De vuelta de un verano atípico por la situación excepcional que estamos
viviendo, este blog regresa con energía renovada y con un firme propósito: hablar
lo menos posible del coronavirus (aunque algo caerá).
Como todos estamos aún resacosos del periodo vacacional donde, el que
más o el que menos, se ha dedicado a vaguear, empiezo este nuevo curso hablando
de animalitos célebres en ciencia.
Son muchos los perros y los gatos protagonistas de historias más o menos
famosas: Lassie, Rin-Tin-Tin, o Niebla, dentro de los cánidos, y Garfield,
Silvestre o Hello Kitty entre los felinos. Pero todos estos animales son ficticios.
Los gatos y perros sobre los que hablaré en esta publicación y en la siguiente
son reales aunque no tengan un nombre propio porque el que recibieron fue el
del investigador que los empleó para llevar a cabo la demostración de sus
teorías científicas. Me estoy refiriendo al perro de Páulov y al gato de Schrödinger,
donde los nombres corresponden a dos científicos que desarrollaron sendas
teorías utilizando (más o menos en el caso del gato, ya lo veremos) a esos
animalitos.
Ahora, y para no empezar demasiado fuerte, me centraré en el caso del
perro, el de Páulov y al minino de Schrödinger lo dejaré para la próxima
publicación cuando estemos todos algo más despejados que lo vamos a necesitar.
Iván Páulov fue un fisiólogo ruso que recibió el Nobel de Medicina en
1904 gracias a sus experimentos con perros (se habla de el perro de Páulov,
pero lo cierto es que fueron varios). El trabajo de este científico se basó en constatar
la existencia del llamado «condicionamiento clásico».
Antes de seguir con el ruso y sus experimentos, debemos remontarnos un
poco más en el tiempo, hasta Aristóteles cuando enunció la «ley de contigüidad»
y que viene a decir: «Cuando dos cosas suelen ocurrir juntas, la aparición de
una traerá la otra a la mente».
Páulov vino a demostrar esto, pero de una manera más científica y
sustentada. Este fisiólogo sabía (porque para eso era fisiólogo) que cuando a
un perro se le muestra comida, este empieza a salivar: su sistema reacciona
ante la presencia de un alimento para poder digerirlo convenientemente y la
saliva es uno de los componentes necesarios. En este caso, la respuesta a un
estímulo (presencia de comida) no es condicionada porque el organismo reacciona
de manera “fisiológica”: hay comida, voy a comer, necesito saliva, pues salivo
(sería más o menos el discurrir ‘fisiológico’ del perro en cuestión).
Pero Páulov fue un poco más allá. Él pensó que si introducía otro
elemento que nada tuviera que ver con el acto de comer quizás se podría asociar
a un acto que sí lo tuviera. Me explico.
El ruso se dedicó a hacer sonar una campana al mismo tiempo que
presentaba la comida a los perros. Estos al ver el alimento empezaban a
salivar, como era de esperar, pero llegó un momento en que Páulov solo hacía
sonar la campana, sin ir acompañado el sonido con la presencia de comida, y los
chuchos también salivaban. Es decir, el sonido de la campana incitaba la
salivación cuando estos dos hechos nada tenían que ver entre sí desde un punto
de vista fisiológico.
Páulov también comprobó que esta respuesta condicionada tenía fecha de
caducidad: se extingue. Si después de un tiempo, la campanilla suena, pero ya no aparece
comida nunca, el perro deja de salivar, o sea, que al principio le engañaban pero
luego, al ver que la manduca no venía detrás, dejaba de producir saliva, para
qué, si ya se había aprendido que la campana no avisaba la llegada de comida.
Todo esto ocurría en animales, concretamente en perros, pero ¿y en los
humanos? ¿existiría también la respuesta condicionada?
En los años veinte del siglo pasado, en una universidad de Estados
Unidos, dos investigadores, una mujer y un hombre llamados Reyner y Watson
respectivamente, experimentaron con un niño de once meses llamado Albert.
Dado su nombre y la edad del sujeto, se llamó a la prueba y en un alarde de
originalidad «El experimento del pequeño Albert».
