieza a ser algo más común (en la actualidad hay varios investigadores españoles cuyo trabajo se valora muy bien por esos laboratorios de dios), lo de que ganemos un premio Nobel… eso ya es otro cantar.
Tan solo ocho españoles pueden presumir de haber conseguido tan excelso premio y si nos centramos en la materia científica el número se reduce a dos: Severo Ochoa más Ramón y Cajal. Si a algún despistado, después de leer estos nombres, le salen tres es que ha contado mal porque Ramón y Cajal es un señor solo, aunque valiera por varios en cuanto a actividad científica y sabiduría.
De los dos únicos premios Nobel en ciencia hoy nos centraremos en el primero en conseguirlo: Santiago Ramón y Cajal.
Santiago nace el primer día de mayo de 1852 en Petilla de Aragón (Navarra). Con la instauración de la Primera República como escenario político se escolariza en Jaca y en Huesca. Estas dos localidades le proporcionan otro tipo de escenario: la montaña. Se aficiona al montañismo y asienta la idea que defenderá durante toda su existencia: la propuesta de una vida sana en contacto con la Naturaleza.
Su padre es médico cirujano, así que Santiago se familiariza con la práctica de la medicina desde chiquitito, pero en un principio se decanta por las artes plásticas como el dibujo y la fotografía, materias que se convertirían en aficiones posteriormente.
Estudia medicina en Zaragoza y recién salido de la facultad es llamado a filas porque a los partidarios del duque Carlos les da por volverse a poner reivindicativos con el trono y reclaman que este señor reine en España liándola parda con la tercera guerra carlista.
Con su título de médico bajo el brazo, Santiago oposita al Cuerpo de Sanidad Militar y obtiene una plaza como teniente en el regimiento de Burgos que está acuartelado en Lérida. Pero permanece poco tiempo en tierras leridanas ya que en aquella época a España en cuestiones bélicas le crecen los enanos con facilidad porque, además de los carlistas, las colonias de ultramar se ponen también en plan reivindicativo (en este caso pidiendo independencia de la madre patria) y nuestro médico protagonista se marcha a Cuba ya con el rango de capitán.
En la isla caribeña se dedica a atender principalmente casos de paludismo y disentería pues el peor enemigo que se encuentran los soldados son los mosquitos que abundan por la zona. Él mismo es infectado y la convalecencia que debe pasar le hace odiar la isla (dicen que los médicos son malos pacientes). Aquejado de caquexia palúdica grave (en castellano llano: adelgazamiento extremo debido al paludismo) obtiene la licencia y regresa a España en muy malas condiciones físicas.
Ya en casa Santiago abandona la vida militar en pos de otra igualmente guerrera pero más productiva: la docencia. Al mismo tiempo decide hacerse doctor ‘de verdad’, es decir, obtener el doctorado. Con veinticinco añitos Santiago es ya un doctor de pleno derecho y la realización de su tesis doctoral le despierta la vocación científica. Inoculado con el virus de la investigación se compra un microscopio y alterna su profesión médica en un hospital con algunos trabajos científicos más la participación en una logia masónica donde se hace llamar Averroes.
Durante unos pocos años se dedica a relacionarse con enfermedades infecciosas. Esta relación es tanto a nivel de investigador (estudia los mecanismos de propagación del cólera en una epidemia desatada en Valencia cuando él es catedrático allí) como a nivel de paciente (se agarra una tuberculosis que a punto está de despacharlo al otro barrio).
Con treinta y cinco años y tras casarse con el amor de su vida, Silveria Fañanás, se va a Barcelona como catedrático de histología. Allí empieza a investigar sobre la morfología y funcionamiento del sistema nervioso cerebroespinal.
En aquella época se creía que el tejido cerebral estaba compuesto de conexiones continuas. La tecnología del siglo XIX no daba para mucho y cuando del sistema nervioso se trataba a lo único que alcanzaba era a visualizar los nervios y poco más.
Santiago Ramón y Cajal empieza a bosquejar una teoría planteando que el sistema nervioso está formado por unidades estructurales independientes (neuronas) que funcionan mediante impulsos nerviosos.
En 1892 hace las maletas y se va a la Universidad Central de Madrid (la actual Universidad Complutense) para ocupar la cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica. En la capital convence al gobierno para financiar el que se llamaría Laboratorio de Investigaciones Biológicas y donde investigaría hasta su jubilación en el año 1922 con setenta años. Pero que se jubilara no llevaba implícito que abandonara su labor científica pues siguió con sus estudios en el ya fundado Instituto Cajal. En este instituto investigador que lleva su nombre trabajaría hasta su muerte, acaecida en octubre de 1934, cuando una infección intestinal le acabó afectando al corazón. Tenía ochenta y dos años.

