viernes, 6 de mayo de 2022

Tripanosomiasis humana: una enfermedad soporífera

 

Seguramente la mayoría de quienes esto leen padezcan algún trastorno del sueño donde la falta de este o el tener mucho, dependiendo de a qué nos refiramos (insomnio o ganas de dormir), siempre va asociado a encontrarse fatal.

Si bien, esos trastornos a la hora del dormir pueden acarrear graves problemas (la privación del sueño está reconocida por el derecho internacional como un método de tortura) la enfermedad que hoy traigo no va de eso.

La enfermedad del sueño es una tripanosomiasis humana, africana para más señas (THA). El nombrecito viene del parásito que la ocasiona (Trypanosoma), un protozoo que se transmite al ser humano a través de un vector, la mosca tsé-tsé concretamente.

Pero ¿qué es un vector? En parasitología y microbiología un vector se encarga de transmitir un agente patógeno (virus, bacteria, parásito) de un ser infectado a otro sin que a él le pase nada, es decir, es un ser vivo que sirve de transportista, como un repartidor de Amazon, pero con muy mala leche.

La mosca tsé-tsé se infecta cuando pica a otro ser humano ya infectado o un animal con el tripanosoma de marras. Esta lo pilla, a ella no le pasa nada, pero a la próxima persona a la que le pique le pasa el patógeno y la lía parda. Eso es lo que hacen los vectores cuando de transmisión de enfermedades hablamos.

Evidentemente si no hay mosca tsé-tsé no hay riesgo de pillar la enfermedad, por lo tanto, la tripanosomiasis africana se dará donde se encuentre esta mosca y dado el nombre de la propia enfermedad ya nos podemos hacer una idea de dónde es: África. Pero África es muy grande, y para concretar más hay que añadir que esta mosca está presente en 36 países subsaharianos, especialmente en zonas rurales dedicadas a la agricultura, la pesca, la caza y la ganadería.

Se estima que el número de casos de esta enfermedad hace dos años fue menos de 1.000, mientras que diez años antes rondaba los 10.000 casos. Los datos nos indican claramente que la incidencia está bajando de manera notoria, pero aún hay mucho que hacer.

Que haya cada vez menos casos no resta gravedad a la enfermedad. Si no se trata, es mortal porque el tripanosoma, en cualquiera de sus dos variantes (T. brucei gambiense o T. brucei rhodesiense), ataca el sistema nervioso central produciendo trastornos neurológicos muy graves que acaban matando al afectado si no es atendido correctamente.

En la primera fase de la enfermedad el parásito se dedica a estar solo en sangre, aunque los síntomas que provoca no son graves (fiebre y debilidad), son muy inespecíficos y por tanto esta primera fase es difícil de diagnosticar.

En la segunda fase, el parásito se va a otros órganos del infectado, concretamente al sistema nervioso central y ahí ya tiene más peligro. Los síntomas son más graves: mala coordinación, confusión mental, daño multiorgánico y muerte.

Se llama enfermedad del sueño porque uno de los síntomas es una intensa somnolencia, y cuando cito «somnolencia» no me refiero a estar como adormilado y sin prestar atención; el sueño que ataca al infectado es tal que puede quedarse dormido caminando o de pie o haciendo cualquier cosa.

Basarse en la sintomatología para hacer un diagnóstico precoz es muy aventurado porque, como ya se ha comentado, la primera fase no da muchas pistas y en la segunda, cuando los síntomas son más indicativos, el daño ya está hecho. Una de las trabas de esta enfermedad, aparte de que afecta a población pobre y desatendida (en todos los aspectos) es que el diagnóstico es muy complejo.

Dada la poca calidad asistencial y la falta de medios de las zonas afectadas epidemiológicamente el primer paso para diagnosticar se basa en una palpación ganglionar para ver si hay inflamación que indique infección, pero, claro, esto tampoco es que sea muy selectivo. También se puede hacer un test rápido. Por desgracia ya estamos más que escaldados con el tema de los test y ya sabemos que cuanto más rápida es una prueba menos sensibilidad tiene por lo que no suele ser muy fiable; lo mismo ocurre con el caso de la enfermedad del sueño porque si el test rápido da positivo hay que hacer otras pruebas para ver si la persona tiene anticuerpos por el tripanosoma o porque ha pillado cualquier otra enfermedad.

La siguiente prueba que realizar es una punción ganglionar que, como su propio nombre indica, consiste en hacer una punción en los ganglios. Si alguno ya se ha hecho una punción en algún momento sabrá que es dolorosa y el que no se la haya hecho se lo imaginará. La muestra obtenida con la punción se mira al microscopio, si ahí se ve el parásito pululando se hace otra prueba más; una punción lumbar de médula y mirar si el líquido cefalorraquídeo también tiene bichos (así se averiguará el alcance y la gravedad de la enfermedad); si puncionar un ganglio duele, en la médula ya…

Evidentemente todos estos métodos requieren personal cualificado porque hacer una punción no es lo mismo que poner un inyectable, además se necesitan equipos más o menos sofisticados. Tanto el personal como los aparatos no abundan en muchos sitios, sobre todo en África donde no tienen presupuesto ni para pipas, así que la probabilidad de que alguien de una zona rural africana con sospechas de estar infectado por el tripanosoma sea diagnosticado correctamente es bastante poca por no decir que inexistente.

Pongamos que, después de todo y aunque sea complicado, un individuo de la zona endémica de la enfermedad ha sido correctamente diagnosticado. Ahora hay que tratarlo.

El tratamiento dependerá de la fase en la que se halle la enfermedad. Si aún no se tiene afectado el sistema nervioso se aplica un fármaco (pentamidina) por vía intramuscular durante siete días. Este medicamento es poco tóxico y bastante eficaz. Si el sistema nervioso ya está afectado hay que emplear dos fármacos distintos (nifrutimox oral y eflornitina intravenosa), por cierto, estos fármacos fueron desarrollados mediante una iniciativa solidaria con el apoyo de varias ONGs entre las que se encuentra Médicos Sin Fronteras.