A este bebé se le presentó primero una rata (era una rata de
laboratorio, es decir, un animal libre de enfermedades, más o menos; nada que
ver con las ratas de alcantarilla), y el niño no tuvo signos de miedo ni de
aprensión hacia el animal. Luego, hicieron sonar un martillo contra una chapa
de metal, el sonido tan fuerte sí que asustó al pequeño que se echó a llorar en
cuanto sus tiernos oídos fueron así maltratados. Durante varias sesiones, al
nene le ponían delante la rata acompañada del ruido fuerte, y el infante se
ponía a llorar a moco tendido. Llegó un momento en que solo le presentaban la
rata sin el fuerte ruido, pero el niño lloraba igualmente. Es decir, el niño
asociaba la presencia de la rata con el ruido molesto y asustadizo por lo que
se echaba a llorar: la respuesta de llorar estaba condicionada por un estímulo
que no le daba miedo, la rata. El experimento fue más allá, al pobre bebé,
cuando le ponían delante cualquier otro animal peludo (un perro, un gato o un
conejo) lloraba también.
En el caso del pequeño Albert no se continuó el experimento para
averiguar si, al igual que pasaba con los perros de Páulov, con el tiempo la
respuesta condicionada se extinguía (dicen que la madre de la criatura se lo
llevó maldiciendo a todos lo científicos de aquella universidad por hacer sufrir
así a su pobre hijito). Como no se pudo terminar el experimento no se sabe si Albert
arrastró durante toda su vida un miedo visceral a todo bicho peludo asociando
su presencia a un ruido inaguantable. Solo como aclaración: un experimento de
ese calibre no se podría haber hecho hoy en día por algo que se llama «protección
a la infancia» y porque UNICEF y unos cuantos organismos más habrían metido en
la cárcel a los investigadores correspondientes.
De todas formas, con Albert o sin él, sí se sabe que la respuesta condicionada
existe en humanos, detrás de ella se encuentra la aparición de náuseas en
pacientes sometidos a muchas sesiones de quimioterapia que tienen ganas de
vomitar solo con entrar en la sala de oncología, o determinadas fobias que activan
respuestas somáticas ante la aparición de elementos asociados a experiencias
traumáticas.
Una servidora también tiene su propia constatación de la respuesta
condicionada: me leí el Ulises de Joyce y fue tal el sopor que sufrí durante su
lectura que ahora es oír el nombre del autor y empiezo a bostezar automáticamente.
Bueno, aquí termina la primera parte de esta entrada doble de perros y
gatos. Solo añadir que hubo más perros famosos por su contribución a la
ciencia, no siempre como animales de experimentación (por ejemplo, Balto, el
husky que llevó la vacuna contra la difteria a Alaska y que algún día tendrá su
espacio en este blog), pero hoy nos quedamos con el (los) de Páulov.
En la segunda parte hablaremos de los mininos, en concreto de uno que no
se sabe si está vivo o muerto: el gato de Schrödinger. Pero esa es otra
historia algo más difícil de explicar, lo dejamos para dentro de dos
semanas y aviso: preparaos que la cosa tiene miga.
Muy interesante esto de los perros y los gatos y mira que he tenido perros de pequeña en casa y unos cuantos gatos a mi alrededor (era un campo, o sea imagínate venían y iban de modo que como para ponerse a contar jeje) y desconocía completamente esa reacción de los perros.
ResponderEliminarPobre niño, angelito, menos mal que no siguieron con el experimento si no hubiera acabado muy mal.
Como siempre gracias mil por lo mucho que se aprende contigo y me has animado la tarde, en cuanto he visto el enlace en facebook me he venido a leerte, necesitaba distraerme estoy de bajón hoy, la marcha de mi hijo snif snif y otras cosas varias me tienen hoy plof. <
Espero la segunda parte para saber acerca de los mininos.
Un besote.
Me alegro de que te haya servido de instrucción esta entrada y, sobre todo, que te haya distraído, en estos tiempos tan deprimentes cualquier entretenimiento que nos despeje es bienvenido.
EliminarUn besote.