Los estudios histológicos de Ramón y Cajal permitieron conocer mejor el tejido nervioso. Aquellos nervios que se entendían como una unidad uniforme resultaron estar constituidos por pequeñas unidades autónomas, las neuronas. Estas células podían ‘tocarse’ entre sí y pasar el impulso nervioso de una a otra mediante el proceso denominado sinapsis. Pero en algunos tejidos Cajal observó que las neuronas estaban separadas entre ellas por un espacio que él llamó hendidura sináptica. Esta separación entre células nerviosas dificultaba entender cómo se podía dar la transmisión de los impulsos nerviosos: si las células estaban separadas esa transmisión se vería interrumpida. Ramón y Cajal propuso la existencia de unos ‘mensajeros químicos’ (neurotransmisores) encargados de llevar esa señal de una neurona a otra.
Esta explicación del funcionamiento del sistema nervioso se vería sustentada varias años después cuando un colega suyo, Henry Hallet Dale, descubrió el primer neurotransmisor, la acetilcolina. Para corroborar el modelo morfológico propuesto por don Santiago hubo que esperar hasta la segunda década del siglo XX cuando las imágenes proporcionadas por los microscopios electrónicos demostraron que Cajal no se había equivocado en su apreciación.
La teoría de la neurotransmisión o transmisión sináptica fue el detonante para comprender cómo funciona el sistema nervioso y como actúan muchas de las drogas que intervienen en él. La teoría de los neurotransmisores supuso el inicio de un campo fascinante de la farmacología.
Fueron muchos los reconocimientos internacionales que tuvo nuestro investigador. Son muchas las universidades que lo nombraron doctor honoris causa (Boston, la Sorbona, Cambridge, etc.). Los premios que recibió en vida (como debe ser) se cuentan por docenas, a destacar la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Medalla Plus Ultra o la Gran Cruz de la Legión de Honor francesa (con lo remisos que son los franceses para premiar a un no-gabacho en general y sobre todo a un español en particular).
Pero de todo este reconocimiento la palma se la llevó cuando le dieron el Premio Nobel en medicina. En 1906 la academia sueca concedió este galardón a Ramón y Cajal por su contribución a la recién descubierta neurociencia y a otro investigador, Camillo Golgi, por contribuir a los descubrimientos de Cajal aportando un novedoso método de tinción celular que permitió al español estudiar mejor las muestras.
Que un español consiguiera la máxima distinción a la que puede aspirar un científico ha sido, y sigue siendo, un orgullo para España pues nuestro país no se prodiga mucho en este tipo de talentos. Quizás, bien mirado, habría que reflexionar y llegar a la misma conclusión que Ortega y Gasset, el cual dijo que en lugar de un orgullo era una vergüenza porque la trayectoria científica de Ramón y Cajal era la excepción y no la norma.
Este científico no solo dio muestras de ser un investigador excepcional, también demostró ser una persona honesta en sus cargos públicos, algo casi tan raro en España como tener un premio Nobel. Le propusieron ser ministro de Salud e Instrucción Pública pero lo rechazó aunque sí aceptó ser senador vitalicio porque el cargo era gratuito; cuando envió a su hijo a estudiar al extranjero él era presidente de una institución que patrocinaba estudios de investigación, pero los gastos derivados de esa estancia los pagó de su bolsillo en lugar de concederle una beca como todos esperaban y cuando le nombraron director del Laboratorio de Investigaciones Biológicas pidió que le rebajaran el sueldo por considerarlo demasiado elevado.
Como investigador y como persona, Ramón y Cajal fue un referente. Nuestro segundo y último premio Nobel en medicina, Severo Ochoa, reconoció que la investigación en España era muy pobre, pero sin Cajal habría sido nula.
Ojalá nos lleguen más premios Nobel en ciencia y superemos ese paupérrimo número dos. Ojalá las palabras de Ramón y Cajal dejen de ser ciertas algún día: «Al carro de la cultura española le falta la rueda de la ciencia».



martes, 26 de noviembre de 2019

Bacterias resistentes a antibióticos: el nuevo Armagedón




«En caso de duda consulte a su farmacéutico» Este consejo -duramente criticado por algunos médicos que se resisten a reconocer que de fármacos quien entiende más es el boticario- aparece en la publicidad de muchos medicamentos -una publicidad que, ya puestos a criticar, yo he cuestionado con dureza desde siempre-. Pero esa frase no es un adorno cualquiera, o un reclamo publicitario más. Consultar cuando se tienen dudas sobre lo que sea es lo más lógico que se puede hacer, además se ha de preguntar a quien entiende del tema. De cajón. Si, encima, nuestras dudas se refieren a la administración de un medicamento, el preguntar y consultar se convierte en algo indispensable para no liarla parda.