Desde hace cuatro años estas mismas ONGs están aplicando un nuevo fármaco (fexinidazol) que se administra oralmente, lo que es bastante cómodo y muy útil en lugares donde hay escasez de personas que sepan poner inyecciones. Además, este nuevo medicamento sirve para todas las fases de la enfermedad. Así que olé para esas ONGs que tanto se lo han currado sin esperar nada a cambio, tan solo les mueve el interés de ayudar a la población más desfavorecida.

Como en casi todas las enfermedades, la prevención es fundamental. Aunque ya haya terapias efectivas, lo mejor es no tener que aplicarlas. Evitar que alguien se infecte es la mejor manera de afrontar esta enfermedad. Y es en esta faceta donde las administraciones y las asociaciones solidarias tienen centrada su atención.

En la enfermedad del sueño ya hemos visto que están implicados dos bichos: la mosca tsé-tsé y el tripanosoma, así que ahí habrá que focalizar el interés. Dado que la mosca es bastante más grande, esta es la que tiene todas las de perder por lo de que es más fácil disparar y darle a un elefante que a un gusano. El uso de insecticidas que se carguen al insecto es una buena profilaxis; evitar la picadura también es otra manera de actuar, bien con repelentes o ropa que cubran la piel, pero dado el calor que suele darse por donde la enfermedad campa a sus anchas, lo de cargarse a la mosca es lo más eficaz, y que me perdonen los animalistas.

Estas medidas preventivas, desde nuestra mentalidad occidental y desarrollada, pueden parecernos fáciles de implementar, pero en una aldea africana dejada de la mano de Dios, es bastante más complicado.

La colaboración entre ONGs y organismos oficiales (OMS, Ministerios de Salud) hacen posible que el combate contra la enfermedad del sueño se esté decantando a favor de la salud. Estos organismos realizan campañas de cribado para detectar la enfermedad en su fase más inicial y actuar lo más rápidamente posible. También se encargan de formar a personal para atender a los afectados, o de suministrar los medicamentos necesarios, así como realizar campañas de desinsectación en amplias zonas para cargarse a la mosca del demonio.

Muchas de estas iniciativas parten de acciones solidarias sin ánimo de lucro que, al contrario de lo que ocurre con la mayoría de nosotros, no se han olvidado de una enfermedad que afecta a mucha gente lejos de nuestros cómodos hogares. Nosotros sí que estamos dormidos, pero no por una enfermedad infecciosa sino por no saber apreciar lo que tenemos a nuestro alcance, lo que nos da nuestra privilegiada vida.

Termino esta publicación con una frase que aparece en el cuento con el que se cierra el post: «Olvidar lo que nos da la vida cada día es como estar dormido».

El niño que no se podía dormir



sábado, 22 de enero de 2022

Mal de Chagas: una enfermedad que chincha mucho

 


La enfermedad de Chagas está causada por un parásito llamado Trypanosoma Cruzi. Este bicho, un protozoo flagelado en realidad, suele emplear animales salvajes para instalarse cómodamente, pero de vez en cuando pasa a los humanos, es lo que se llama zoonosis, y para pasar de un animal a un humano lo hace a través de un vector, es decir, un insecto del grupo de los triatominos o también llamados insectos besadores, nombre este algo raro, pero aun así más comprensible y fácil de pronunciar que el de triatominos.

Entre estos insectos besadores se encuentra la chinche, un bicho que incordia bastante (de ahí el verbo chinchar) porque al picar chupa sangre ya que es un hematófago o, lo que es lo mismo, se alimenta de sangre. Pero la puñetera chinche no solo se limita a fagocitar hematíes, en el proceso puede pasar el Trypanosoma Cruzi, un regalo envenenado porque este protozoo puede provocar serios problemas en los humanos.

La enfermedad que produce este parásito se llama Mal de Chagas porque fue Carlos Justiniano Ribeiro das Chagas el investigador brasileño que descubrió el agente causante. Que digo yo que por qué llamarlo Mal DE Chagas, si Chagas precisamente abrió la puerta a su cura, o sea, que hizo más bien que mal. Dejando cuestiones filosófico léxicas, indagaremos un poco cómo este señor, médico investigador, descubrió el tripanosoma. En 1909 le mandaron a combatir una epidemia de malaria que se había declarado entre los trabajadores que participaban en las obras de un ferrocarril. Este hombre se montó un laboratorio en un vagón de tren y ahí se dedicó a analizar las muestras que obtuvo en diferentes lugares. Lo primero que vio es que en las viviendas de los trabajadores del ferrocarril había gran cantidad de chinches, y al diseccionarlas observó que dentro había otro “bichito” que tenía características similares a otros protozoos llamados tripanosomas (entre los que se encuentra el causante de la enfermedad del sueño), pero con algunas peculiaridades diferentes, al final lo bautizó de nombre Trypanosoma y de apellido Cruzi (este en honor a su jefe que se apellidaba Cruz).

Chagas no solo identificó el causante de la enfermedad que lleva su nombre, también estudió todo el proceso infectivo: el reservorio natural es un animal salvaje, la chinche le pica, se lleva el tripanosoma, luego pica a un humano y le pasa el protozoo. Si bien en los animales y en la chinche el parásito no tiene efectos reseñables en los humanos la lía parda.

Un humano infectado puede estar una temporada sin síntomas, salvo una pequeña hinchazón en el lugar de la picadura, pero al cabo de un periodo más o menos variable (unos pocos días o varias semanas) empieza a tener fiebre, el hígado y el bazo aumentan de tamaño, esto en los casos más leves. En los más graves la cosa se complica, el corazón se ve afectado, el esófago y el colon se dilatan; el sistema nervioso también puede verse perjudicado provocando demencia y alteraciones neurológicas como encefalitis con pronóstico fatal, o sea, muerte.

Pero no solo la chinche puede transmitir la enfermedad; transfusiones de sangre contaminada pueden repartir tripanosomas, embarazadas infectadas pueden pasarlo a sus fetos vía placenta. Como, además, las chinches tienen la costumbre de picar a varias personas a la vez, si pica a una infectada, le pueda pasar también la enfermedad a la siguiente a la que le toque el picotazo.