¡Hola, hola, hola! Espero que hayas disfrutado de un verano maravilloso y desde luego que me parece una excelente idea aparcar el dichoso virus del blog. Sobre todo si ello nos trae artículos tan estupendos como estos perros que nos trajeron las terapias conductuales con los refuerzos positivos y negativos. Me viene ahora un capítulo de Big Bang en el que Sheldon daba a Penny un bombón cada vez que esta hacía algo bien, a los ojos de Sheldon, claro. El experimento con el niño lo desconocía. Y el próximo nada menos que el gato más famoso de la física cuántica. Un fuerte abrazo!!
ResponderEliminarTodos los episodios de Big Bang Theory tienen una lección aplicada de física, es fantástica. Lo que comentas de Penny y los bombones fue estupendo, y muy gráfico de cómo es Sheldon. Hay otro episodio donde Sheldon intenta explicar a Penny su historia con Leonard utilizando un símil con el gato de Schrödinger, y también es fantástico, intentaré insertar ese trozo en la próxima entrada.
EliminarA ver cómo me defiendo yo para explicar precisamente lo que pasa al gatito ese, que tiene miga la cosa.
Un abrazo y encantad de reencontrarme contigo después del verano.
Como sienpre, una entrada de lo más interesante e ilustrativa. Si bien el experimento de Pavlov con los perros me resulta (por mi formación como biólogo) muy conocido, ignoraba que Aristóteles ya hubiera formulado muchos siglos atrás esa "ley de contigüidad". Y es que contigo se aprende un montón.
ResponderEliminarEl empleo de animales en investigación ha sido, y sigue siendo, motivo de polémica. A los canes de Pavov no se les maltrató, pero muchos otros chuchos se han quedado por el camino para el bien de la humanidad. Pobrecillos. Deberíamos hacerles un monumento y dedicarles un día, si es que ya no se ha hecho.
Durante mi estancia en un laboratorio belga, allá por los años setenta y pocos, veía cómo paseaban a perros de la raza Beagle (los más usados en experimentacion animal por su tamaño y docilidad) desde el estabulario hasta la sala de operaciones. Cada día les paseaban un trecho más hasta llegar a la mesa de operaciones. Y todo para que los animalillos se acostumbraran al itinerario y a las estancias para que el día D, en el que posiblemnete darían su vida en pro de la ciencia, no se estresaran y lo tomaran como un juego. ¡Me daba una pena!
Y qué decir de Laika, que murió seguramente de inanición a bordo de una cápsula espacial.
Quedo a la espera de conocer al gato más famoso de la historia de la física cuántica. Espero que no sufriera mucho, el minino.
Un beso.
La verdad es que sí da pena cómo se sacrifican a los pobres animales, al menos, se hace en pos de beneficios para la salud humana, la mayaría de las veces. Además, ahora hay unas leyes muy estrictas con ese tema, algo que me parece fenomenal y que pone coto al sacrificio "masivo" que se daba en algunos experimentos.
EliminarMi experiencia al respecto fue con ratas, yo tuve que matar bastantes en mis inicios tras terminar la carrera y hacer una tesina, pero por muchas veces que sacrificara, siempre lo pasaba fatal y el nudo en el estómago nunca se me quitó en aquella época, me daba mucha pena darles de comer y limpiarles la jaula sabiendo lo que les esperaba.
En cuanto al sufrimiento del minino... pues no sabría decirte, según la teoría cuántica está vivo (bien) y muerto (mal) a la vez. Pero no adelantemos acontecimientos, eso ya lo veremos dentro de unos días.
Un besote.
Lo del perro de Páulov me ha parecido interesante, pero lo que no me pierdo y estoy deseando ver es tu explicación de lo del gato de Schrödinger. Eso sí que me parece apasionante, un gato que está a la vez vivo o muerto. He leído algunas explicaciones y son geniales. Es una teoría que me encanta y su aplicación a la física cuántica, de la que me entero más bien poco, me parece un prodigio de la mente humana. Bueno de algunos humanos como Schrödinger.
ResponderEliminarUn beso.
A ver cómo se me da el tema en la próxima entrada porque yo soy más de Newton que de teoría cuántica, se ve que mi mente es demasiado pragmática y eso de que se dé un fenómeno y el contrario a la vez... como que no me entra en la cabeza, pero al fin y al cabo esa es la base de la teoría cuántica.
EliminarEn fin, ya veremos cómo me sale.
Un besote.