Cualquier fármaco debe utilizarse con mesura y siempre siguiendo las pautas que el médico o el farmacéutico prescriben; esto debe hacerse por seguridad y por sentido común. Pero ya se sabe que el sentido común es el menos común de los sentidos y muchas veces brilla por su ausencia viendo las barbaridades que hacen algunos cuando se están medicando.
Administrarse el doble de la dosis prescrita en la creencia de que, al doblar la cantidad, el tiempo en sanar será la mitad, es un ejemplo de los muchos que podría citar y a los que asistí en mi etapa profesional detrás de un mostrador de una oficina de farmacia. Aún recuerdo con espanto el día que un cliente, delante de mí, se bebió un frasco entero de Bisolvón tras decir «En lugar de tomármelo durante una semana, me lo tomo de una vez y la tos se me curará antes».
Esta estulticia por parte de algunos es especialmente peligrosa cuando se trata de antibióticos, pero no solo es peligrosa para el que comete la imprudencia, lo es también para todos los demás.
La arrogancia de algunos pacientes al creer que ellos saben mejor que nadie cuándo y cómo deben tomar un antibiótico se convierte en un peligro que nos afecta a todos, a los insensatos y a los que aún nos queda un poquito de ese sentido común que tan raramente aparece. Y es que el uso indiscriminado de los antibióticos nos ha llevado a una situación muy delicada que está provocando un problema serio a nivel sanitario por culpa de las resistencias a los antibióticos.
Pero, ¿qué son las resistencias a los antibióticos? Para entender en qué consisten, primero hay que saber algo sobre la morfología de las bacterias.
Las bacterias son microorganismos procariotas, lo que en castellano llano quiere decir organismos microscópicos unicelulares muy sencillitos. Esa sencillez se traduce en que su material genético está resumido en una cadena única de ADN, sistema haploide, y no en dos como se da en las células más complejas o diploides. Además, esa cadena es muy cortita, es decir, tiene muy pocos genes, algo natural pues si la bacteria solo está compuesta de una célula, a qué llevar mucha información. Si uno es simple, es simple y ya está.
Cuando un ser vivo tiene doble cadena de ADN, los genes que codifican una misma función, o una característica, están duplicados. Si son iguales no hay problema, se manifiesta lo que esos dos genes “dicen”, pero si son distintos ―lo que suele ocurrir la mayoría de las veces― entonces uno de los genes (el gen dominante) se impone sobre el otro (gen recesivo) y ese es el que “dice” cómo va a ser la característica o función que regula. A veces no domina ninguno y, en completo consenso, la característica o función resultante es una mezcla de lo que dice uno y de lo que dice el otro.
Por ejemplo, un gen dice que los ojos van a ser de color azul, y el otro que marrones. Si ninguno tiene la fuerza necesaria para imponerse a su compañero, el resultado será ojos de color verde: ni para ti, ni para mí (en realidad el mecanismo es mucho más complejo, pero no voy a meterme en profundidades).
Esto ocurre en los sistemas diploides, es decir, aquellos que tienen doble cadena de ADN, pero ya hemos dicho que las bacterias son haploides, que tienen solo una cadena de ADN.
En el ADN de las bacterias cada gen es dueño y señor de su información, no tiene ningún compañero que le tosa ni que le cuestione. Si un gen “dice” que va a romper la membrana de las células óseas (por poner un ejemplo), las va a romper sí o sí.
Hemos hablado de seres haploides y de cadenas únicas de ADN, ahora vamos a complicar un poquito más las cosas hablando de mutaciones genéticas.
Básicamente, una mutación genética es un cambio en la secuencia o en la naturaleza del ADN celular. Las mutaciones se pueden dar por muchos motivos pero la mayoría de las veces son espontáneas, ocurren porque sí, sin más razón ni causa.
Cuando un gen muta en una célula de un organismo complejo, ese cambio pasa desapercibido en la inmensa mayoría de los casos, pero cuando lo hace en un ser que solo está compuesto de una célula y que solo tiene una cadena de ADN, el cambio se va a manifestar siempre.