Esta enfermedad tiene prevalencia en las zonas más pobres de América Latina. La OMS la considera una de las trece enfermedades tropicales más DESATENDIDAS del mundo.

Según la OPS (Organización Panamericana de la Salud) estos son los datos estadísticos

Datos OPS/OMS

El tratamiento se basa en dos fármacos descubiertos hace más de cincuenta años, a pesar de que su efectividad no es muy alta. Hasta hace poco más de diez años, NINGÚN laboratorio se puso a la tarea de buscar otras alternativas o de mejorar las que hay, lo que da idea de lo poco que importan algunas enfermedades cuando la población afectada son unos muertos de hambre. Ahora mismo, existe una terapia combinada con dos medicamentos pero que resulta, cómo no, muy costosa y a la que es difícil acceder si no se tienen recursos, a todo esto, hay que añadir que cuanto antes se diagnostique la enfermedad, más efectivo es el tratamiento, pero para diagnosticar tempranamente también hace falta dinero.

Recientemente la OMS ha creado un programa para la lucha contra la enfermedad de Chagas que dirige otro brasileño, el investigador Pedro Albajar Viñas.

En cualquier caso, la prevención es la mejor terapia para combatir el mal de Chagas. Una buena higiene, limpieza adecuada tanto en viviendas como en los lugares donde habitan los animales domésticos (gallineros, conejeras, palomares, etc.…) es la mejor arma porque si se acaba con las chinches estas dejan de chinchar (valga la redundancia).

Para terminar abajo os pongo el cuento que MSF ha creado para dar visibilidad a esta enfermedad olvidada.

 





jueves, 6 de enero de 2022

Tuberculosis: una enfermedad muy poco romántica

 


La tuberculosis es una enfermedad causada por una bacteria descubierta por Robert Koch a finales del siglo XIX; este descubrimiento y los posteriores estudios se vieron recompensados al otorgarle el Premio Nobel de Medicina en 1905.

La bacteria que causa la tuberculosis se llama Micobacterium tuberculosis, pero al tener forma de barra o vara se la llama también bacilo, y como el primero en verla se llamaba Koch es también conocida como bacilo de Koch. Este nombre muy original no es, pero tiene su lógica.

La enfermedad que causa el bacilo de Koch ataca los pulmones principalmente, aunque hay otras partes del cuerpo que pueden verse afectadas, como los huesos. Este bacilo ingresa a través del aire en los pulmones, allí intentan “comérselo” los macrófagos (células de defensa que fagocitan agentes extraños y posiblemente patógenos) de los alveolos (cavidades de los bronquios donde se da el intercambio de oxígeno). Si los macrófagos funcionan como se espera, el bacilo es destruido y aquí no ha pasado nada, pero si no consiguen cargarse al invasor, este se extiende y la lía parda.

Cuando el bacilo de Koch infecta el pulmón se dedica a socavar el tejido pulmonar generando síntomas relacionados con el mal funcionamiento de este órgano: tos, esputos sanguinolentos y dificultad para respirar. En los casos más graves el bacilo se va de los pulmones a otros órganos liándola aún más; por ejemplo, si se va al sistema nervioso, origina meningitis.

Como ya se ha comentado, el bacilo ingresa en los pulmones a través del aire y ¿por qué hay bacilos así en el aire? Pues porque los ha expulsado un contagiado de tuberculosis al toser o simplemente al hablar. Es decir, se transmite de una persona enferma a otra sana muy fácilmente. En muchas ocasiones hay personas que tienen el bacilo en su organismo pero no generan enfermedad, a esta gente se les llama individuos con tuberculosis latente, pueden contagiar pero no presentan síntomas, algo que puede cambiar con el tiempo y al final padecer la enfermedad en toda su crudeza… o no. Depende del estado del sistema inmune de cada cual.

Puede que a muchos esto les suene de algo y se crean que en lugar de la tuberculosis estoy hablando del coronavirus. No, no me he liado y me he confundido. La microbiología es así y aunque el actual coronavirus pueda parecer nuevo para la mayoría de las cosas es igual que muchos otros agentes infecciosos que llevan atacando a los seres vivos desde que el mundo existe.

La tuberculosis causaba gran mortandad en Europa en siglos pasados, antes de que se descubrieran los antibióticos (aunque no se supiera qué bacteria era la responsable, la enfermedad ya era conocida desde los tiempos de Hipócrates). En el siglo XIX era un recurso muy habitual para cargarse a los personajes de las novelas: la dama de las camelias de Alejandro Dumas la espicha entre toses y pañuelos manchados de sangre, la joven prostituta de Los miserables de Víctor Hugo ídem de ídem.

Pero no solo los personajes de ficción sufrían esa enfermedad, fueron muchos los escritores que la padecieron: Poe, Balzac, Bécquer, Chéjov son unos pocos ejemplos (los dos últimos no sobrevivieron a la infección) aunque para ejemplo desolador el de las tres hermanas Brontë que murieron todas de tuberculosis en un lapso de unos pocos años.

En aquel siglo XIX tan romántico se llegó a considerar la tuberculosis como un signo de distinción y una manera de morirse muy glamurosa aunque la verdad es que morir entre estertores y ahogándose por falta de aire en los pulmones tiene muy poco encanto y mucha agonía. En realidad la tuberculosis, una vez conocido el bacilo de Koch, se asocia con pobreza y falta de salubridad.  

Volviendo a la actualidad, la OMS estima que hay cerca de dos mil millones de infectados (incluyendo a los latentes) y que todos los años se contagian nueve millones más. La tuberculosis provoca la muerte de dos millones de personas al año. Ahí es nada. Pero como el 90% de esos dos millones de muertos por tuberculosis se da en zonas deprimidas del planeta a la mayoría estos datos nos traen al pairo.

