jueves, 5 de marzo de 2026

Ciencia y despiste: un binomio bien avenido.

 

La mayoría de los científicos suelen ser muy despistados.

Genios de la Ciencia han sido señalados por sus rarezas, pero también por sus despistes. Podría decirse que, si la demencia es la madre de la ciencia, el despiste es el padre.

Newton dio muestras de vivir en su mundo particular cuando, ante la petición de Halley, no encontró los cálculos que demostraban que la trayectoria de los planetas es una elipse. Hay que ser despistado (y desordenado también) para perder algo así. Pero también es conocida una anécdota que se cuenta de él: dicen que una criada lo pilló un día en la cocina cociendo su reloj de bolsillo mientras miraba fijamente un huevo para averiguar qué hora era.

Einstein también fue prolijo en despistes. Parece ser que en un viaje en tren el revisor le pidió el billete y el padre de la teoría de la relatividad no lo encontraba al olvidarse de dónde lo había guardado. El funcionario le quitó importancia porque lo conocía de sobra, pero el científico siguió buscando el billete ya que también se había olvidado de adonde iba.

Estos son solo dos ejemplos de científicos despistados. Pero esos lapsus abundan entre el personal que se dedica a la investigación. Y tiene su porqué.

Yo misma me caracterizo por ser el despiste en persona. Espero que se me disculpe el protagonismo, pero en cuanto a investigadores soy el ejemplo que tengo más cercano y que mejor conozco.

Más de una vez he buscado durante muchos minutos unas gafas que tenía puestas, o me he dejado la televisión encendida cuando me he ido a la cama, o he salido de casa sin el bolso ni el abrigo. Afortunadamente tengo garaje donde guardar el coche porque, de lo contrario, ya me lo habrían robado varias veces dada mi querencia por dejarlo abierto, al menos el coche viejo que tenía hasta hace un par de años; ahora tengo uno que en cuanto me alejo con las llaves se cierra solo (siempre y cuando me acuerde de llevar encima las dichosas llaves y no me las deje dentro del auto, claro).

Esto en cuanto a despistes de la vida diaria, pero en el laboratorio también tengo un buen catálogo: dejar una muestra al baño María para que se produzca una reacción colorimétrica y tras pasar un buen rato sin cambios perceptibles darme cuenta de que no he encendido el baño y el agua no se estaba calentando; medir marcadores en viales que no tenían ninguna muestra porque no se la había añadido y el resultado era cero patatero; olvidarme de que ya le había extraído el hígado a una rata (muerta) y al intentar volver a quitárselo llevarme el susto padre porque no estaba donde suelen estar los hígados de las ratas. Más de un día he llegado a casa con la bata del laboratorio puesta porque no me he acordado de quitármela al salir. En fin, un auténtico despropósito.

A raíz de todo lo expuesto, otra característica común en la gente que se dedica a investigar es la de «volver a…».

Como no nos acordamos de lo que hemos hecho (o de lo que no hemos hecho) es habitual que regresemos a los sitios de los que unos instantes antes hemos salido para recoger o constatar algo de lo que nos hemos olvidado.

Recuerdo un día que acabé en el laboratorio bastante tarde realizando unas mediciones para mi tesis doctoral. Yo era la última en salir y así se lo comuniqué al guardia de seguridad para que cerrara el departamento. Cuando iba camino del metro me entraron dudas de si había guardado en la nevera las muestras biológicas que había estado utilizando. Volví sobre mis pasos y le pedí al mencionado guardia de seguridad que me abriera, por favor, el laboratorio. Las muestras estaban donde tenían que estar (mejor así) y me marché tras agradecer al empleado el trabajo añadido de abrir y cerrar dos veces seguidas. No había salido de la facultad cuando me asaltó otra duda: al comprobar que las muestras estaban en la nevera… ¿había cerrado la puerta del frigorífico? Volví oootra vez al punto de partida y oootra vez le pedí al segurata que me abriera la sala. En esta ocasión la sonrisa que caracterizaba al custodio de las instalaciones se trocó en un rictus de socarronería, pero no de asombro porque, por suerte para mí y por desgracia para él, este comportamiento de volver seguidamente a verificar algo es muy común entre la gente con la que tiene que bregar el pobre hombre: los investigadores.

Dicen también de Einstein que más de una vez dejó de ir a dar clase porque se olvidó de que tenía que impartir docencia. Sin hacer comparaciones odiosas (y desequilibradas porque la calidad de mi cerebro no le llega ni a la suela de los zapatos de don Albert), he de comentar que yo no he dejado de dar nunca una clase por olvido, pero llegar con la hora pegada al culo porque me he acordado en el último momento de que ese día tenía que explicar magistral… eso me ha ocurrido en más de una ocasión.

Lo de no encontrar el billete del transporte público también me pasó una vez en el autobús; a diferencia de Einstein, y para mi desgracia, el revisor no me conocía de nada y tuve que pagar multa (juro que no me colé); por fortuna yo sí me acordaba de adonde iba.

Todos estos comportamientos tan excéntricos (quizás no tanto) tienen fundamento científico, algo muy apropiado si, como estamos viendo, caracteriza precisamente a la comunidad científica.

La red neuronal del cerebro humano está especialmente diseñada para reconocer patrones, pero no para procesar en paralelo; o lo que es lo mismo: o haces una cosa o haces otra. Se dice que las mujeres estamos capacitadas para hacer más de una tarea a la vez; yo no lo pongo en duda, lo que cuestiono es que las hagamos bien (al menos yo).

También es cierto que lo de hacer varias labores a la vez es cuestión de entrenamiento; o lo que es lo mismo: a la fuerza ahorcan. Pero este no es el objetivo prioritario de nuestro cerebro. Aunque nuestras neuronas han evolucionado hacia una alta especialización, el diseño biológico del cerebro impide que todas sus partes operen a plena potencia simultáneamente; o lo que es lo mismo (otra vez): o haces una cosa o haces otra, y si haces las dos no te va a salir bien alguna de ellas (o las dos).

Por lo tanto, si un científico (léase bueno y genial como Einstein, o mediocre como una servidora) se centra en una tarea investigadora (léase la teoría de la relatividad en Einstein, el perfil lipídico de sus pacientes en una servidora) no se le puede pedir también que se acuerde de si dejó abierta o cerrada la puerta de la nevera.

 


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