Las bacterias mutan constantemente. Según en qué consista la mutación el resultado puede ser o no preocupante. La mayoría de las veces esos cambios aleatorios que el azar ha conferido se quedan en nada, pero a veces, la mutación consiste en aportar una característica que, por ejemplo, las hace invulnerables al ataque de un agente extraño. Si ese agente extraño no anda por las inmediaciones de la bacteria mutante, la mutación pasa desapercibida, pero si el agente extraño está presente la bacteria que ha mutado tendrá una característica que la hará más fuerte frente a sus compañeras que no tienen esa mutación y, mientras sus colegas sin mutar sucumben frente al enemigo (el agente extraño), la bacteria mutante sobrevivirá y será la que se reproduzca (el término correcto es replicación) dando más bacterias fuertes frente a ese agente exterior. Teniendo en cuenta que el ritmo reproductor/replicador de las bacterias es asombroso, el surgimiento de una nueva cepa de bacterias con esa mutación es drástico.
Si el agente extraño se trata de un antibiótico, la bacteria mutante resulta ser una bacteria resistente a ese antibiótico.
Así que, ante todo esto, los antibióticos no crean las resistencias, la mutación es obra del azar. Lo que hacen los antibióticos es seleccionar y propiciar que una bacteria resistente a ellos y que ha mutado, insisto, aleatoriamente, sea la que sobreviva y la que se replique creando millones de coleguitas idénticas a ella.
Tomar antibióticos puede favorecer que esas bacterias mutantes y resistentes proliferen al ser las más fuertes. Entonces… ¿no debemos tomar antibióticos? Sí y… no.
Hay que tomar antibióticos cuando sea necesario. Esto, que parece una perogrullada de tomo y lomo, resulta que no se cumple casi nunca.
Cuando tenemos una infección bacteriana hay que combatirla con antibióticos, siempre siguiendo las pautas y los tiempos establecidos por el personal sanitario -dentro del personal sanitario no se encuentra la vecina del quinto que tuvo una enfermedad parecida y que se tomó una cosa que le vino muy bien-. Y en ese aspecto, el de ser una infección bacteriana, se encuentra el motivo principal por el que hoy en día hay tantas bacterias resistentes.
Hemos visto cómo las bacterias se replican y cómo una mutación las puede dar súper poderes según en qué medio se desenvuelvan. Pero ¿qué pasa con los virus? Pues, con los virus no pasa nada cuando se dan antibióticos, porque LOS ANTIBIÓTICOS NO SIRVEN PARA LOS VIRUS. Es más, si tratamos con antibióticos una infección vírica, no solo no vamos a conseguir que el paciente se cure, además vamos a propiciar que las posibles bacterias mutantes que pueda tener el paciente (que no están causando infección) *, proliferen más que sus compañeras y sean las que predominen, en una posterior y probable infección, resistiendo el tratamiento antibiótico.
Y ¿cómo sabemos si tenemos una infección vírica o bacteriana? La mayoría de los procesos catarrales y todos los gripales son causados por virus. En el mercado farmacéutico hay otro tipo de compuestos llamados antivirales pero que, en procesos no peligrosos, como son los catarros y la mayoría de las gripes, no se emplean en pacientes con un estado de salud óptimo (virus gripal aparte).
Así que cuando uno moquea un poquito, tiene algo de tos o simplemente se ha agarrado la gripe invernal de todos los años, lo que hay que hacer es esperar que el virus se marche (termine su ciclo vital) y, mientras lo hace, combatir los síntomas para que el virus de marras no nos haga demasiado la puñeta. Tomar cualquier tipo de fármaco que no sea un antitérmico, descongestionante o analgésico, no va a servir de nada. De todos debería ser conocido que el virus de la gripe con tratamiento dura siete días y sin tratamiento dura una semana.
De todas formas, si no estamos seguros de pasar un proceso viral o bacteriano lo que debemos hacer es preguntar, y ¿a quién? Pues a quien sabe del tema, es decir, a un médico que nos diagnosticará nuestra dolencia. Como debe ser.
Desde que Fleming descubrió la penicilina en 1928 son muchos millones de vidas las que se han salvado gracias a los antibióticos. Además, la esperanza de vida ha aumentado en más de 20 años gracias a estos fármacos. Pero esto está empezando a cambiar.
El uso/abuso indiscriminado de antibióticos ha favorecido la proliferación de bacterias resistentes a los mismos de manera que el año pasado hubo casi un millón de muertes por infecciones resistentes a antibióticos. Bacterias relativamente fáciles de combatir hace unos años son, en la actualidad, un hueso duro de roer para acabar con ellas. Infecciones más o menos curables hace unas décadas están empezando a resultar mortales en algunos países.