La incidencia de esta enfermedad varía según la zona del planeta. En la Unión Europea no se llega a los 9 casos por 100.000 habitantes al año, mientras que en algunos países de África superan los 500. En muchos de estos países tan afectados se da el problema añadido de que el VIH (el virus que provoca el SIDA) también está muy extendido y como su principal efecto consiste en cargarse el sistema inmune, el personal no tiene defensas para frenar el bacilo.

Encima, y para más inri, ahora con la pandemia los casos empiezan a aumentar dado que el coronavirus deja los pulmones muy tocados y el sistema inmune hecho trizas por lo que el bacilo de Koch encuentra allanado el camino. Vamos, que llueve sobre mojado.

Esta enfermedad con ser grave se puede curar fácilmente si se tienen los medios necesarios, claro. Los fármacos empleados para cargarse al bacilo puñetero suelen ser antibióticos y/o medicamentos antimicrobianos (isoniazida, rifampicina, etambutol, pirazinamida). Estos medicamentos se consiguen fácilmente en hospitales bien abastecidos, algo que no se puede decir de los que están en zonas deprimidas del planeta (cuando digo deprimidas me refiero a una situación económica lamentable, aunque la otra acepción, la de tristeza, también valdría porque menudo panorama tienen en esos sitios).

Otra forma de combatir la enfermedad son las vacunas, de hecho, hasta la aparición del SIDA en muchos países, incluido el nuestro, se estaba empezando a considerarla casi erradicada gracias a la magnífica campaña de vacunación contra la tuberculosis. Si bien ahora no está erradicada, como se ha visto, los números son muy reducidos donde se ha vacunado previamente, algo que, por supuesto, no ocurre en las zonas de mayor incidencia, porque si allí no llegan los fármacos tampoco las vacunas.

En esos lugares es muy complicado no solo tratar la enfermedad sino, incluso, diagnosticarla, por lo que la transmisión es también muy elevada (recordad la que se está liando ahora mismo con el coronavirus a causa de las personas asintomáticas). Al problema de no poder conseguir el tratamiento necesario se añade otra dificultad más y es que hay que estar medicándose durante mucho tiempo (entre seis meses y dos años). El bacilo fastidia los pulmones y resiste el tratamiento aunque al final la medicación es efectiva pero se tarda mucho en acabar con él.

Este tratamiento tan largo hace que muchos de los pacientes que han tenido la suerte de acceder al mismo no terminen la pauta completa y no se curen de verdad. Esto también es la causa de que se den resistencias a los antibióticos de la tuberculosis (para más información sobre el tema pinchar AQUÍ).

Mientras en Europa los casos de tuberculosis se dan con cuentagotas (y eso que, repito, el coronavirus los ha hecho aumentar), en África y Asia la gente cae como moscas por culpa de ella. No debemos olvidarnos de esto: que no veamos algo o que no nos lo cuenten en las noticias no quiere decir que no exista y la tuberculosis es una buena muestra de ello.

Espero que con esta entrada si hay alguien que estaba en la inopia ahora se encuentre más informado.

Termino esta entrada con el cuento que Médicos Sin Fronteras ha editado para no olvidarnos de esta enfermedad, se llama Las hojitas en la pared y se desarrolla en Armenia. Espero que os guste

LAS HOJITAS EN LA PARED

 



martes, 4 de enero de 2022

Enfermedades olvidadas

 

Retomo la actividad en el blog después de muchos meses apartada, pido disculpas si algún seguidor se ha sentido abandonado/estafado, pero otros menesteres me han impedido concentrarme y poder escribir aquí con el rigor y la seriedad que este espacio merece.

No haré promesas de volver con la asiduidad o frecuencia esperada en un blog porque la inestabilidad que la pandemia está provocando en muchos aspectos ha hecho que una servidora viva al día, o lo que es lo mismo, sé lo que voy a hacer hoy pero no tengo mucha idea de lo que me tocará hacer mañana, así que… mejor no prometo nada que no estoy segura de cumplir.

Dadas las fechas en las que estamos donde (se supone) el personal se embarga de amor, solidaridad y todas esas cosas, vuelvo al blog con una nueva sección de la mano de Médicos Sin Fronteras. Esta ONG publicó hace unos meses un librito sobre enfermedades olvidadas con la intención de visibilizar los problemas que existen en lugares remotos y muy lejos de nuestros cómodos hogares.

Desde hace casi dos años en la mente de todos se encuentra un virus y sus consecuencias. La pandemia de COVID-19 nos ha venido a golpear de lleno en todas las narices, nos ha mostrado cuán vulnerables somos (unos más que otros). Sin embargo, gracias a la investigación llegaron las vacunas y, aunque a esto aún le falta para terminar, la enfermedad está más o menos controlada.

Aún surgen nuevas variantes del virus que está dando por saco en todo el planeta, muchas de estas variantes surgen en países donde la vacunación es prácticamente inexistente y por esto ya se oyen algunas voces que piden atender y reforzar la asistencia en TODOS los países porque, de seguir así, esto no se acabará nunca.

Pero no todo es coronavirus, hay otras enfermedades; en el mal llamado primer mundo (¿primero en qué?) algunas ya están erradicadas o no suponen un problema por tener disponibles tratamientos efectivos que las frenan; otras simplemente no existen en nuestro primer mundo (¿primero en qué?) porque las condiciones necesarias para que aparezcan no se dan. En cambio, no es así en otros países.  

Médicos Sin Fronteras ha decidido poner en nuestro conocimiento esas enfermedades olvidadas que, al no tener incidencia en nuestro cómodo ―y quejica― primer mundo (¿primero en qué?) no se investigan apenas, no interesan y eso que hay mucha población afectada pero… esa población es pobre y, además, vive muy lejos de nuestro confortable mundo.

Yo me he propuesto también visibilizar esas enfermedades. Iré hablando de ellas en sucesivas publicaciones y al final de cada una insertaré el cuento pertinente con el que MSF nos representa el problema que supone en algunas zonas del planeta (zonas pobres y alejadas de nuestra comodidad).

