Todos somos
conscientes de que el consumo de drogas es una lacra que afecta a nuestra
sociedad y que preocupa a muchos gobernantes (que se lo pregunten a Trump y su
angustia con el desenfrenado consumo de fentanilo en su país). Pero esto no es
una consecuencia de la sociedad moderna y civilizada, la cosa viene de antiguo.
Al ser humano eso de ponerse ciego y colocarse le ha gustado desde siempre.
Antes de entrar en materia sería conveniente definir qué es una droga.
Cuando utilizamos este término pensamos en sustancias prohibidas y perseguidas
por la ley, pero nos olvidamos de las que están aceptadas no solo en el marco
legal sino en la propia sociedad.
Según la OMS droga es toda aquella sustancia natural o sintética que al
ser introducida en el organismo puede alterar de algún modo el sistema nervioso
central, generando modificaciones en el estado de consciencia, de pensamiento,
del estado de ánimo y de las funciones motoras (sic). En este contexto se
encuentran la cocaína, la heroína, los estupefacientes, el LSD…, pero también
el alcohol, el tabaco e, incluso, la cafeína.
Así que todos, salvo los bebés y los anacoretas, hemos consumido drogas
en algún momento de nuestras vidas. El que esté libre de pecado que tire la
primera piedra.
Pero… ¿desde cuándo estamos enganchados a tomar sustancias que alteran
nuestro sistema nervioso central y nos hacen sentir diferentes?
Hay registros arqueológicos que indican esta afición desde hace miles de
años y me voy a centrar solo en las sustancias que ahora están prohibidas (lo del alcohol y el tabaco mejor lo dejamos para otra ocasión).
En la cueva de Shanidar (Irak) se encontraron enterramientos de
neandertales donde, a modo de ofrenda floral, se hallaban también pólenes de
plantas con propiedades alucinógenas. La ofrenda no se sabe muy bien si era un
guiño a los usos y costumbres de los finados o una manera de desearle al muerto
un buen viaje (en todos los sentidos).
En otra cueva más cercana, El Sidrón (Asturias), se localizó una
mandíbula con restos de corteza de álamo. La corteza de este árbol tiene una
sustancia, salicina, de la que se deriva el principio activo (ácido
acetilsalicílico) de uno de los analgésicos antiinflamatorios más famosos en
todo el mundo: la aspirina. Este hallazgo da a entender que el propietario de
esa mandíbula tuvo que recurrir a mascar la corteza para combatir
(presumiblemente) un dolor de muelas. En este caso el uso de esa planta no
tendría un motivo lúdico (ver imágenes distorsionadas y alucinar), aunque es
previsible que el interfecto viera igualmente luces en forma de estrellas por
culpa del flemón.
Cuando nuestros antepasados más remotos usaban plantas con potentes
efectos en el sistema nervioso central no siempre buscaban una evasión a los
problemas del día a día (conseguir comida, luchar contra el frío, evitar que un
tigre te coma…), a veces el objetivo era hacer daño a otros. Se han encontrado
proyectiles (puntas de flecha y lanzas) con restos de alcaloides para así
convertirlos en más letales. El enemigo además de recibir una buena herida
acababa rematado por la droga con la que había sido impregnada el arma previamente.
La adormidera (Papaver somniferum), contiene un látex del que se
obtiene el opio. Antes se ha mencionado el problema que tiene Trump con el
consumo de fentanilo en EE. UU., pero el emperador chino Daoguang del siglo XIX
también tenía un buen marrón con el consumo de opio por parte de sus súbditos,
tal fue así que tuvo que prohibirlo y hasta entró en guerra con los británicos.
Sin embargo, el opio ya dio guerra anteriormente. Yacimientos en Suiza nos
hacen ver que el uso de esta planta como alucinógeno ya era conocida muchos
años antes y sus propiedades narcóticas aficionaron a los pobladores de
Micenas y de la Creta minoica (en esta isla apareció la figura de una diosa con
una especie de diadema adornada con la cápsula de donde se extrae el citado
látex que contiene la droga). Por lo tanto esta curiosa amapola estuvo presente
en la vida de muchos (supuestos) adictos.
Herodoto, en siglo V a.C. contó que los escitas consumían cáñamo o, lo
que es lo mismo, Cannabis sativa, planta de la que se extrae el
cannabis, o lo que es lo mismo, la marihuana. Parece ser que su manera de
asearse consistía en poner una tienda con un buen toldo, colocar sobre unas
piedras calientes el cáñamo y comenzar a inhalar el humo que la planta
desprendía. Esta sauna tan particular era muy apreciada por este pueblo. Qué
espabilados los escitas, ahora se explica su fiereza en el combate.
Pero no solo los escitas eran aficionados al cáñamo, el consumo de
porros en la antigüedad estaba bastante extendido. Se han encontrado numerosas
tumbas con marihuana. En la necrópolis de Jirzankal (Pamir, China) se hallaron
braseros para quemar cáñamo e inhalar el humo desprendido. Canutos a la
antigua.
Algo parecido ocurrió con la cocaína, en las zonas endémicas donde la
planta (Erythroxylum coca) crece espontáneamente son igualmente
innumerables los yacimientos que muestran tubos inhaladores. En Bolivia se
encontró la tumba de un chamán con todo su equipo que consistía en restos de
cocaína y tubos para esnifar.
Pero estos tubos inhaladores también se hallaron en zonas donde la coca
no era endémica por lo que se supone que otras sustancias también se esnifaban.
Además, algunos tubos aparecían con diferentes accesorios añadidos. El tubo tal
cual servía para inhalar la sustancia psicoactiva, pero había otros que tenían
en uno de sus extremos una especie de perilla. Aquí los expertos no se ponen de
acuerdo sobre el servicio de este útil. Unos dicen que era para administrar
colirios otros que para administrar una sustancia por vía rectal, algo que
podría ser factible pues muchas drogas, como el opio y el cannabis, se absorben
mejor por el recto evitando, además, que se pierda efectividad.
Los restos de cabello (algo muy raro de hallar en un yacimiento)
encontrados en la Cueva des Càrritx (Menorca) al ser analizados se detectaron diferentes
alcaloides como atropina, escopolamina y efedrina. Estas sustancias tienen
efectos diversos que van desde la relajación (somnolencia) a la excitación (te
pones como una moto), además pueden dar una sensación de hormigueo en la piel
que muchos describen como si te estuvieran saliendo pelos o alas (lo de las
alas es el paso previo para sentir que vas a volar y de ahí al colocón absoluto
hay un paso muy corto).
Además, los análisis del pelo revelaron que el consumo no había sido
puntual porque los restos se hallaron en una buena extensión de la muestra y el
pelo se toma su tiempo en crecer. Lo de los hippies de Ibiza no fue ninguna
invención de los años 70 de las Islas Baleares, en Menorca ya le daban al tema
desde mucho antes.
Pero no solo los humanos somos amigos de «volar», a otras especies también
les gusta y no me refiero a las aves. Varios documentales han pillado a más de
un delfín «jugando» con un pez globo. Parece ser que alguna de las toxinas de
este curioso (y letal en algunos casos) pez induce un estado de somnolencia y
trance en los delfines por lo que se acercan a ellos para divertirse.
Está claro que a cualquier bicho viviente, y en cualquier momento y lugar, le gusta disfrutar y pasárselo
bien, el problema es que algunas maneras de divertirse pueden ser peligrosas y
tras la diversión viene la lamentación. Ya sabemos todos que en lo de disfrutar
lo que no mata, engorda (o es pecado).

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