Los laboratorios farmacéuticos están al quite, pero el avance en la creación de nuevos antibióticos no es tan rápido como la aparición de cepas resistentes. El panorama se presenta muy negro, se estima que en 2050 habrá diez millones de muertes atribuibles a infecciones resistentes a antibióticos superando al cáncer como principal causa de muerte en el mundo.
La cosa es seria y si no nos ponemos las pilas esto puede terminar como el rosario de la aurora.
Mucho se habla del cambio climático y sus desastrosas consecuencias en la supervivencia del género humano, pero tenemos otros enemigos que también pueden acabar con nosotros y mucho antes de que lo haga el sobrecalentamiento global: las bacterias.
Cuando algunos se imaginan un mundo distópico donde la Tierra ha sido destruida, piensan en un planeta arrasado por la radiación nuclear, o devastado por desastres climatológicos, o por fenómenos naturales como terremotos y tsunamis, incluso invadido por seres de otras galaxias. Yo me imagino la Tierra despoblada de vida humana al ser invadida por otra especie, pero no extraterrestre: me imagino la extinción del género humano por la invasión de unos seres procariotas microscópicos. ¿Alarmismo? ¿Desvarío? No. Deducción lógica. Como sigamos así las vamos a pasar canutas.
Pero aún estamos a tiempo, más o menos. En manos de todos está el uso responsable de los antibióticos, nos va en ello la salud y la supervivencia.


(*) la presencia de bacterias patógenas en el organismo no siempre es sinónimo de infección, todo depende del sistema inmune del individuo y de la cantidad de bacterias presentes.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Blossom, la vaca que salvó vidas


Solemos asociar la figura del héroe con algunos nombres. Suelen ser personajes, masculinos o femeninos, que por la actividad de toda una vida o por un hecho puntual, salvaron muchas vidas. Invariablemente, estos nombres son de hombres o de mujeres, pero eso es injusto porque fuera de nuestra especie también hay figuras que supusieron un punto de inflexión, como el personaje que hoy traigo: una vaca.
En el siglo XVIII la esperanza de vida para los humanos no era muy esperanzadora, valga la redundancia. Entre las enfermedades, las condiciones higiénicas y la poca preparación de los médicos, la cosa no pintaba nada bien en cuestión de salud.
Entre los males que asolaban a la población dieciochesca se encontraba la viruela. Esta enfermedad la causaba un virus, Variola virus, y se caracterizaba por la aparición de abultamientos y ampollas por todo el cuerpo acompañados de fiebre muy alta que si era además hemorrágica mandaba al infectado al otro barrio en un plis plas. En cualquier caso, con hemorragia o sin ella, el índice de mortalidad era muy elevado. Tenía otra característica este virus, y es que solo infectaba una vez en la vida; si el paciente la palmaba evidentemente el virus ya no podía volver a darle por saco, pero si sobrevivía, tampoco, pues el afectado quedaba protegido de posteriores ataques.
Nunca hubo un tratamiento para la viruela, la única posibilidad de sobrevivir a la infección era aguantar el embate del virus, cruzar los dedos y esperar a que el organismo hiciera frente y venciera al agente invasor. No obstante, en el siglo XVIII se utilizaba una técnica con resultados diversos: la variolización. Este procedimiento se basaba en infectar a personas sanas con el virus de la viruela de otra persona enferma. Puede parecer una barbaridad, ¿verdad? Sin embargo, a veces funcionaba… pero solo a veces.
Esta técnica se aplicaba en Turquía desde mucho tiempo atrás y a Europa llegó de la mano de una mujer, Lady Montagu, tras su estancia en tierras otomanas. Básicamente consistía en tomar muestras de costras de viruela de un paciente infectado para posteriormente introducir el polvo resultante, mediante una incisión en la piel, en un individuo sano. Tras la inoculación el individuo sano dejaba de estarlo pues comenzaba a padecer fiebre acompañada de síntomas de viruela; después de pasar varios días podían ocurrir dos cosas: una, superaba el proceso febril y quedaba protegido contra la enfermedad (en realidad la había pasado, aunque menos agresivamente); dos, no lo superaba… y cascaba.
Así que esta técnica no era plenamente efectiva, hacía aguas. Pero es lo que había.
Hasta que llegó Edward Jenner, un científico británico.
Se da la curiosidad de que este hombre tuvo su propia experiencia con la viruela siendo un niño. Cuando tenía ocho años hubo un brote de viruela en su localidad y él fue inoculado con el virus de un enfermo, junto a un montón de niños de la zona. Como se sabía que los inoculados podían enfermar y contagiar a su vez, la metodología de prevención en aquella época consistía en aislar a los infectados en un establo sin contacto exterior, lo que se traducía en no poder salir durante cuarenta días ―el tiempo estimado para saber si sobrevivían o si palmaban― teniendo que comer, dormir y realizar las funciones fisiológicas (léase defecar y orinar) en el mismo sitio. Jenner, salió airoso de la prueba, pero esos cuarenta días encerrado lo dejaron marcado para siempre.