Muchas veces no pensamos en que hay que cambiar algo hasta que vemos que ese algo no está bien. Puede que este pequeño granito de arena mueva a algunos a moverse, a actuar, a levantarse de sus mullidos sillones y decidan hacer algo para cambiar lo que no es justo.


«Si sientes que a ti no te gustaría vivir la mala situación que viven otros, entonces es preciso empezar a pensar qué se puede hacer».



miércoles, 5 de mayo de 2021

Dieta Raw y Paleodieta: nutrición vintage

 


A lo largo y ancho del mundo de las dietas, uno se puede encontrar de todo, desde dietas basadas en los colores de los alimentos hasta las que te dicen qué comer según la fase lunar. Ninguna de estas dietas tiene evidencia científica, aunque sus creadores y fieles seguidores se empeñen en demostrar lo contrario con argumentos de lo más peregrinos. Dentro de este amplio y variado abanico de ofertas dietéticas algunas se llevan la palma, como las dos que hoy traigo al blog: la dieta raw y la paleodieta.

Estas dietas se basan en la premisa de “cualquier tiempo pasado fue mejor” lo que llevado a la nutrición se traduce en comer como lo hacían nuestros antepasados de hace muchos miles de años. O sea, una forma de alimentarse a lo vintage.

La dieta raw se basa en comer los alimentos crudos (o casi crudos) ―y, por supuesto, sin procesar― en la creencia de que si no se cocinan no pierden sus cualidades nutricionales. Es cierto que las altas temperaturas a las que se someten algunos alimentos al cocinarlos los alteran y en algunos de ellos, además, se forman sustancias perjudiciales. Pero el calentamiento culinario es casi siempre necesario; esa temperatura elevada se carga mogollón de bacterias que si entran en nuestro organismo nos pueden mandar al otro barrio. La temperatura también rompe moléculas complejas de los nutrientes que “enteras” no podríamos digerir ni aprovechar. La carne cruda no solo no es más sana, es que no se aprovecha igual que si se cocina, las proteínas llegan enteritas a nuestro intestino y nosotros no podemos absorberlas igual. Lo mismo ocurre con el almidón y la celulosa de los vegetales, si no se cocinan los eliminamos a través de las heces y hemos perdido el tiempo comiendo cosas que no nos sirven nada más que para masticar y para eso ya tenemos el chicle.

Si nuestros ancestros se alegraron tanto al descubrir cómo hacer fuego no fue por capricho. Ese descubrimiento no solo consiguió que pudieran calentarse en invierno, tener luz por la noche y defenderse de otros depredadores, también les permitió comer mejor y más seguro. Puede decirse que nuestro desarrollo intelectual inició su despegue cuando comenzamos a cocinar ―especialmente la carne―. Este fue un factor determinante en la evolución, de lo contrario no estaríamos aquí ―y Arguiñano tampoco―.

 


La Paleodieta defiende una alimentación similar a la que seguían nuestros ancestros del Paleolítico (periodo histórico que abarca desde hace unos 2,59 millones de años hasta hace unos 12 000 años, milenio arriba, milenio abajo).

Para empezar, no estamos seguros de qué es lo que comía el hombre del Paleolítico. Por fósiles (huesos de mandíbula humana y restos de otros animales y vegetales) encontrados en las cuevas y lugares donde habitaban estos antepasados lejanos podemos hacernos una idea, pero qué comían los paleolíticos a ciencia cierta, no lo sabemos.

Sí se sabe que no conocían ni la agricultura, ni la ganadería ―el que quiera averiguar por qué sabemos eso que se lea los libros de Arsuaga o de algún colega suyo―. Por lo tanto, para comer carne tenían que cazar y para comer frutas, verduras o granos (cereales silvestres) tenían que recoger lo que creciera en las matas, arbustos y árboles de los alrededores.

Evidentemente, los frutos, bayas o lo que fuera que se encontraban no eran ni transgénicos, ni procesados, ni nada por el estilo. Las piezas que se cazaban eran animales salvajes que vivían en libertad y por tanto no se habían “medicado” con ningún producto veterinario, además, ellos, los animales, también tenían que moverse para ganarse el sustento por lo que su carne era mucho más magra y sin apenas grasa (es lo que tiene la libertad, que no se puede vivir de la sopa boba). Visto lo visto, uno podría pensar que esos alimentos eran mucho mejores que los que comemos nosotros ¿no? Si a esto añadimos que el hombre (y la mujer) del Paleolítico se movía mucho (cazar y recolectar implica un ejercicio físico que no se da en los oficinistas ni en la mayoría de los funcionarios), puede parecer que su estatus era muy saludable.

Bueno, puede parecerlo, pero no es así. Un animal salvaje también enferma y sin un control veterinario puede darnos un buen susto (más aún si, encima, te lo comes crudo). Además, a los animales salvajes no les suele gustar que los cacen y, algunos, tienen la mala costumbre de defenderse atacando al cazador y convirtiéndose este en comida para la supuesta presa.

Las bayas y frutos también tenían su riesgo, porque no había transgénicos pero las toxinas que suelen producir algunos frutos silvestres existen desde que el mundo es mundo.

Así que, la vida del Paleolítico no era precisamente idílica. De hecho, estoy segura de que si un hombre de aquella época pudiera viajar en el tiempo y viera a algunos defender ese modo de vida… les abría la cabeza con el hacha de piedra para cazar bisontes.

Cuando se les rebate, los que abogan por la alimentación de aquella época puntualizan y entonces hablan de solo comer y, además, “parecido”, olvidándose de las demás condiciones (ser ensartado por los colmillos de un mamut o de un jabalí, o morir envenenado por un hongo puñetero). Y cuando dicen parecido se refieren a comer carne magra, mucha fruta y verdura, nada de alimentos procesados, y hacer ejercicio diariamente ―a falta de oportunidades para ir a cazar ya que no hay tanto ciervo suelto para toda la población que somos―.

Carne con poca grasa, fruta y verdura, cereales enteros, ejercicio diario… ¿os suena esto? A mí sí. Son los rudimentos de la Dieta Mediterránea, una dieta que empleaban nuestros ancestros más cercanos, o sea, nuestros abuelos. Unos abuelos que, por cierto, cocinaban estupendamente y tenían unas recetas de lo más sabrosas que han perdurado a través del tiempo.

