Además de estar muy rico, el cacao es un
estimulante natural muy potente: activa el sistema nervioso central (SNC para
los amigos de abreviar), mejora la concentración, la memoria y el rendimiento
deportivo, eleva el estado de ánimo y reduce el estrés. Sus efectos son una
combinación de química y deleite sensorial (que también es química). La
teobromina es la principal responsable de estos efectos, pero hay otras
sustancias que la ayudan como la feniletilamina y la (poca) cafeína. Así que el
chocolate se puede considerar un alimento estimulante (y muy rico).
Los guerreros aztecas tomaban jícaras de
chocolate antes de entrar en combate, lo que da muestras de que este alimento
algo puede aportar en situaciones bélicas.
Durante la Segunda Guerra Mundial entre los
fanáticos del chocolate se encontraba la población alemana incluyendo los
soldados, aunque en esta ocasión no todo era responsabilidad de la teobromina y
sus colegas presentes en el cacao de forma natural.
El panzerschokolade (chocolate para
tanquistas en alemán) fue un producto que se distribuyó entre la tropa alemana
(tanto entre los que conducían tanques como entre los que no). La verdad es que
de chocolate tenía poco, más bien nada. Estas tabletas fueron muy apreciadas por la soldadesca
germana pero en lugar de cacao había otra sustancia: anfetaminas.
Detrás de esta iniciativa se hallaba la
estrategia militar alemana. Tanto país como quería invadir Hitler suponía
aplicar la blitzkrieg o, para que se entienda mejor, la guerra
relámpago. Esto no era nada nuevo, un militar chino, allá por el sigo VI a.C.
ya había dicho que «la velocidad es la esencia de la guerra». Esta estrategia
bélica de darse prisa consistía en avanzar rápidamente para pillar al enemigo
con la guardia baja y quedarse con el territorio. Que las máquinas avanzaran
rápidamente por esos países a invadir era relativamente fácil, el problema radicaba
en que las máquinas debían ser manejadas por seres humanos que, debido a su
fisiología, necesitaban dormir y descansar. Este problemilla daba al traste con
la blitzkrieg y la cosa ya no era tan rápida como el führer
quería y deseaba.
Ante este dilema los médicos alemanes se
pusieron a la tarea. ¿Cómo hacer que un ser humano no necesite tantas horas de
sueño? Pues con un estimulante. ¿Cafeína? ¿Cocaína? No. Mejor probar con unas
sustancias relativamente nuevas (ya se conocían en el siglo XIX, pero no
estaban trabajadas): las anfetaminas.
A todos nos suena el nombre, pero ¿qué son
realmente las anfetaminas? Estas sustancias son un conjunto de moléculas
derivadas de la feniletilamina (uno de los compuestos del cacao, mira tú por
dónde); son potentes estimulantes del SNC porque actúan sobre los
neurotransmisores naturales, pero a lo bestia. El ser humano produce sus
propios estimulantes como la dopamina, pero las anfetas mejoran este efecto
liberando más cantidad y así potenciar el resultado vigorizante.
Alemania ya andaba detrás de estas sustancias
antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936,
algunos atletas hicieron trampas metiéndose para el cuerpo benzedrina, una
anfetamina diseñada en EE. UU. cuatro años antes. En 1937, el químico teutón Fritz
Hauschild sintetizó la metanfetamina y la patentó con el nombre de Pervitin.
Este nuevo derivado se reveló como un potente estimulante del SNC al provocar
la secreción de grandes cantidades de dopamina por parte del individuo que lo
tomaba generando una sensación de euforia extrema e insomnio; justo lo que
buscaba Hitler. La euforia le venía bien para que los soldados tuvieran coraje
a la hora de invadir y el insomnio le venía de perlas para que invadieran sin
parar. Pero la metanfetamina también tenía otro efecto, este nada deseado por
Hitler ni por nadie: una elevada dependencia.
Con este nuevo producto los nazis se
dispusieron a repartir el recién patentado Pervitin a todo quisqui en la wehrmacht
(fuerzas armadas nazis). Los soldados aceptaron este nuevo «tratamiento» con
mucho gusto y a las tabletas que les suministraban las empezaron a llamar el
chocolate de combate. Así nació el panzerschokolade.
Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica y Francia
cayeron como moscas ante el imparable avance de las tropas alemanas que,
eufóricas de tanto Pervitin, no se detenían ni de noche ni de día porque no
necesitaban dormir. En las Ardenas, donde los británicos estaban atrincherados
porque el terreno era intransitable, los germanos avanzaron por ese terreno
abrupto como si de una autopista se tratara. Mientras los franceses se
dedicaban a comer fondue de queso, los alemanes les ocuparon casi todo el país
porque ellos se dedicaron a la ingesta de panzerschokolade.
¡Qué listos! ¡Y qué tramposos!
Sin embargo, los alemanes no tuvieron en cuenta
la otra cara de la moneda: la dependencia.
El chocolate es de por sí adictivo por sus
características sensoriales, pero la metanfetamina es una bomba de relojería
que te puede estallar en las manos, como así ocurrió en las filas germanas.
Al poco de tanta invasión exitosa se empezaron
a reportar casos de muertes fulminantes por problemas cardiacos en los soldados
más veteranos, es decir, más mayores, especialmente en aquellos que además de tomar
panzerschokolade eran aficionados a empinar el codo. La combinación de
alcohol y anfetaminas es letal por necesidad.
Por otra parte, los militares exigían cada día
más cantidad de «chocolate» porque la dependencia estaba haciendo mella. ¿Qué
estaba ocurriendo?
La metanfetamina provoca la liberación de
cantidades elevadas de dopamina (nuestro estimulante natural); ante esta
situación el organismo se defiende con mecanismos homeostáticos (capacidad de
los seres vivos para compensar situaciones desequilibradas) y reduce el número
de receptores de dopamina bloqueándolos, esto, a su vez, provoca que el dueño
del organismo necesite más cantidad de anfeta para que supla este «defecto» y
conseguir el mismo resultado que al inicio del proceso, entrando en una espiral
de ansiedad y angustia. La menor respuesta al fármaco se traduce en temblores y
nerviosismo. Lo que al principio es placer y euforia se acaba convirtiendo en
un auténtico infierno.
Además, la falta de sueño (sea artificial o
natural) provoca desgaste neurológico que, con el paso del tiempo deja al
susodicho hecho unos zorros.
Ante esta situación tan calamitosa los galenos
del Reich decidieron que el Pervitin se dispensara mediante prescripción médica
por lo que los facultativos del frente acabaron con tendinitis en las manos de
tanta receta que tuvieron que firmar.
A pesar de la caterva de drogodependientes que
se había generado entre las filas alemanas los altos mandos militares no
frenaron la distribución de Pervitin durante todo el conflicto bélico. De poco
les sirvió porque, como todos ya sabemos, perdieron la guerra.
Tras la finalización del conflicto bélico las
existencias de metanfetamina pasaron a formar parte del mercado negro, siendo
la única salida para muchos de esos soldados que, tras el consumo prolongado de
esta droga sufrían depresión, fatiga y brotes psicóticos. Se convirtieron, una
vez más, en carne de cañón, ya que, al escarnio de sufrir una derrota, tuvieron
que añadir una dependencia que los marcaría para el resto de sus vidas.
Por lo tanto, mejor tomar chocolate del de verdad. La euforia y el placer que provocan no ayuda
a invadir países, ni falta que hace.

¡Enhorabuena Paloma! Que forma más amena de dar una lección de farmacología.
ResponderEliminar