Pero, en realidad, la experiencia fue positiva, al menos para el resto de la Humanidad. Ya de mayor, y sabiendo que la variolización era muy chunga, se puso a investigar. Observó que entre las mujeres que se dedicaban a ordeñar las vacas no había casos de viruela, aunque a veces presentaban unas vesículas en la piel «parecidas» a las de esta enfermedad e idénticas a las que presentaban las ubres de algunas vacas.
Tras esta observación, decidió hacer una variante de la variolización. Un día tomó muestras de unas ampollas que tenía una vaquera en las manos y que se había infectado al ordeñar una vaca llamada Blossom. Las muestras se las inoculó al pequeño James de ocho años, el hijo de su jardinero, y esperó a ver qué pasaba.
El crío tuvo algo de fiebre pero poco más, no sufrió ningún trastorno grave. Pasadas unas semanas, Jenner fue más allá, sometió al niño a una variolización para comprobar posteriormente que la criatura no presentaba ningún síntoma, ni fiebre ni nada. Pero ahí tampoco se detuvo Jenner, siguió repitiendo el procedimiento varias veces. El niño resistió todas las inoculaciones como si tal cosa y entonces Jenner llegó a la conclusión de que estaba plenamente inmunizado y sin pasar ningún sufrimiento.
Como la cosa salió bien, ahora Jenner está en muchos libros de texto con letras de oro, si el resultado hubiera sido negativo ahora se le consideraría un infanticida.
El caso es que el virus de Blossom fue el causante de este éxito, y ¿qué tenía ese virus? Pues que era «parecido» al de la viruela humana pero no igual, y ahí radicaba la diferencia precisamente.
La viruela de las vacas, viruela vacuna o bovina, la causa el Cowpox virus*, un agente infeccioso que en los humanos no produce síntomas tan graves como el Variola virus, el de la viruela humana, pero que sí crea anticuerpos en el organismo de un ser humano y, además, esos anticuerpos son útiles para combatir la infección grave, la de la viruela humana.
Así que el bueno de Jenner y gracias a la contribución desinteresada de Blossom, la vaca lechera más famosa de la Historia, creó la primera vacuna. Luego vendrían Pasteur y Koch para profundizar más en la forma de actuar de los microorganismos (bacterias y virus principalmente), pero a Jenner se le considera el padre de la inmunología, pues empíricamente, sin tener ni siquiera un microscopio, abrió un nuevo campo que reportó grandes beneficios a la salud: el de las vacunas.
La vacunación sistemática contra la viruela consiguió que se erradicara (la viruela, junto a la peste bovina, son las dos únicas enfermedades que el hombre ha conseguido eliminar de la naturaleza). Hasta hace menos de un siglo era una enfermedad altamente letal ya que el único tratamiento posible, en caso de infección, era el sintomático, es decir, combatir la fiebre, evitar la deshidratación y que las pústulas y/o vesículas cutáneas no se infectaran, mientras se esperaba que el organismo venciera al virus por sí mismo.
Afortunadamente esto es cosa del pasado. Al menos, de momento, porque hay muestras «guardadas» en dos laboratorios, uno ruso y otro estadounidense ―qué miedito da― desobedeciendo el mandato de la OMS que en 1993 ordenó destruir todas las muestras. Estos laboratorios siguen empeñados en quedarse con unos cuantos viales del virus «por si acaso». El armamento biológico es un arma muy poderosa, valga la redundancia. Pero ese ya es otro tema.
Dejemos el chantaje biológico y quedémonos con Jenner, su incansable curiosidad, y recordemos también la generosidad de James ―supongo que completamente involuntaria― y la aportación vírica de Blossom.
Un aplauso para los tres.



*No confundir con Vaccinia virus o "virus vacuna", un virus primo hermano del Cowpox virus pero que no procede de las vacas precisamente, sino de los caballos y que ha dado lugar a cierto lío a la hora de nombrar a estos agentes infecciosos.



miércoles, 23 de octubre de 2019

Vacunarse o no vacunarse, ¿es esa la cuestión?


En esta sección del blog, Al día con la Ciencia, el objetivo se centra en aclarar algunos temas científicos que, dada su complejidad no son bien entendidos o hay cierta dificultad para comprenderlos.