Quienes defienden estas dietas vintage quieren regresar a la alimentación antes del fuego, antes de la ganadería y antes de la agricultura: los tres grandes hitos en la evolución humana, los tres grandes descubrimientos que lo cambiaron todo y nos diferenciaron para siempre del resto de los seres vivos.

Cualquier tiempo pasado no fue mejor y negar las bondades de la evolución es vivir en la ignorancia, o en los árboles, como los antepasados (cercanos) de los involucionistas: los monos.




viernes, 23 de abril de 2021

Gluten: el malo de la película

 

Hace unos días recibí una crítica hacia este blog, vino de parte de una alumna que es seguidora en la sombra (así llamo a los que leen, pero no comentan). El caso es que me dijo que vino hasta aquí pensando que habría publicaciones sobre nutrición ―soy profesora suya de esa asignatura― y resulta que no encontró ni una. Aunque le gustó lo que leyó ―supongo que esto lo dijo para asegurarse mi buena disposición cuando le corrija los exámenes― echó de menos algo sobre dietas, alimentos y suplementos nutricionales; ella buscaba encontrar críticas ácidas de los bulos que se encuentran en internet a cuenta de la alimentación pues es algo con lo que les doy mucha caña a mis alumnos.

Como tenía razón ―no he escrito nada sobre nutrición en este blog― y como rectificar es de sabios, intentaré hacerme sabia incluyendo de vez en cuando publicaciones sobre nutrición ―y dando caña con las barbaridades que por internet circulan, me recordó mi alumna―.

A partir de hoy nace una nueva sección en el blog que se llamará «Vamos a comer bien (y dejarnos de tonterías)». Además, la inauguro con una publicación que supongo sorprenderá a más de uno por lo que voy a “revelar”: el gluten.

¡Vamos allá!

De unos años a esta parte nos hemos acostumbrado a encontrar muchos productos alimenticios con la etiqueta SIN donde, erróneamente, pensamos que aquello que va al lado de la palabra ‘sin’ está ausente en ese producto; sin embargo, lo de «sin» no quiere decir que no tenga nada de lo que ahí se avisa, pero esa es otra historia. El caso es que ya tenemos casi incrustado en el genoma lo de «Sin sal», «Sin azúcar», «Sin lactosa» «Sin gluten». Que te avisen de que un alimento no tiene algo ya implica, subliminalmente, que ese algo es malo, y eso no es del todo cierto. El caso más claro es el gluten, ese enemigo a abatir desde hace unos años al que le hemos cogido mucha tirria y sin estar seguros de por qué.

Para empezar: ¿sabemos qué es el gluten? ¿sabemos en qué alimentos se encuentra?

El gluten es un conjunto de proteínas presentes en casi todos los cereales. Y si digo cereales, es cereales o, lo que es lo mismo: no está en las verduras, ni en las legumbres, ni en la fruta. O sea, si vais al supermercado y os encontráis con tomates, o lechugas, o cualquier otro producto no procesado que no sea o contenga cereal, y en el etiquetado pone «Sin gluten» os están dando una información que no sirve para nada porque esos alimentos no tienen gluten nunca, lo ponga o no lo ponga el envoltorio.

Como decía, el gluten se encuentra en casi todos los cereales, aunque en algunos más que en otros, pero hay dos excepciones: el arroz y el maíz (bueno, y además el mijo y la quinoa, si somos aficionados a la alimentación internacional y/o pija). Este conjunto de proteínas da unas características especiales al cereal, sobre todo al trigo pues en el gluten radica la llamada calidad panaria. Cuando nos comemos un trozo de pan esponjoso, con una corteza crujiente y con una textura suave es gracias al gluten que forma una especie de red o entramado en la masa y atrapa los gases producidos por la fermentación de la levadura, produciendo esa miga esponjosa y tan rica.

Pero el gluten no es tolerado por toda la población. Determinadas personas reaccionan ante estas proteínas de manera indeseable, generando anticuerpos que desencadenan una reacción inflamatoria provocando síntomas que van desde distensión abdominal (la tripa se te hincha como un globo), hasta diarrea (te vas por la pata abajo) pasando por vómitos, incluso decaimiento y depresión. A estas personas que son alérgicas al gluten se les llama celiacos.

Evidentemente los celiacos deben eliminar el gluten de su dieta, pero… ¿y los no celiacos, deberían dejar de tomar gluten? La respuesta es ¡NO!

Alguno pensará que, aunque no se sea celiaco, si no se ingiere en la dieta ese elemento tan perturbador como es el gluten será mejor de todas maneras. Pues quien así piensa se equivoca de medio a medio ya que una dieta sin gluten tiene sus inconvenientes.

Estudios con evidencia científica han revelado que los celiacos presentan más riesgo de obesidad, tienen niveles más altos de colesterol y de triglicéridos ―marcadores importantes para avisarte de un fallo cardiaco―. Y todo esto ¿por qué? POR TENER UNA DIETA LIBRE DE GLUTEN.

Los alimentos libres de gluten sufren un procesado el cual lleva implícito cambios en su composición. Si alteramos la composición de un alimento lo estamos procesando, y ya sabemos todos, sobre todo los agonías de la alimentación “saludable”, lo malos, malísimos que son los alimentos procesados. Resulta irónico que quienes optan por alimentos sin gluten, sin ser celiacos, argumenten que se interesan por una alimentación sana y recurran a alimentos procesados, uno de los símbolos de la alimentación poco adecuada.

En dicho procesado se suelen aumentar las grasas, sobre todo las saturadas (de ahí que el colesterol y los triglicéridos se vengan arriba en las analíticas). Este tipo de alimentos, y me refiero especialmente al pan sin gluten, suelen ser más ricos en hidratos de carbono para dar palatabilidad  porque si no aquello no hay quien se lo coma de lo malo que está; este nivel más alto en hidratos de carbono, además de que sube la glucosa, junto con el aumento de grasa, favorece la ganancia de peso porque los alimentos sin gluten aportan mucha más energía que los “normales”.