Pero en el caso de esta publicación de hoy no es exactamente esa la intención, pues el tema a tratar no tiene nada de complejo; la explicación es necesaria por otros motivos como la desinformación que algunos sectores interesados quieren difundir para confusión y jaleo del respetable.
Hoy voy a centrarme en un tema controvertido desde hace relativamente poco tiempo: vacunas sí o vacunas no.
Vayamos por partes, ¿sabemos qué es una vacuna o cómo actúa?
Según la Organización Mundial de la Salud: «Se entiende por vacuna cualquier preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos. Puede tratarse, por ejemplo, de una suspensión de microorganismos muertos o atenuados, o de productos o derivados de microorganismos.»
Ahora viene el siguiente paso, ¿sabemos qué son los anticuerpos?
Los anticuerpos son proteínas que reaccionan específicamente contra los antígenos (agentes extraños que provocan reacciones de defensa en el organismo). Los anticuerpos son utilizados por el sistema inmunológico para reconocer y bloquear virus, bacterias, hongos o parásitos.
Por lo tanto, si tenemos anticuerpos adecuados podremos defendernos de los ataques de los antígenos en forma de microorganismos o parásitos que producen infecciones.
De toda esta información hay que tener en cuenta que las reacciones inmunológicas son ESPECÍFICAS, es decir, que no todos los anticuerpos sirven para combatir todas las enfermedades infecciosas. Así que, si queremos inmunizarnos contra la gripe, es necesario tener anticuerpos específicos que se unan y bloqueen al virus que la provoca, de manera que éste quede inutilizado y no pueda dañar nuestro organismo, o lo que es igual, no pueda hacernos enfermar.
Pero ¿cómo generamos esos anticuerpos específicos? Para tener una defensa adecuada el organismo tiene unos mecanismos fisiológicos que se basan en “reconocer” al enemigo ―léase la bacteria, el virus o el agente infeccioso que sea― y “prepararse” adecuadamente. Es como si un ejército que ve cómo sus fronteras son traspasadas por un grupo de invasores, y antes de atacar, observa cómo van pertrechados los enemigos para actuar en consecuencia y así conseguir que su defensa sea lo más rápida y efectiva posible.
No es lo mismo que te invada un ejército de hunos armados con hachas y lanzas por los Pirineos mandado por Atila, que lo haga un buque de la armada americana lleno de marines por Algeciras mandado por Trump. Para el primer caso nuestro país tendría posibilidades de repeler el ataque, para el segundo a mí me da que no. Pero no nos desviemos del tema.
Preparar un plan de defensa y ataque no es algo que se pueda hacer de un día para otro, es necesario tiempo, y tiempo es precisamente lo que no sobra cuando nos ataca una bacteria, o un virus. Cuanto antes empecemos a cargarnos al enemigo más probabilidad habrá de que este no nos haga daño. De cajón.
Por eso, si cuando el malo ―vuélvase a leer bacteria, virus o el agente infeccioso que sea― entra en nuestros dominios con intenciones alevosas nosotros ya tenemos preparada la defensa adecuada, porque sabemos cómo es el invasor, porque sabemos cuáles son sus puntos débiles y porque tenemos preparado el armamento idóneo, entonces no tenemos más que desplegar nuestro ejército bien equipado ―léase anticuerpos, y macrófagos (una especie de guerrero beligerante que se come todo lo que se le pone por delante al reconocerlo como extraño)―. Si nos pillan preparados, la defensa será adecuada y eficaz, e impediremos que el atacante haga daño a nuestras posesiones ―léase órganos― evitando que caigamos enfermos.
Pero ¿cómo podemos tener nuestro ejército bien preparado ANTES de que lleguen los invasores? Pues gracias a las vacunas.
Las vacunas dan información valiosa a nuestro organismo. Es el aliado que nos cuenta cuáles son los puntos débiles del enemigo, o cómo son los planes de ataque del mismo. Porque las vacunas consisten en “soldados enemigos” debilitados/desarmados o simplemente muertos, de manera que nos enseñan cómo son, nos facilitan los planos de su manera de atacar, pero sin poder atacarnos realmente pues no tienen fuerzas para hacerlo.
Cuando sabemos cómo es el enemigo, nuestro sistema inmune comienza a trabajar, y prepara anticuerpos específicos para combatirlo y  una vez formados adecuadamente quedan en la reserva, acuartelados, para el caso de que se dé una invasión en toda regla con soldados plenamente equipados y con todo su potencial destructor.
Bien, pues en esta estrategia inmuno militar, algunos argumentan que las vacunas han dejado de ser necesarias porque ya no hay enemigos que combatir. Y en esta aseveración se ha fundamentado una corriente antivacunas que está causando mucho daño y más de una muerte.
Es cierto que algunos enemigos ya no están entre nosotros ―léase enfermedades erradicadas como la viruela―, pero otros, aunque no aparezcan o se hagan ver, no quiere decir que no existan, simplemente están sometidos, lo que en términos militares se llama neutralizar, es decir, no me puede hacer daño, pero porque lo tengo controlado, retenido gracias a mi armamento, y ¿qué armamento es ese? Las vacunas.
Si algunas enfermedades no aparecen ya, es gracias a las vacunas. Como la población, que ha sido previamente vacunada, es inmune, al llegar el agente infeccioso a nuestro cuerpo ―porque el enemigo no está muerto, anda suelto por ahí― nosotros lo combatimos y no padecemos la enfermedad.
En 2015 falleció un niño en Olot por difteria, una enfermedad respiratoria de origen infeccioso y que no daba señales de vida desde hacía más de treinta y cinco años en nuestro país. Parece ser que los padres del crío decidieron no vacunarle siguiendo la corriente/moda bastante extendida que está en contra de las vacunas.
Esta animadversión hacia las vacunas se basa principalmente en la manía persecutoria y el trastorno paranoico de la teoría de la conspiración sobre la industria farmacéutica y que viene a decir que el ‘holding’ farmacéutico solo pretende robarnos, el dinero y la salud, y que todo lo que venden es veneno. Estos acérrimos enemigos de esta industria no se ponen tan beligerantes cuando sus familiares más queridos, o simplemente ellos, se agarran una enfermedad de las chungas y se curan gracias a esos “venenos”.
Otros argumentan, para evitar las vacunas, que estas tienen efectos secundarios. Todos los tratamientos tienen (posibles) efectos secundarios, incluidas las vacunas. Antes de que un fármaco se ponga en circulación se estudian los efectos contraproducentes y los beneficiosos, según el riesgo y la mejora que pueda aportar se decide si es viable.
No quiero extenderme, pero el efecto beneficioso de las vacunas es incuestionable y no porque lo diga yo, sino porque las estadísticas cantan. Desde que se estableció un calendario de vacunación apropiado, la mortalidad infantil (y la adulta también) debida a enfermedades infecciosas ha descendido significativamente, mientras que los efectos perniciosos que algunas vacunas pueden producir se cuentan como casos muy aislados.
Con las vacunaciones sistemáticas, el sarampión, la rubeola o la poliomielitis han reducido el 90% su incidencia en tan solo dos décadas. Si no nos vacunamos nos exponemos a la reaparición de brotes de enfermedades casi erradicadas en nuestro país. De hecho, recientemente se están viendo, de nuevo, casos de sarampión, tos ferina, difteria o meningitis. Algo que no ocurría desde la década de los sesenta del siglo pasado.
A todos aquellos padres que deciden no vacunar a sus hijos porque creen que las vacunas son innecesarias les recordaría que probablemente sus hijos no estén necesitando, de momento, esas vacunas porque los hijos de la inmensa mayoría de otros padres están vacunados y esas enfermedades tan peligrosas no abundan en nuestra sociedad gracias precisamente a esas vacunas que ellos desprecian tan alegremente.
 Pero hay un problema, y esta situación puede volverse aún más peligrosa. Nuestra sociedad cada vez está más diversificada, la movilidad de gente de nacionalidades muy distintas nos pone en contacto con otras culturas y también con enfermedades que estaban controladas. Porque nuestro calendario de vacunación no rige en otros países donde sus habitantes pueden ser portadores de algunas enfermedades que nos traen cuando llegan de viaje y que… pueden contraer todos aquellos que no estén vacunados.
Aun así, todavía hay algunos a los que les gusta agitar el avispero, alarmar al personal, contando, sin saber de la misa la media, la historia a su conveniencia. Me gustaría hablar con sinceridad de esos grupos que se hacen llamar antivacunas, pero la educación y cierto pudor a la hora de utilizar palabras soeces me lo impiden. Sólo comentar que cuando se habla de algo hay que saber de qué se habla, que decir una verdad a medias es peor que mentir y que utilizar el temor y el desconocimiento de algunos para cobrar protagonismo es ruin y despreciable.
Dejémonos de modas y tengamos un poquito de sentido común.



NOTA. El origen de la palabra “vacuna” y cómo se descubrió la primera de todas será un tema a tratar en una próxima publicación, en la sección “La Ciencia en la Historia”. Permanezcan atentos a sus pantallas.