Por si no fuera poco, añadiré que las dietas libres de gluten son pobres en calcio, hierro y fibra. No me voy a extender sobre los motivos, pero así es.

En resumidas cuentas, el consumo de estos productos alimenticios “saludables” libres de gluten te abocan a que si te haces una analítica suspendas en glucemia, colesterol y algún marcador más.

Así que el que se piensa que una dieta sin gluten es más saludable se está colando. Al que haya tenido la mala suerte de padecer celiaquía no le queda más remedio que recurrir a ese tipo de dieta ―está en juego la integridad de su intestino―, pero los que tenemos la fortuna de no padecerla, demos gracias a los dioses y alegrémonos de poder comer pan de trigo rico, rico, rico. Amén.

 



viernes, 19 de marzo de 2021

Hildegarda de Bingen: la monja profetisa y científica


 

«Oh frágil ser humano, ceniza de cenizas y podredumbre de podredumbre: habla y escribe lo que ves y escuchas».

SCIVIAS, Hildegarda de Bingen

En la Europa de la Edad Media el papel de la mujer en la sociedad estaba supeditado al hombre y al cuidado de los demás: o bien a cuidar a su marido y a su prole o bien a cuidar a sus padres o parientes más desvalidos, cuando no las dos cosas. La probabilidad de que una mujer adquiriera educación más allá de leer y escribir era muy remota, pero no imposible.

Había una posibilidad de formación y libertad para las mujeres si se movían en determinados círculos: el convento.

La mayoría de las monjas llevaban una vida de aislamiento y soledad dedicada a la oración, pero muchos conventos de la Edad Media eran bastante liberales: proporcionaban a las mujeres una vida cómoda y con acceso a la educación. La mayoría de estos conventos contaban con hermanas de congregación médicas y enfermeras que se encargaban de la salud de sus moradoras. Incluso, algunas no pronunciaban sus votos permanentes y conservaban bastante libertad de movimiento fuera de los muros conventuales.

Ni que decir tiene que estas mujeres procedían de clases altas o de la misma realeza.

De una familia poderosa e influyente provenía nuestra protagonista de hoy. Hildegarda nace en 1098. Octava hija de unos nobles terratenientes alemanes, siempre tuvo una salud endeble y sus padres, en la creencia de que no llegaría a la edad adulta, la encerraron en un convento benedictino que dirigía una tía suya, la abadesa Jutta.

La tía Jutta se encargó de educar a Hildegarda en latín, oraciones y música: lo normal en un convento. No se sabe en qué momento Hildegarda sacó los pies del tiesto y empezó a aprender más de lo esperado, pero el caso es que con treinta ocho años sucede en el cargo a Jutta y se hace abadesa además de escribir unos cuantos tratados de cosmología-mística que dejan a propios y extraños con la boca abierta. Ella, además de culta, es muy avispada, y para no suscitar recelos va y dice que todo lo que escribe no es cosa de ella, que es cosa de unas visiones que tiene gracias a Dios que la inspira y la guía.

Más adelante, y fuera ya de la Edad Media y sus supersticiones, algunos historiadores creen que las visiones que decía tener Hildegarda eran el producto de las fuertes migrañas que padecía e, incluso, de los posibles ataques de epilepsia que se cree tuvo.

Con el pasar de los años, Hildegarda adquiere influencia y estatus, interviniendo en política y todo: emperadores y nobles acuden a ella en busca de consejo. Además, se viene arriba y se pone a profetizar a través de sus sermones ―la apodan la Sibila del Rin― y a los que osan contravenirla los intimida con vaticinios muy poco halagüeños de manera que se asustan y dejan de importunarla. La señora tenía unos ovarios bien puestos, y genio también.

Pero Hildegarda no solo escribió tratados de cosmología por inspiración divina; donde realmente dio el do de pecho fue en la medicina.

Con más de cincuenta años de edad escribe una enciclopedia de historia natural, en ella describe más de 230 plantas y 60 árboles, también peces, aves, reptiles y mamíferos, piedras y metales. Muy completa la obra. En las plantas, además de describirlas, incluía su aplicación farmacológica con lo que la enciclopedia se usó como texto para enseñar medicina en la escuela de Montpellier; ahí es nada. Esta obra, que comprende varios libros, no fue el resultado de la inspiración divina ni de las visiones causadas por las migrañas o por la epilepsia; ella misma se encargó de dejar claro que aquello era fruto de la experimentación y la observación. A Dios lo que es de Dios, y al César (o a la Ciencia) lo que es del César.

A lo largo de su extensa vida ―los que creyeron que se moriría joven se equivocaron de medio a medio― escribió más libros de visiones místicas y también obras musicales, pero su fama como sanadora con poderes milagrosos fue mayor que su reputación como mística y visionaria.

Aunque su medicina tenía ciertas peculiaridades porque mezclaba a Galeno con textos bíblicos (para algo era monja, qué caramba), algunas de sus recomendaciones eran más que novedosas y muy eficaces. Por ejemplo, insistía en la importancia de la higiene y de la dieta, el descanso y el ejercicio, algo que hoy está más que asumido, pero que en la Edad Media sonaba a raro, raro. En uno de sus libros científicos se subraya lo importante que es hervir el agua antes de beberla, especialmente la de los ríos y pantanos.

También aconsejaba el uso de medicamentos en dosis pequeñas, recetando remedios sencillos, pero eficaces, para los pobres, y elaborados, y más caros, para los ricos. Monja, curandera y socialmente comprometida.

Hildegarda llegó incluso a tocar, muy de refilón, la genética. En el siglo XII aún quedaba mucho para que viniera Mendel ―otro monje como ella, mira tú por dónde― a hablar de descendencias y herencias, pero ella aventuró que, según el carácter de los progenitores, los hijos tendrían unas determinadas características físicas y psicológicas. Sí es verdad que, a este respecto, se le fue un poquito la olla y llegó a decir que el carácter del futuro niño dependía del día en que se concebía y hasta pronosticó la naturaleza de las personas concebidas en cada uno de los días del mes lunar. Por ejemplo, una mujer concebida en el día 18 tendrá salud y longevidad, pero estará predispuesta a la locura, además de ser una mentirosa que provocará la muerte de hombres honorables. Estamos en plena Edad Media y tampoco podemos ser muy rigurosos con la pobre Hildegarda que fue una mujer fruto de su época, al fin y al cabo.

Hildegarda muere en el año 1179. Tiene 81 años. Está claro que su mala salud no le restó ni años de vida ni inteligencia.

Intentaron santificarla varias veces, pero algo no cuajó ―yo creo que eso de que curaba no estaba bien visto en algunos sectores eclesiásticos― y nunca llegó a los altares. Aunque no está canonizada, la Iglesia la incluye en el martirologio romano y es venerada como una santa, a pesar de que algunos insistieron en tildarla de bruja ―por eso de ponerse a profetizar y curar siendo mujer―.

Santa o impía, Hildegarda dejó un importante legado científico/místico/cosmológico, y se la considera la naturalista más distinguida y la filósofa más original de la Europa del siglo XII.

Vaya esta entrada para homenajear a otra pionera y adelantada a su tiempo. Y monja.

 


 

 

 

 

jueves, 25 de febrero de 2021

Perseverancia, la otra madre de la Ciencia

 

Hace unas semanas en la sección de grandes cagadas de la ciencia expuse el caso de la prueba fallida con el prototipo de Starship, diseñado para hacer viajes privados en plan turista a Marte, que se estrelló y se hizo fosfatina ante la mirada de cientos de periodistas y científicos varios. En aquella publicación (Starship: aterriza como puedas) ya hice mis comentarios pertinentes sobre lo de practicar turismo interplanetario y, aunque no quiero hacer más sangre, añadiré que la empresa privada repitió la prueba a principios de este mes con los mismos resultados desastrosos: se volvió a estrellar.

Pero no todos los proyectos que tienen como objetivo llegar a Marte son tan malos. La agencia estatal norteamericana que se encarga de las misiones espaciales, o sea, la NASA, tiene entre sus planes la misión Mars 2020 y en este caso el objetivo no es mandar turistas a Marte, sino recopilar muestras e imágenes para conocer mejor y saber más cosas del planeta vecino.

 Para la recogida de muestras y para hacer las fotos, e incluso para grabar sonidos, además de poder moverse, se diseñó un Mars Rover (vehículo especial para moverse por Marte) al que se le bautizó con el precioso nombre de Perseverance (Perseverancia) y que los ingenieros de la NASA apodan cariñosamente como Percy.

El pasado mes de julio Percy fue lanzado desde Cabo Cañaveral (Florida) rumbo a Marte. Tras recorrer casi quinientos millones de kilómetros y después de viajar durante siete meses el vehículo llegó “sano y salvo” a Marte. El amartizaje fue correcto y no hubo que lamentar daños materiales; se ve que utilizan una tecnología mejor que la del Starship. Después de unos minutos de incertidumbre ―la señal que envía el vehículo tiene retardo porque Marte está muy lejos― y cuando Percy dio señales de “vida”, todos los ingenieros participantes en el proyecto y medio planeta, respiraron aliviados y alborozados. Y no es para menos porque Percy entró en Marte a toda pastilla, a 22.000 km/h, y que consiguiera posarse sin romperse nada indica, además de una forma de trabajar excelente, casi un milagro. De la alegría y del alborozo pudimos ser testigos al escuchar de viva voz y en perfecto español a una de las ingenieras de la misión, Diana Trujillo, que retransmitió en directo la llegada de Percy a Marte.

Que una ingeniera de un proyecto de esta envergadura tenga nombre hispano puede resultar llamativo, pero la cosa no se queda ahí, porque entre los aparatos científicos que lleva Perseverance se encuentra uno diseñado y financiado por España entre el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y el INTA (Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial): tecnología española ha llegado a Marte. Además, y para rematar, la primera señal que emitió el robot Perseverance después del amartizaje la recibió una antena en suelo español situada en el observatorio que tiene la NASA (en colaboración con el INTA) en Robledo de Chavela.

Este es un proyecto financiado con fondos estatales, principalmente norteamericanos, al fin y al cabo la NASA pertenece a Estados Unidos, pero también han colaborado otros países, como el nuestro. Algunas empresas privadas han participado en la fabricación de alguno de los componentes del robot, pero en esencia es un proyecto público y como tal no busca un rédito económico sino científico; aunque no hay que perder de vista la pasta que cuesta todo esto, el motor que mueve este tipo de proyectos es el conocimiento.  

Una vez asentado en Marte, Percy debe buscar trazas de organismos extinguidos en el cráter Jezero porque los científicos creen que allí hubo vida hace millones de años ―piensan que el cráter de 45 kilómetros de diámetro fue un lago gigante―.

Si se demuestra esta teoría, indicaría que no solo en la Tierra fue posible la vida y dejaría con la boca abierta a más de uno; aunque lo que realmente dejaría con la boca abierta a todos es que encontrara indicios no de vida pasada, sino de vida presente. ¿Os imagináis que entre las imágenes que nos mande se vean marcianos?

Es grande la expectación ante lo que se pueda encontrar Percy, puede que no todo sea indicativo de algo, pero seguro que su búsqueda será rigurosa e insistirá (con el nombre que tiene no le queda otra). Desde luego tiempo no le va a faltar porque se va a tirar en Marte casi dos años ―después de un viaje tan largo y tan arriesgado, qué menos que quedarse allí una buena temporadita―. Cuando regrese a la Tierra ya veremos qué hay entre los «souvenirs» que se traiga.

No sabemos qué nos vamos a encontrar en los vídeos que nos envíe Percy o lo que hallarán los científicos al analizar las muestras, pero de momento, y mientras Percy vuelve, aquí tenemos las primeras imágenes en color: una preciosidad.